La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La habitación de Aria estaba en el segundo piso, al final de un pasillo decorado con fotografías familiares en marcos de plata y una alfombra persa tan suave que Aria sintió culpa por tener que pisarla.

Katerina abrió la puerta.

—Esta es tu habitación.

Aria entró y se quedó completamente inmóvil.

—Esta... esta no puede ser mi habitación.

—¿Por qué no? —Katerina parecía confundida.

—Porque es... es...

—¿Demasiado grande? —terminó de decir Matilde detrás de ellas—. Todas las habitaciones de esta casa son demasiado grandes. Los Diakos nunca han entendido el concepto de moderación arquitectónica.

Demasiado grande era quedarse corta.

La habitación era aproximadamente del tamaño del apartamento que Aria había compartido con sus dos compañeras de piso en Atenas.

Había una cama gigante con un cabecero de hierro forjado pintado de blanco, cubierta con ropa de cama de color crema que parecía tan suave que quizá estaba hecha de nubes o de lágrimas de ángel o de algo igualmente ridículo.

Un armario antiguo que podría fácilmente guardar la ropa de tres personas.

Un escritorio de madera junto a la ventana con una silla también de madera.

Una cómoda con un espejo ovalado. Un sillón de lectura en la esquina junto a una estantería que ya estaba llena de libros.

Y una puerta que presumiblemente llevaba al baño.

Y las ventanas. Dios, las ventanas.

Dos ventanas enormes que iban del suelo casi hasta el techo, con puertas de cristal que se abrían a un balcón, y más allá de eso, más allá de la barandilla de piedra blanca y las macetas de geranios rojos, estaba el mar.

El mar Jónico en toda su gloria, extendiéndose hasta el horizonte en cada tonalidad de azul que existía.

Turquesa cerca de la costa, cobalto más lejos, y casi índigo donde se encontraba con el cielo.

El sol brillaba sobre el agua como diamantes esparcidos, y Aria podía ver un pequeño bote pesquero en la distancia, con las velas blancas capturando el viento.

—No puedo... —Aria sacudió la cabeza—. Esto debe ser para invitados importantes. Yo debería estar en... no sé, las habitaciones del servicio o algo así.

Katerina resopló con tanta fuerza que sonó como un bufido.

—Las habitaciones del servicio. Como si esto fuera Downton Abbey.

No, no tenemos habitaciones del servicio.

Matilde vive en el pueblo con su familia.

Yiannis tiene su propia casa en el otro lado de la isla.

Y esta habitación ha estado vacía durante años porque nadie quiere quedarse después de trabajar para Ulises más de unas cuantas semanas.

—Tres semanas —corrigió Matilde—. La última chica duró tres semanas. Un récord.

—Ah sí, la pelirroja con acento de Tesalónica. Me gustaba. —Katerina suspiró—. Ulises la hizo llorar cuando reorganizó el botiquín y las vitaminas no estaban en orden alfabético.

—¿En... en orden alfabético? —Aria parpadeó.

—No preguntes. —Matilde agitó la mano con resignación—. Ulises tiene sus peculiaridades. Es mejor simplemente aceptarlas.

Katerina se acercó al armario y lo abrió, revelando perchas de madera (perchas de madera, no de plástico barato) y suficiente espacio, tal y como Aria había pensado, para guardar la ropa de varias personas.

—Ulises hizo que lo reacondicionaran el mes pasado.

Las dos maletas de Aria, modestas, con las ruedas ligeramente desgastadas, estaban colocadas cuidadosamente a los pies de la cama.

Yiannis las había dejado ahí.

Katerina caminó hacia la puerta del baño y la abrió.

—Esto quizás también te va a abrumar, así que prepárate —dijo.

Aria se asomó.

Wow. Era verdad, resultaba abrumador.

El baño era todo mármol blanco y accesorios de cromo, con una ducha de lluvia, una bañera independiente que invitaba a baños de burbujas con vino, y suficiente espacio en la encimera como para montar una tienda de cosméticos.

