La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El trayecto en helicóptero desde Ítaca hasta el helipuerto privado en la azotea del edificio Diakos Corporation, en pleno corazón financiero de Atenas, duró exactamente sesenta y dos minutos. Dos minutos más de lo previsto debido a un ligero viento en contra sobre el golfo de Corinto.

Ulises Diakos odiaba los vientos en contra. Odiaba cualquier cosa que alterara sus planes, sus horarios o su visión del mundo perfectamente estructurada.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron con un suave ding en la planta cuarenta y cinco, salió con su habitual zancada depredadora.

El aire acondicionado de las oficinas lo envolvió, frío, estéril y con ese sutil aroma a ozono y productos de limpieza que siempre le ayudaba a concentrarse.

Atrás quedaba el olor a sal, a lavanda y a la tierra húmeda del jardín de su abuela.

Atrás quedaba el sol deslumbrante del Jónico.

Y atrás quedaba Aria Shaw.

Empujó la puerta de cristal de su despacho, esperando encontrar su templo de orden y silencio. Un espacio inmenso de tonos grises y negros, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la Acrópolis y un escritorio de cristal tan limpio que parecía no haber sido usado nunca.

En lugar de silencio, encontró a Tobías.

Tobías Makris, jefe de finanzas, su mejor amigo desde los días de la universidad y la única persona en toda Grecia que no le tenía ni una pizca de miedo, estaba desparramado en uno de los sofás de cuero blanco.

Tenía los pies cruzados sobre la inmaculada mesa auxiliar, sostenía una taza de café jamaicano de Ulises en una mano y estaba lanzando una pelota de goma contra el ventanal panorámico, atrapándola al rebote con una pereza envidiable.

Físicamente, Tobías era la antítesis de Ulises.

Mientras que Ulises era todo ángulos duros, trajes oscuros y tensión contenida, Tobías era luz y calma.

Tenía el pelo rubio oscuro y siempre parecía estratégicamente despeinado, ojos de un azul claro y risueño, y llevaba un traje gris claro con una camisa blanca y una corbata azul oscuro ligeramente aflojada.

La chaqueta descansaba sobre el respaldo del sofá.

—Llegas tarde —canturreó Tobías, atrapando la pelota con un chasquido—. Dos minutos tarde, para ser exactos. Estaba a punto de llamar a la guardia costera. Pensé que el helicóptero se había estrellado o, peor aún, que te habías detenido a oler las flores.

Ulises cerró la puerta a su espalda y dejó el maletín sobre el escritorio con un golpe seco.

—Viento en contra —murmuró, dirigiéndose hacia la máquina de agua para servirse un vaso—. Y quita los pies de la mesa auxiliar, Tobías. Sabes que detesto que hagas eso.

Tobías sonrió, una sonrisa amplia y descarada que solía desarmar a juntas directivas enteras, y bajó los pies con una lentitud teatral.

—¿Qué tal por Ítaca? ¿Sigue la isla en su sitio o la has reestructurado para que sea más aerodinámica?

—La isla está bien. Mi abuela está bien. Todo está... en orden. —Ulises bebió el agua de un trago, sintiendo cómo el líquido frío le calmaba un poco la irritación que siempre le producía salir de su zona de confort.

Tobías se incorporó, apoyando los codos en las rodillas, y lo miró con una agudeza que escondía bajo su fachada de playboy despreocupado.

—¿Y la nueva cuidadora? ¿Ya está instalada en la fortaleza Diakos?

—Sí. La he dejado allí hace algo más de una hora —respondió Ulises.

Tobías se persignó con la mano libre y miró hacia el techo de la oficina.

—Que Dios se apiade de ella. Y de su alma inmortal —dijo.

Ulises lo fulminó con la mirada, rodeando el escritorio para dejarse caer en su silla ergonómica. Encendió la pantalla del ordenador con un toque seco.

—No seas ridículo. Es un trabajo excelente. El sueldo está tres veces por encima del mercado, las condiciones son inmejorables y mi abuela es la persona más fácil de tratar del mundo.

—Tu abuela es un ángel que bajó del cielo para compensar el hecho de que su nieto es la reencarnación de Hades —replicó Tobías, dando un sorbo a su café—.

No rezo por Katerina, rezo por la cuidadora.

¿Cuánto le damos a esta? ¿Dos semanas? ¿Tres?

La última pobre chica aguantó tres semanas antes de huir llorando porque le exigiste no sé qué.

—Si hicieran bien su trabajo, no tendría que despedirlas —se defendió Ulises, sintiendo que la vena de la sien empezaba a palpitar.

Tobías soltó una carcajada que resonó en las paredes de cristal.

—¡Si hicieran bien su trabajo! Joder, a la penúltima la regañaste porque cortó los trozos de tomate de la ensalada más grandes de lo supuestamente debido.

¿Cuánto fue? ¿Unos cuantos milímetros? ¡Por Dios, Ulises!

¡Ni siquiera un chef con estrella Michelin saca una regla para medir un trozo de tomate!

—Mi abuela es mayor, puede atragantarse —replicó Ulises.

Se pasó una mano por el pelo, desordenando ligeramente la perfección de su peinado—.

Mira, no es un capricho. Es mi abuela. Tiene ochenta y cuatro años.

Es lo único que me queda. Si no soy yo el que exige que se la cuide bien, ¿quién lo hará?

¿Me vas a culpar por querer lo mejor para ella?

