CAPÍTULO 6
Desde algún lugar por encima de sus cabezas, más allá del borde superior de la propiedad donde presumiblemente estaba el helipuerto, llegaron los sonidos de los motores del helicóptero.
Katerina levantó la vista, entornando los ojos contra el sol por debajo del sombrero.
—Y ahí va. Volando de vuelta a Atenas para aterrorizar a sus empleados, hacer millones de euros y no dormir lo suficiente ni comer bien porque está demasiado ocupado trabajando.
El helicóptero, elegante, negro y obscenamente lujoso, apareció sobre el borde de la colina como un insecto gigante y ruidoso, se elevó durante un momento, y luego giró hacia el este, hacia el continente.
—Él... vive en Atenas, ¿verdad? —preguntó Aria, observando cómo el helicóptero se hacía más pequeño.
—Tiene una casa allí. Un penthouse. —Katerina comenzó a caminar de nuevo—. Dice que viene cada semana, pero a veces son dos semanas, a veces tres. Los negocios lo mantienen demasiado ocupado. Siempre los negocios.
Había algo en su tono que no era exactamente crítica, más bien... preocupación.
—¿Desearías que viniera más a menudo? —preguntó Aria.
—Desearía que se relajara más a menudo. Que encontrara algo más en la vida además del trabajo.
Que conociera a una chica agradable y se estableciera y me diera bisnietos antes de que me muera.
—Katerina le lanzó una mirada de reojo—.
Pero eso es probablemente pedir demasiado de un hombre que programa sus comidas con tres meses de anticipación.
—Él no... ¿hace eso? —Aria estaba flipada.
—No. Pero no me sorprendería si lo hiciera. —Katerina abrió la puerta de un cobertizo lleno de herramientas, macetas y varios pares de botas—. Ven, me voy a lavar y luego iremos a la cocina. Matilde ha estado amenazando con hacer spanakopita toda la semana y sospecho que hoy es el día.
Atravesaron el jardín y se internaron en un pasillo que olía a limón y flores frescas. Las paredes estaban decoradas con acuarelas, con escenas del mar, del pueblo, de los jardines, que Aria reconoció de alguna manera como pintadas por la misma mano.
—¿Son tuyas? —preguntó, deteniéndose ante una especialmente bonita que mostraba el puerto al atardecer.
—Empecé a pintar después de que mi marido muriera. Necesitaba algo para hacer que no fuera llorar o comer. La pintura resultó ser más saludable que ambas opciones. —Katerina la estudió—. ¿Pintas?
—No. Pero me gustaría aprender.
—Entonces te enseñaré. Tengo suministros de sobra y mucho tiempo. Ulises sigue comprándome juegos de pintura caros para Navidad y cumpleaños como si fuera a gastarlos todos. Creo que piensa que estoy construyendo mi propio museo.
Aria rio.
Llegaron a la cocina, y Aria tuvo que detenerse y simplemente mirar. Mirar.
Era enorme. No tan grande como algunas de las otras habitaciones, pero sí como para que varias personas pudieran trabajar sin estorbarse.
Tenía armarios blancos relucientes, encimeras de mármol, una mesa de madera, una isla central con un fregadero, y un espacio para trabajar como en un restaurante pequeño.
Los electrodomésticos eran de acero inoxidable de marcas que Aria había visto en revistas de cocina de alta gama.
Las ventanas daban a los jardines, inundando el interior de luz.
Y en el centro de ella, de pie junto al fuego, donde algo en una sartén chisporroteaba, estaba una mujer.
Matilde, supuso Aria.
Matilde era... robusta. No había otra palabra para describirla. Robusta de una manera cómoda y maternal que inmediatamente te hacía querer que te alimentara y te arropara. Tenía el pelo oscuro con mechones grises recogido en un moño, mejillas rosadas, y un delantal blanco sobre un vestido floreado.
Se giró cuando entraron, y su rostro se iluminó.
—¡Katerina! Esta debe ser Aria.
Hablaba de forma rápida y musical.
—Sí, ella es Aria —dijo Katerina—. Aria, esta es Matilde, que ha estado cuidando esta casa desde antes de que yo naciera.
—No tanto tiempo —protestó Matilde, pero había diversión en su voz—. Solo treinta años. Treinta años asegurándome de que nadie muriera de hambre.
Se limpió las manos en el delantal y se acercó, tomando las manos de Aria entre las suyas y apretándolas calurosamente.