—Hay toallas en el armario. —Matilde señaló un armario empotrado.

Katerina se giró hacia Aria con una sonrisa cálida en los labios.

—Instálate tranquila. Tómate tu tiempo. Date una ducha si quieres, date un baño, o simplemente quédate mirando las vistas si eso es lo que necesitas. No hay prisa. Comemos a las dos, pero si tienes hambre antes, Matilde siempre tiene algo en la cocina.

—Siempre —confirmó Matilde—. Es imposible pasar hambre en esta casa. Cocino como si estuviera alimentando a un ejército.

—Y yo como como un ratón, así que tenemos suficientes sobras para alimentar al pueblo entero. —Katerina le dio una palmadita a Aria en el brazo—. Estaré en el jardín. Ven a buscarme si necesitas algo, o simplemente quédate aquí y descansa. Has tenido una mañana larga.

—Gracias —agradeció Aria, que no sabía muy bien qué decir.

—No se merecen —contestó Katerina.

Las dos mujeres se fueron. Sus voces se desvanecieron por el pasillo. Matilde diciendo algo sobre preparar dolmades para la cena, y Katerina respondiendo que no, que nada de dolmades , que le había prometido a su estómago una pausa de las hojas de parra rellenas.

Y Aria se encontró sola.

Completamente sola.

Se giró lentamente, absorbiendo de nuevo todo lo que había en la habitación. Caminó hacia las ventanas como si estuviera en trance, empujó las puertas de cristal, y salió al balcón.

La brisa del mar golpeó su rostro inmediatamente, cálida, salada y perfecta. El sonido de las olas era un murmullo constante bajo, rítmico y relajante. Podía oler jazmín de algún lugar cercano, mezclándose con el aire marino para crear algo que era única e inconfundiblemente mediterráneo.

Aria se apoyó en la barandilla de piedra y contempló las vistas.

El mar. El cielo. El pequeño pueblo abajo, con sus tejados de terracota y su pequeño puerto donde las barcas se mecían suavemente. Las colinas verdes en la distancia. Todo era tan bonito que casi dolía.

«¿Esto es real? —pensó, pellizcándose discretamente el brazo para comprobarlo—.

¿Me pagan por trabajar aquí? ¿Por quedarme en esta habitación con estas vistas?

, ¿por pasar tiempo con Katerina, que es probablemente la persona más encantadora que he conocido?

, ¿por vivir en esta casa que parece sacada de una revista?

Sonrió.

No pudo evitarlo.

Sonrió tan ampliamente que le dolieron las mejillas.

—Gracias —dijo, sin estar segura a quién le estaba agradeciendo exactamente—. Al universo. Al destino. A la agencia de empleo. A quien sea responsable de esto —enumeró.

Y luego, como se conocía, se dijo:

—No lo arruines, Aria. Por favor, por favor, no encuentres alguna manera de arruinarlo. Necesitas este trabajo. Lo necesitas como respirar.

Se quedó ahí un rato más, dejando que el viento despeinara su pelo castaño, dejando que el sol calentara su piel, dejando que todo el estrés de la mañana, el ferry, el trayecto en coche con Ulises al lado y su abrumadora intensidad, la incertidumbre sobre si la cosa funcionaría, cómo sería el carácter de Katerina, se disolviera en el aire salado.

Finalmente, con un suspiro satisfecho, entró de nuevo.

Sus maletas la esperaban, pacientes y modestas.

—Está bien —dijo, arremangándose metafóricamente—. Hora de hacerlo oficial. Hora de deshacer las maletas.

Arrastró la primera sobre la enorme cama y la abrió.

Toda su ropa estaba cuidadosamente doblada siguiendo ese método que había visto en YouTube y que supuestamente ahorraba espacio.

Comenzó a trasladar todo al armario, colgando prendas en aquellas elegantes perchas, doblando otras y metiéndolas en los cajones con olor a madera, que se deslizaban tan suavemente dentro de ellos que parecían flotar.

