La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El sol de media tarde comenzaba a teñir el mar Jónico de tonos dorados y naranjas cuando el viejo portátil de Aria, que sonaba como un avión a punto de despegar cada vez que abría más de tres pestañas en el navegador, emitió un agudo ping .

Aria estaba tumbada boca abajo en la inmensa cama de su habitación, descalza, con los pies balanceándose en el aire y disfrutando de la brisa marina que entraba por las puertas del balcón, mientras hojeaba en TikTok trucos para eliminar el frizz del pelo.

Había pasado la tarde ayudando a Katerina (o más bien, viendo cómo Katerina trabajaba incansablemente) a trasplantar unas hortensias.

Se estiró perezosamente hacia la mesita de noche y arrastró el portátil hacia ella. Abrió la bandeja de entrada.

Allí estaba. El temido correo de Ulises. Katerina se lo había advertido. Matilde se lo había advertido. Maggie, en Atenas, también se lo había advertido. Todo el mundo se lo había advertido.

De: Ulises Diakos [ [email protected] ]

Para: Aria Shaw [ [email protected] ]

Asunto: Protocolos y Directrices - Katerina Diakos

Archivos adjuntos:

Protocolo_Asistencia_KD_Rev4.pdf (4.2 MB)

Aria hizo clic en el archivo adjunto. El PDF se abrió, revelando una portada sobria con el logo de la empresa de Ulises.

Desplazó el cursor hacia abajo.

Página 1 de... 47.

—Cuarenta y siete páginas —dijo Aria en voz alta, soltando una carcajada que resonó en la enorme habitación—. ¿Qué es esto, el Tratado de Versalles?

Había un índice y todo.

Un maldito índice.

Sección 1: Horarios de medicación, efectos secundarios y contraindicaciones alimentarias.

Sección 2: Rutinas de ejercicio cardiovascular ligero.

Sección 3: Protocolos de emergencia y números de contacto (ordenados por nivel de gravedad)...

—La madre que lo parió —se le escapó decir en voz baja.

Aria se mordió el labio inferior. Sabía que debía responder con un simple «Recibido, señor Diakos. Lo leeré de inmediato». Eso sería lo profesional. Lo sensato. Lo que Ulises esperaría. Lo que haría alguien que quisiera conservar su trabajo sin sobresaltos.

Pero Aria nunca había sido buena reprimiendo su ironía, especialmente cuando se enfrentaba a niveles absurdos de control. Sus dedos volaron sobre el teclado desgastado.

De: Aria Shaw [ [email protected] ]

Para: Ulises Diakos [ [email protected] ]

Asunto: Re: Protocolos y Directrices / ¿Incluye índice analítico?

Estimado señor Diakos:

Acuso recibo del documento adjunto. Cuarenta y siete páginas. Impresionante. Mi tesis sobre el arte bizantino tenía menos extensión y me llevó seis meses escribirla.

Tengo una duda logística antes de comenzar mi lectura: ¿Debería encuadernarlo en piel con letras doradas, o una simple espiral de plástico será suficiente para el uso diario?

Atentamente, Aria Shaw

Le dio a enviar antes de arrepentirse.

Sonrió.

A trescientos kilómetros de allí, en su despacho de la planta cuarenta y cinco, Ulises estaba revisando un contrato naval cuando la notificación de un nuevo correo apareció en la esquina de su monitor.

Vio el remitente. Vio el asunto.

«¿Incluye índice analítico?»

Ulises parpadeó. Abrió el correo. Leyó las tres breves líneas de Aria. Su ceño, que habitualmente estaba fruncido con varias líneas verticales, se profundizó.

¿Se estaba burlando de él? Sí, definitivamente se estaba burlando de él. Nadie en su empresa, ni siquiera Tobías en sus peores días, se atrevía a responder a un correo suyo con sarcasmo. Bueno, Tobías sí.

Una extraña sensación, algo peligrosamente parecido a la diversión, le hizo cosquillas en la base de la garganta. La reprimió de inmediato, enderezando la espalda.

De: Ulises Diakos [ [email protected] ]

Para: Aria Shaw [ [email protected] ]

Asunto: Re: Re: Protocolos y Directrices / ¿Incluye índice analítico?

Señorita Shaw:

Una grapa en la esquina superior izquierda será suficiente. La información contenida en el documento es vital para el bienestar de mi abuela, no una sugerencia literaria.

Cuando termine de leer este correo, le ruego que baje a mi despacho en la primera planta de la villa. En él encontrará una impresora de alta capacidad. Imprima el documento para tenerlo a mano en todo momento.

UD.

Aria soltó una risita al leer la respuesta. UD . Ni siquiera un «saludos» como despedida. Solo la inicial de su nombre y de su apellido, seguido del logotipo de la empresa, como si cada letra le costara dinero.

«Madre mía», pensó.

De: Aria Shaw [ [email protected] ]

Para: Ulises Diakos [ [email protected] ]

Asunto: Re: Re: Re: Protocolos y Directrices / ¿Incluye índice analítico? / Misión Aceptada (¿Hay alarma de seguridad?)

Entendido, jefe. Una grapa. Nada de lujos.

Me dirijo a su despacho ahora mismo. Solo por precaución: ¿necesito escanear mi retina en la puerta, meter una contraseña en griego antiguo, o sacrificar una cabra para poder entrar? No quisiera activar las alarmas y que Yiannis tenga que venir a rescatarme.

A.

Ulises leyó el correo casi al instante. Esa vez, no pudo evitarlo, la comisura de su labio derecho se elevó un milímetro. O dos. Para Ulises Diakos, eso equivalía a una carcajada a mandíbula batiente.

