La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El sol de la tarde había comenzado a suavizarse, bañando la terraza de la villa con una luz anaranjada que invitaba a la pereza, a no hacer nada.

Katerina estaba sentada en su sillón de mimbre favorito, bajo la sombra de una pérgola cubierta de buganvillas en flor, con una taza de té blanco humeando suavemente sobre la mesa de hierro forjado.

Aria apareció por las puertas francesas, sosteniendo el fajo de cuarenta y siete páginas grapadas en la esquina superior izquierda con la solemnidad de quien transporta las tablas de los Diez Mandamientos. El papel aún conservaba el ligero calor residual de la impresora del despacho de Ulises.

Con un suspiro exagerado, dejó caer el documento sobre la mesa. El plof seco hizo que Katerina levantara la vista del paisaje que estaba pintando con acuarelas en un cuaderno de dibujo.

—Lectura ligera para el fin de semana —anunció Aria, dejándose caer en la silla de enfrente—. Cortesía de tu nieto.

Katerina miró el mamotreto de papel. Sus ojos verdes, idénticos a los de Ulises, pero rodeados de finas líneas de expresión que denotaban una vida mucho más reída, se fijaron en el título. Inmediatamente, Katerina puso los ojos en blanco con una teatralidad que a Aria le arrancó una sonrisilla.

—Por el amor de Dios... —murmuró la mujer, negando con la cabeza—. ¿El Protocolo de Asistencia? ¿Otra vez? Pensé que lo había quemado después de que la última cuidadora saliera corriendo.

—Tiene índice, Katerina. Índice —puntualizó Aria, señalando la portada con el dedo—. Hay una sección entera dedicada a la temperatura exacta a la que es aconsejable servirse tu sopa, tu té, tu café... Empiezo a pensar que tu nieto cree que soy una ingeniera termonuclear en lugar de tu cuidadora.

Katerina soltó un bufido divertido y le dio un sorbo a su té.

—Ulises y su manía de controlarlo todo. Si pudiera, redactaría un contrato para regular la cantidad de veces que respiro por minuto. —Katerina miró a Aria con curiosidad—. ¿Y bien? ¿Qué le ha dicho? Conociendo a mi nieto, te habrá exigido que te lo aprendas de memoria para mañana al alba.

Aria se removió en el asiento, de repente un poco cohibida. Se mordió el labio inferior, una pequeña manía que aparecía cuando sabía que había cruzado una línea que quizá no debía cruzar.

—Bueno... sobre eso... —empezó, jugueteando con el borde del mantel con los dedos—. Puede que me haya dejado llevar un poco. El filtro entre mi cerebro y mi boca a veces está de vacaciones, ¿sabes? Y por escrito es peor, porque tengo tiempo para pensar la ironía.

Katerina se inclinó hacia delante, con los ojos iluminados por la expectación.

—Cuéntamelo todo. Con pelos y señales —dijo.

Aria suspiró, sintiendo como el calor le subía a las mejillas.

—Le pregunté si debía encuadernar el documento en piel con letras doradas. Y cuando me mandó a su despacho a imprimirlo, le pregunté si necesitaba escanear mi retina, meter una contraseña en griego antiguo o sacrificar una cabra, para poder entrar sin que saltara la alarma de seguridad.

Hubo un segundo de silencio absoluto en la terraza. Solo se escuchaba el canto lejano de las cigarras y el suave batir de las olas rompiendo contra el acantilado.

Aria contuvo la respiración, esperando el sermón. Esperando que Katerina le recordara que Ulises era su jefe y que, por muy estricto que fuera, merecía un respeto profesional.

En lugar de eso, Katerina parpadeó una vez, dos veces, y de pronto, soltó una carcajada.

No fue una risita educada. Fue una carcajada profunda, ronca y auténtica que resonó en toda la terraza, haciendo que los pájaros que descansaban en las buganvillas salieran volando.

Katerina se echó hacia atrás en el sillón, riendo con tantas ganas que tuvo que llevarse una mano al pecho y la otra al estómago.

—¡Una cabra! —consiguió articular entre carcajadas, con lágrimas en los ojos—. ¡Ay, Dios mío! Habría pagado millones por ver la cara que ha puesto Ulises al leer lo de la cabra.

Aria soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones. Una sonrisa amplia, llena de alivio y contagiosa, se dibujó en su rostro.

—Estaba un poco preocupada, la verdad —confesó, riendo también—. Quizá me he excedido. Su nieto no parece tener mucho sentido del humor. Pensé que a lo mejor me despedía por insubordinación antes de la cena.

—¿Y no lo ha hecho? —preguntó Katerina.

Aria negó con la cabeza.

—No —dijo—. Me ha contestado que deje a las cabras de la isla en paz.