—Madre mía, este armario es más grande que mi dormitorio en Atenas —dijo en voz alta, mirando toda la ropa que había llevado y que solo había llenado un cuarto del espacio disponible—. Podría traer a mis dos compañeras de piso a vivir aquí y todavía tendríamos espacio de sobra.

Fue mientras estaba doblando la quinta camiseta, una verde que estaba ligeramente desteñida por tantos lavados pero que era cómoda, así que se negaba a tirarla, cuando la imagen de Ulises se coló en su cabeza sin invitación.

Ulises esperándola en el puerto, con sus ojos verdes imposibles y su traje.

Ulises mirándola con el ligero ceño fruncido.

Ulises diciendo su nombre (Señorita Shaw) de esa manera formal y distante que de alguna forma había hecho que su apellido inglés sonara más interesante de lo que jamás había sonado.

—No —se dijo con firmeza en voz baja—, agitando la cabeza como si así pudiera echar el pensamiento de su mente—. No. No. Y no. Ni siquiera vayas por ahí.

Dejó caer la camiseta en un cajón.

Ulises Diakos era su jefe. Un jefe imposible, controlador, intimidante.

Un hombre que hacía listas y pilotaba helicópteros y que probablemente nunca había tenido un pensamiento despreocupado en su vida.

Un hombre que había hecho llorar a una mujer porque las vitaminas no estaban colocadas en orden alfabético, por el amor de Dios.

—Es ridículo incluso pensar en... en lo que sea que no estoy pensando porque no estoy pensando en nada —se dijo, abriendo la cremallera de la segunda maleta con determinación.

Aquella maleta tenía su neceser, sus libros, su viejo portátil, su cargador de teléfono y algunas fotografías enmarcadas de su familia.

Llevó las fotos a la cómoda y las colocó cuidadosamente sobre ella. Su madre y su abuela mirando a la cámara con esa expresión dulce que escondía el corazón más noble que había conocido. Su prima Anastasia, haciendo una cara tonta en su graduación universitaria.

Pero incluso mientras miraba aquellas imágenes, incluso mientras enfocaba su mente en los recuerdos familiares, parte de su cerebro seguía pensando en los ojos verdes, los trajes perfectos y la forma en que Ulises se había ablandado ligeramente al hablar con su abuela.

—Para —se ordenó, alejándose de la cómoda—. Para ahora mismo.

Necesitaba una distracción.

El teléfono.

Sí, el teléfono.

Llamaría a su madre. Era algo perfectamente razonable y normal y no tenía nada que ver con expulsar pensamientos no deseados de su cabeza.

Buscó su bolso, lo abrió, metió la mano al fondo y sacó el móvil. Desbloqueó la pantalla y marcó el número de su madre.

Dos tonos.

—¿Aria? ¿Cariño? ¿Has llegado bien? —La voz de su madre era cálida y familiar y exactamente lo que Aria necesitaba escuchar.

—Hola, mamá. Sí, he llegado bien. El ferry fue... bueno, un ferry.

—¿Largo?

—Interminable.

—¿Y qué tal con el señor Diakos?

Aria se movió de nuevo hacia las ventanas.

—Bien, solo que es... muy serio. Muy profesional. Muy... intenso, supongo.

—Intenso —repitió su madre, en ese tono que significaba que aquella palabra requería una explicación extra.

—Tiene opiniones muy estrictas sobre cómo deben hacerse las cosas. Y listas. Al parecer, ama las listas más de lo que ama a la mayoría de las personas.

Su madre se rio.

—¿En serio?

—Sí.

—Suena agotador.

—Probablemente lo es. Pero no vive aquí, así que eso ayuda.

—Aria se apoyó contra el marco—. Pero mamá, la señora Katerina, su abuela, es encantadora.

Absolutamente encantadora. Divertida, cálida y para nada frágil como esperaba.