El tono de Ulises se había suavizado, revelando una vulnerabilidad blindada y que solo mostraba de vez en cuando a Tobías. El jefe de finanzas suspiró, dejando la taza sobre la mesa (usando un posavasos, para alivio de Ulises) y lo miró con afecto.

—No te culpo por quererla, Ulises. Ni por protegerla.

Te culpo por tratar a las cuidadoras como si fueran reclutas en un campo de entrenamiento militar.

Tienes que relajarte. Katerina necesita compañía, no un sargento de artillería vigilando su perímetro.

—Tobías se puso de pie, estirándose como un gato perezoso, y caminó hacia el escritorio de Ulises, apoyando las manos en el borde de cristal—.

Así que, dime. ¿Cómo es esta nueva víctima?

¿Es de las que lloran rápido o de las que se quedan paralizadas muertas de miedo cuando frunces el ceño?

Ulises apartó la vista de la pantalla del ordenador. Involuntariamente, la imagen de Aria apareció en su mente. Su currículum arrugado, sus zapatos ligeramente desgastados, y esa actitud de «no me vas a pisar» que irradiaba por cada poro.

—Ninguna de las dos cosas —admitió a regañadientes—. Es... un poco insolente.

Tobías enarcó ambas cejas, sorprendido.

—¿Insolente? ¿Contigo? ¿Con Ulises Diakos, el hombre que hace temblar a los empresarios de medio mundo?

—Me contestó en la entrevista. Me dijo que no era un robot y que si quería a alguien que siguiera órdenes sin rechistar, que contratara a una empresa tecnológica.

—Ulises apretó la mandíbula al recordarlo, aunque, muy en el fondo, una chispa de diversión que se negaba a reconocer bailaba en su interior—.

Y hoy, cuando le he presentado a mi abuela, prácticamente se ha aliado con ella para echarme del jardín.

La sonrisa de Tobías se amplió de forma exagerada hasta amenazar con dividirle la cara en dos. Se dejó caer en una de las sillas que había frente al escritorio, frotándose las manos con anticipación.

—Oh, me gusta. Me gusta mucho —dijo—. Una chica con agallas. ¿Y no la has despedido en el acto? Ulises, me estás asustando. ¿Te has golpeado la cabeza en algún momento?

—Necesitaba a alguien con urgencia, la agencia ya no tenía más candidatas dispuestas a ir a la isla, y no quería que mi abuela se quedara sola —se justificó Ulises, tecleando su contraseña con una fuerza que no era necesaria—.

Es temporal. En cuanto cometa el primer error grave, o en cuanto intente saltarse las pautas médicas, estará fuera.

—Claro, claro, las pautas médicas... —se burló Tobías.

Se inclinó hacia delante, entrecerrando los ojos con una expresión pícara en ellos—.

¿Y cómo es? Físicamente, quiero decir. Porque si tiene agallas para plantarte cara, ya tiene mi respeto.

Si además es guapa, puede que me pase por Ítaca este fin de semana a ver a tu abuela.

Ulises sintió un molesto pinchazo debajo de las costillas. Clavó sus ojos verdes en su amigo.

—Es una empleada, Tobías. Y tú tienes prohibido acercarte a la isla para acosar a mi personal —aseveró.

—¡Yo no acoso! Yo... solo quiero darle la bienvenida.

—Tobías soltó una carcajada al ver la expresión asesina de su amigo y jefe—.

Dios, Ulises, si las miradas mataran, ahora mismo yo sería un charco de cenizas en tu mullida moqueta.

Vale, vale, capto el mensaje. La señorita Shaw es territorio prohibido —dijo—. Pero no me has respondido. ¿Es guapa?

Ulises intentó mantener su rostro sin ningún cambio de expresión.

¿Era guapa? La pregunta era ridícula. Por supuesto que se había dado cuenta de que era guapa.

Se había fijado en la curva de sus labios, en la forma en que sus ojos avellana parecían poseer destellos dorados bajo el sol, y cómo el traje azul marino barato se ajustaba a su figura de una manera que desafiaba la mala calidad de la tela.

—Es aceptable —mintió con voz monocorde, volviendo su atención a la pantalla—. Tiene dos brazos, dos piernas y una cabeza. No la he contratado para un certamen de belleza.

Tobías soltó un bufido, negando con la cabeza mientras se levantaba para recoger su chaqueta del respaldo del sofá.

—Aceptable —repitió—. Eres de piedra, Ulises.

De maldito mármol del Partenón. —Se echó la chaqueta al hombro y caminó hacia la puerta—.

Bueno, estatua de mármol, te dejo con tus adorados informes.

Tenemos la reunión con los inversores alemanes a las cuatro.

Trata de no despedir a nadie de aquí a entonces, ¿quieres?

Recursos Humanos me ha pedido que te esconda los bolígrafos rojos.

—Llega puntual, Tobías. Y ajústate la corbata, pareces un extra de una película de mafiosos de los ochenta —dijo Ulises.

Tobías le guiñó un ojo desde la puerta.

—Y tú pareces el hombre de hojalata del Mago de Oz. Te hace falta un corazón, Ulises —bromeó.

Antes de que Ulises pudiera replicar, Tobías cerró la puerta, dejando tras de sí el eco de su risa.

Ulises se quedó solo en el silencio del despacho. Miró el informe financiero en su pantalla, pero las cifras parecían borrosas. Suspiró, se recostó en el sillón negro y, muy a su pesar, la imagen de Aria sonriendo en el jardín de su abuela volvió a colarse en su mente.

«Aceptable», pensó, frotándose el puente de la nariz.

Qué mentira más grande.