Katerina se limpió una lágrima de la comisura del ojo con los dedos, intentando recuperar la compostura. Su rostro estaba sonrosado y parecía haber rejuvenecido diez años en los últimos diez segundos.

—Oh, Aria, cariño... no sabes el favor que le estás haciendo —dijo, mirándola con una mezcla de afecto y picardía—.

Sigue por ese camino, te lo ruego. No te detengas.

Ulises necesita desesperadamente que alguien lleve un poco de diversión a su aburrida y cuadriculada vida.

Está tan acostumbrado a que todo el mundo le diga «sí, señor Diakos», «por supuesto, señor Diakos», que se ha olvidado de cómo interactuar con seres humanos normales.

Aria miró el grueso dossier sobre la mesa y luego a la mujer que tenía en frente. Una cálida sensación de pertenencia se instaló en su pecho. En ese momento, Aria se dio cuenta de que acababa de ganar mucho más que una jefa o una paciente; había ganado una aliada. Una cómplice.

—Es que es tan... rígido —comentó, apoyando la barbilla en la mano—. Parece que no sonríe nunca.

Katerina sonrió con ternura, y su mirada se perdió durante unos instantes en el horizonte, suavizándose con los recuerdos.

—Mi nieto no siempre ha sido un erizo, ¿sabes?

—murmuró, en un tono más íntimo, casi nostálgico—.

Antes era un cachorro adorable. Se reía a carcajadas, se ensuciaba las rodillas jugando en el jardín, le encantaba gastar bromas...

Pero la vida, las responsabilidades, la empresa...

lo fueron blindando. Se puso esa armadura de hielo para protegerse y proteger lo que quedaba de la familia, y ahora se le ha olvidado cómo quitársela.

Aria escuchó en silencio, sintiendo una punzada de algo muy parecido a la compasión. La imagen de un Ulises niño, riendo y con las rodillas manchadas de tierra, contrastaba brutalmente con el hombre de hielo que le enviaba correos electrónicos firmados con un escueto «UD».

—Bueno —dijo Aria, recuperando el tono ligero de la conversación para espantar la melancolía—, si sigue enviándome manuales de instrucciones, te prometo que mi próxima respuesta incluirá un meme. O un gif de un gato. Eso seguro que colapsa su sistema nervioso.

Katerina volvió a reír, con una risa suave y cómplice.

Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa de cristal, y le hizo un gesto a Aria con los dedos para que se acercara. Aria imitó su postura, reduciendo la distancia entre ambas hasta que sus cabezas estuvieron a escasos centímetros.

—Te voy a contar un secreto, Aria —susurró Katerina, con un brillo travieso en los ojos, que rivalizaba con el de cualquier adolescente planeando una travesura—. Pero tiene que quedar entre nosotras.

—Soy una tumba —prometió Aria, cruzándose los dedos sobre el corazón.

Katerina miró a un lado y a otro, como si temiera que los rosales tuvieran micrófonos ocultos.

—A veces... —comenzó, bajando aún más la voz—, a veces finjo alguno de mis achaques. Un pequeño mareo por aquí, un dolor de cadera por allá, unas palpitaciones de más...

Aria abrió los ojos de par en par, sorprendida.

—¿Qué? ¿Por qué?

La sonrisa de Katerina se volvió un poco más triste, pero no perdió su chispa.

—Porque es la única maldita manera de que ese erizo testarudo deje sus reuniones, coja el helicóptero y venga a verme.

Si le digo «Ulises, te echo de menos, ven a verme», me envía un ramo de flores carísimo y me dice que tiene una junta de accionistas.

Pero si le digo a Matilde que me duele el pecho... lo tengo aquí en una hora.

Aria sintió un nudo en la garganta. Era una confesión tierna, un poco manipuladora, pero nacida del profundo amor que Katerina sentía por su nieto, y también un poco de la soledad.

Miró a Katerina, viendo más allá de la anciana frágil que los médicos describían, y vio a una matriarca inteligente que jugaba sus cartas con maestría.

Aria estiró el brazo por encima de la mesa y cubrió la mano arrugada de Katerina con la suya, dándole un suave apretón. Le guiñó un ojo con complicidad.

—Tu secreto está a salvo conmigo —dijo, con una sonrisa cálida y llena de cariño—. De hecho, si alguna vez necesitas que tu dolor de cadera parezca más convincente, dímelo. Soy excelente fingiendo pánico por teléfono. Podemos hacer que venga corriendo desde Atenas solo porque te has roto una uña.

Katerina soltó una última carcajada, apretando la mano de Aria con fuerza.

—Creo, señorita Shaw —dijo, con los ojos brillando con un matiz de satisfacción—, que usted y yo nos vamos a llevar maravillosamente bien.

Aria le guiñó un ojo.