Cuando hemos llegado estaba trabajando en el jardín.

Trabajando . Plantando cosas, regando y abonando.

—¿A sus ochenta y cuatro años? Dios la bendiga —dijo Eleni.

—¿Verdad? Y es tan amable, mamá. Me ha hecho sentir bienvenida de inmediato. Y hay un ama de llaves, Matilde, que hace galletas y café y que también es muy amable.

—Suena maravilloso, cariño. —Aria podía escuchar la sonrisa en la voz de su madre—. ¿Y la casa? ¿Cómo es?

Aria echó un vistazo a su alrededor.

—La casa es... no tengo palabras para describirla.

Es enorme. Como salida de una película. Tiene una piscina infinita y jardines en todas partes y arte en las paredes y mi habitación...

Oh, mamá, mi habitación tiene una terraza privada con vistas al mar y un baño que es más grande que nuestra sala de estar y…

Se detuvo, dándose cuenta de que estaba parloteando, de que las palabras salían en un torrente de su boca.

—La tendrías que ver, mamá. ¡Es una pasada!

Su madre se rio de nuevo. Ese sonido cálido y afectuoso que había consolado a Aria durante muchas rodillas raspadas y corazones rotos y crisis existenciales de medianoche.

—Estoy tan feliz por ti, mi niña. Tan, tan feliz. Te lo mereces. Después del último año que has pasado, después de ese horrible trabajo en esa horrible oficina con ese horrible jefe…

—El señor Papadakis no era tan horrible…

—Te hizo trabajar en Navidad —la cortó Eleni.

—Vale, sí, era horrible.

—Te mereces esto. Estar en un lugar tan bonito, que la señora Katrina sea encantadora. Esta oportunidad. —Eleni hizo una pausa antes de decir—: ¿Estás feliz, cariño?

Aria miró hacia el mar, hacia el cielo, hacia toda aquella belleza sobrecogedora que de alguna manera ahora era su vida.

—Sí —respondió—. Creo que lo estoy.

Hablaron durante un rato más. Su madre le puso al día sobre su trabajo como limpiadora de la pequeña escuela del pueblo y sobre el chisme del vecindario (la señora Kostakis finalmente se había divorciado de su marido, para sorpresa de nadie), antes de que Eleni se diera cuenta de que llevaban mucho tiempo al teléfono.

—Deberíamos dejarlo por hoy, no quiero que te regañen —dijo su madre—. Deshaz las maletas, instálate. Descansa un poco. ¿Me llamas mañana?

—Te lo prometo —dijo Aria.

—Te quiero, cariño.

—Te quiero, mamá.

Colgó, sosteniendo el teléfono contra el pecho durante unos segundos, sintiendo ese tirón de nostalgia que se formaba en su pecho por estar lejos del hogar mezclado con la emoción de un nuevo comienzo.

Luego, con una energía renovada, continuó deshaciendo las maletas.

Cuando terminó, sentía la habitación... no exactamente como suya, todavía, pero iba en camino de ser suya. De transformarse en su espacio, en su refugio.

Se dejó caer en el sillón de lectura, que era tan cómodo que inmediatamente entendió que podría quedarse dormida allí si no tenía cuidado, y dejó que sus ojos recorrieran el espacio una vez más.

—Esto es real. Realmente está sucediendo —murmuró.

El mar brillaba bajo el sol de la mañana. En algún lugar abajo, Katerina seguía en su jardín. En la cocina, Matilde seguro que estaba preparando algo delicioso para comer.

Y en algún lugar de Atenas, Ulises Diakos estaría revisando correos electrónicos, informes, realizando llamadas telefónicas o haciendo lo que fuera que los magnates griegos hicieran con su tiempo.

«No pienses en él», se dijo en silencio una última vez.

Pero mientras se refrescaba la cara y se ponía ropa más cómoda para bajar y buscar a Katerina, una pequeña parte traicionera de su mente susurró:

«Demasiado tarde.»