Se reclinó en el sillón de cuero, tamborileando con los largos dedos sobre el cristal del escritorio. Misión Aceptada. ¿Quién se creía esa chica que era? ¿Acaso no sabía con quién estaba hablando? Él era su jefe. La persona que podía mandarla a la puta calle.

Estaba en la cuerda floja, a un paso de ser despedida por insubordinación, y sin embargo... no pudo evitar contestarle.

De: Ulises Diakos [ [email protected] ]

Para: Aria Shaw [ [email protected] ]

Asunto: Re: Re: Re: Re: Protocolos y Directrices / ¿Incluye índice analítico? / Misión Aceptada (¿Hay alarma de seguridad?)

La puerta está abierta, señorita Shaw. No hay alarma.

Le sugiero que deje a las cabras de la isla en paz. Simplemente entre, imprima el documento, no toque nada más que la impresora y salga. Confío en que pueda manejar la misión sin incidentes.

UD.

Aria delineó en sus labios una sonrisa triunfal. Había conseguido que le siguiera el juego. A su manera rígida y robótica, pero lo había hecho.

Se levantó de la cama, portátil en mano, y salió al pasillo. Bajó las majestuosas escaleras de mármol hacia la planta baja. Matilde le había dicho dónde estaba el despacho de Ulises durante un breve recorrido por la mañana, detrás de una imponente puerta de caoba maciza al final del ala oeste.

Aria se detuvo frente a la puerta. «La puerta está abierta», había escrito él. Giró el pomo de bronce y empujó.

El despacho de Ulises en Ítaca era exactamente como se imaginaba que sería.

Básicamente como él. Oscuro, elegante, intimidante y extremadamente ordenado.

Las paredes estaban forradas de estanterías de madera repletas de libros (organizados por tamaño y color, notó Aria con una mezcla de horror y fascinación).

Había un enorme escritorio de nogal en el centro, completamente despejado salvo por un par de pisapapeles de cristal y un portátil cerrado.

Y luego estaba el olor.

Aria cerró los ojos un segundo. El despacho olía a él. A esa colonia amaderada, a bergamota y algo limpio y masculino que había inundado el interior del Mercedes aquella mañana. Era un olor que te envolvía, que te hacía querer respirar un poco más profundo.

—Céntrate, Aria —se susurró a sí misma, abriendo los ojos de golpe.

Localizó la impresora en una mesa lateral. Era un monstruo tecnológico que parecía capaz de imprimir, escanear y tal vez preparar un café espresso .

Aria conectó su portátil por Bluetooth (gracias a Dios, la red no tenía contraseña). Entró en su correo electrónico y le dio a imprimir al famoso PDF de 47 páginas.

La máquina cobró vida con un leve zumbido y comenzó a escupir hojas a una velocidad vertiginosa.

Mientras esperaba, Aria paseó la mirada por el despacho. «No toque nada más que la impresora», había dicho Ulises.

Está bien, le haría caso. No quería problemas. Ya había tentado demasiado a su suerte aquel día.

Aria cruzó las manos a la espalda como una niña en un museo para evitar la tentación.

Vio una pequeña fotografía enmarcada en plata en una de las estanterías.

Era Ulises, mucho más joven, tal vez con veintipocos años, junto a Katerina el día de la graduación.

Él estaba sonriendo. Una sonrisa real, abierta, que se reflejaba en sus ojos y le formaba un pequeño hoyuelo en la mejilla izquierda.

Aria se quedó mirándola, fascinada. Así que el tirano sabía sonreír. O lo había hecho en algún momento.

La impresora emitió un pitido, anunciando que había terminado.

Aria apartó la mirada de la fotografía y se giró.

Recogió el grueso fajo de folios, buscó una grapadora en un cajón lateral (rompiendo la regla de no tocar nada más, pero era por una necesidad puramente logística) y grapó la esquina superior izquierda con fuerza.

—Misión cumplida, jefe —murmuró al aire vacío del despacho.

En Atenas, la ciudad bullía bajo el calor de la tarde, pero el despacho de Ulises era un oasis de silencio y temperatura ideal.

Ulises tenía el informe financiero abierto en la pantalla, pero sus ojos llevaban cinco minutos fijos en la misma línea de texto sin procesar una sola palabra.

Su mente seguía volviendo al intercambio de correos con Aria.

«¿Necesito escanear mi retina, meter una contraseña en griego antiguo, o sacrificar una cabra?»

Ulises soltó un suspiro despacio, como si se estuviera armando de paciencia, y se pasó una mano por el rostro.

Las otras cuidadoras temblaban cuando él les enviaba un simple mensaje de texto preguntando por la tensión arterial de su abuela. Las otras cuidadoras le llamaban «Señor Diakos» con voz temblorosa y evitaban mirarle a los ojos.

Aria Shaw, con sus 73 euros en la cuenta bancaria (él había hecho que investigaran sus antecedentes, por supuesto), su ropa de rebajas y su currículum «aceptable», no le tenía miedo.

En absoluto. Le vacilaba. Le desafiaba con una ligereza y un buen humor que a Ulises le resultaba completamente de otro mundo. Alienígena.

Y lo peor de todo... lo peor de todo era que no le molestaba.

Ulises giró el sillón para mirar por el ventanal hacia la Acrópolis. Recordó la chispa de rebeldía en los ojos color avellana de Aria, la forma en que se había reído con su abuela en el jardín, llenando el aire de la villa con un sonido que había estado ausente durante mucho tiempo.

—Aria Shaw... —murmuró su nombre en el silencio del despacho.

Sonaba bien. Sí, sonaba bien.

Enderezó la espalda de golpe, frunciendo el ceño, enfadado consigo mismo por los derroteros por los que iban sus pensamientos. Era su empleada. Era la cuidadora de su abuela. Era una mujer insolente que necesitaba aprender a seguir las reglas.

Él le enseñaría.

Esas cosas se le daban bien.