—Bienvenida. De nuevo una mujer joven en esta casa. Katerina y yo estamos convirtiéndonos en viejas juntas sin que nadie mantenga nuestro espíritu joven —bromeó.
—Habla por ti —dijo Katerina—. Yo soy eternamente joven.
—Eternamente terca, querrás decir. —Pero Matilde lo dijo con tal cariño que era imposible tomarlo como crítica—. Sentaos. Tengo galletas de mantequilla en el horno.
—¿ Koulourakia ? —preguntó Aria, refiriéndose a las galletas tradicionales griegas.
—Sí. ¿Te gustan? —le preguntó Matilde.
—Me encantan.
—Perfecto, también hay café recién hecho. Y no acepto un no por respuesta.
—Nunca aceptas un no por respuesta cuando se trata de comida —comentó Katerina, pero ya se estaba sentando en uno de los taburetes de la isla de la cocina.
Aria se sentó al lado, todavía sintiéndose un poco como si estuviera en un sueño.
Matilde se movió por la cocina con habilidad, sacando un plato de galletas que olían a mantequilla y vainilla, sirviendo café en tazas de cerámica azul que tenían el aspecto desgastado que dan los años de uso, colocando una pequeña jarra de leche y un tarro de azúcar.
—Entonces —dijo Matilde, apoyándose contra la encimera con sus propias manos envolviendo una taza de café—. ¿Ya has conocido a Ulises?
Aria cogió una galleta y le dio un mordisco. La verdad era que tenía hambre.
—Sí. Ya lo he conocido.
—¿Y?
—Y... ¿qué?
—¿Qué piensas de él? —Los ojos de Matilde brillaban con lo que solo podía describirse como travesura—. ¿Es guapo? ¿Intimidante? ¿Imposible?
—Es todo eso —respondió Aria, tomando un sorbo de café que estaba tan fuerte que casi le hizo toser.
Katerina soltó una carcajada.
—Me gusta esta chica. Matilde, me gusta —dijo.
—A mí también —contestó Matilde—. Las otras estaban demasiado asustadas de él para decir algo real. Una de ellas me preguntó si Ulises siempre se quejaba tanto o si solo estaba teniendo un mal día. Le dije que ese era su buen humor.
—En su defensa —dijo Katerina, tomando una galleta y mordiéndola con satisfacción—. Está bajo mucha presión. El negocio, la economía, mantener a cientos de empleados trabajando... no es fácil.
—Nada es fácil para ese chico —dijo Matilde, sacudiendo la cabeza—. Se lo hace difícil a sí mismo. Como su padre, que en paz descanse. Los hombres Diakos no saben cómo relajarse.
Hubo un momento de silencio, algo respetuoso, algo triste.
Luego, Katerina sacudió la cabeza y sonrió a Aria con un gesto que era un poco pícaro, un poco conspirador.
—No le hagas caso a mi nieto —dijo—. Ladra mucho pero no muerde... Bueno, no mucho.
—Katerina —rio Matilde—. No asustes a la pobre chica.
—No la estoy asustando, la estoy preparando.
—Katerina dio un sorbo de café—. Ulises va a querer informes.
Va a querer actualizaciones. Va a querer saber cada pequeña cosa que hago, cada comida que como, cada paso que doy.
Y cuando venga a visitarme, lo cual será el próximo fin de semana, va a inspeccionar todo como si fuera un general inspeccionando sus tropas.
—Él solo se preocupa —dijo Matilde.
—Lo sé. Y está bien. Pero es agotador. —Katerina miró a Aria—.
Así que aquí está mi consejo, de una mujer que ha lidiado con hombres Diakos durante más de sesenta años: sé firme.
No dejes que te intimide. Y cuando te dé órdenes, porque te dará órdenes, un montón de ellas, escúchalas, asiente educadamente, y luego… y luego no le hagas ni caso.
Aria no pudo evitarlo. Se rio. Se rio hasta que le dolieron los costados, hasta que tuvo que limpiarse las lágrimas de los ojos. Katerina y Matilde se unieron a ella.
—Tengo que obedecerle, es mi jefe —dijo.
—Ya me lo dirás dentro un mes —repuso Katerina.
—Espero durar un mes —dijo Aria.
—No voy a permitir que te despida —aseveró Katerina—. Estoy harta de que esta casa se haya convertido en un ir y venir de cuidadoras. No, no voy a dejar te vayas.
Aria sonrió. Y rezó porque fuera así, necesitaba aquel trabajo para pagar las deudas que tenía.