La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—No duraron porque mi nieto las hacía sentir como si estuvieran en una prueba permanente para un trabajo que ya habían conseguido. Listas de tareas. Horarios. Inspecciones sorpresa. Una de las pobres mujeres me dijo que se sentía como si estuviera en el ejército.

—Estaba asegurándome de que recibieras el cuidado apropiado —argumentó Ulises.

—Estabas siendo un tirano controlador, mi amor.

—Katerina suspiró y su expresión se suavizó—.

Sé que te preocupas mucho por mí. Sé que lo haces desde el amor.

Pero Aria no necesita un capataz. Y yo no necesito un guardia.

Lo que necesito es compañía. Conversación.

Alguien que no me trate como si fuera a romperme.

Hubo un silencio. Aria se sintió incómoda presenciando aquel momento claramente íntimo entre abuela y nieto, como si estuviera espiando algo privado.

Finalmente, Ulises exhaló.

—Está bien. Me voy. Pero —se giró hacia Aria, y su expresión volvió a ser seria—, quiero un informe diario sobre la salud de mi abuela. Cualquier preocupación, cualquier cambio, me informa inmediatamente. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Aria, porque parecía razonable. Eso era parte de su trabajo, después de todo.

—Y yiayá … —Ulises miró de vuelta a su abuela—, toma tu medicación. Sin excepciones. Sin «olvidarlos». Sin decir que sabes más que tu médico.

—Solo fue una vez —protestó Katerina—. Me olvidé solo una vez porque estaba plantando los tomates y perdí la noción del tiempo.

—Dos veces. Y la segunda vez no fue un olvido, fue porque decidiste que el suplemento de hierro era innecesario porque habías comido un plato de lentejas.

—Era un plato muy grande...

—Abuela.

—Está bien, está bien. Tomaré mis pastillas como una buena niña. —Katerina le lanzó un beso—. Ahora vete antes de que te eche con la manguera del jardín.

Ulises sacudió la cabeza, pero había una sonrisa, pequeña, pero sonrisa, al fin y al cabo, jugando en las comisuras de sus labios.

—Señorita Shaw —dijo, y su mirada se encontró con la de Aria con esa intensidad que hacía cosas extrañas a su pulso—. Cuídela. Cualquier cosa, por pequeña que sea, me llama.

—La cuidaré —prometió Aria, y lo decía en serio.

Ulises asintió, y luego se fue caminando de vuelta hacia la casa con zancadas largas y seguras que comían la distancia sin esfuerzo.

Aria y Katerina lo vieron irse. Cuando la puerta de cristal se cerró detrás de él, Katerina soltó un suspiro teatral.

—Ay, ese chico. Lo quiero más que a mí misma, pero Dios mío, puede ser agotador.

—Parece... preocupado por usted —dijo Aria con diplomacia.

—Tengo ochenta y cuatro años, y cada día que me despierto él espera una llamada telefónica diciéndole que me he caído o que he tenido un derrame cerebral o simplemente que no me he despertado.

—Bueno, es normal.

Katerina se puso el sombrero de nuevo.

—Por eso no para de contratar cuidadoras que no necesito —dijo.

—¿No las necesita? —Aria no pudo evitar preguntar.

—Mira a tu alrededor. —Katerina extendió los brazos, abarcando el jardín—.

He hecho esto esta mañana. He plantado tomates.

He regado las plantas en esta terraza. He podado parte de los rosales.

Estaba a punto de comenzar con el abono cuando habéis llegado.

¿Te parezco alguien que necesita ayuda para vestirse?

—Bueno... no.

—Exacto. —Katerina se inclinó, recogió sus guantes de jardinería y los sacudió—.

Tengo artritis en la cadera izquierda que me molesta cuando llueve.

Mi vista no es lo que era, así que ya no conduzco.

Y sí, a veces me canso más rápidamente de lo que me gustaría admitir.

Pero estoy bien. No estoy al borde de la muerte, a pesar de lo que mi nieto parece pensar.

—Entonces, ¿por qué ha aceptado tener una cuidadora?

Katerina sonrió, y había algo astuto en su gesto, algo que sugería que sabía más de lo que decía.

—Porque mi nieto necesita tranquilidad más de lo que yo necesito independencia.

Y porque, francamente, estaba aburrida. Matilde, la ama de llaves, es maravillosa, pero tiene sesenta y dos años y está casada y tiene cinco hijos y siete nietos de los que habla sin parar.

Yiannis es encantador pero pasa la mayor parte de su tiempo haciendo recados o mantenimiento.

Y mis amigas del pueblo... bueno, la mayoría están más cerca de los noventa que de los ochenta, y sus conversaciones tienden a girar en torno a enfermedades, muerte, y chismes sobre personas que ya han muerto.

Hizo una pausa, mirando a Aria con esos intensos ojos verdes que eran tan similares a los de su nieto.

—Quería a alguien joven. Alguien con vida todavía por delante. Alguien con quien pudiera tener conversaciones reales, sobre cosas reales, no solo sobre medicamentos y funerales.

Aria se encontró sonriendo.

—Así que básicamente me ha contratado para ser su amiga.

—Básicamente —reconoció Katerina sin vergüenza—.

También para evitar que Ulises contrate una enfermera que me siga por toda la casa tomándome la tensión arterial cada diez minutos.

Esa era su siguiente amenaza. Vi el folleto que dejó casualmente en la mesa de la cocina la última vez que estuvo aquí.

—Eso es...

—¿Ridículamente sobreprotector? ¿Preocupación exagerada?

¿Exasperante? Sí, es todo eso. —Katerina le hizo un gesto—.

Ven, vamos a caminar. Quiero mostrarte los jardines.

Y luego iremos a la cocina y conocerás a Matilde, que estoy segura de que ha preparado comida para alimentar a un ejército, porque cocinar es su manera de demostrar amor y no sabe cómo hacer porciones pequeñas.

Aria no tuvo más remedio que echarse a reír. Katerina Diakos era maravillosa.

Comenzaron a bajar las escaleras de piedra hacia la siguiente terraza, y Aria se encontró disfrutando del momento, disfrutando de Katerina, disfrutando de la forma en que el sol se sentía en la piel y cómo las abejas zumbaban entre las flores.

—Y dime… —dijo Katerina casualmente, demasiado casualmente—. ¿Qué piensas de mi nieto?

Aria tropezó. Solo un poco, pero lo suficiente como para que Katerina la mirara con una expresión de diversión que apenas podía contener.

—Yo... es mi jefe. Es muy... profesional.

—Mmm. Profesional. Esa es una palabra… —Katerina se detuvo junto a un rosal, pasando sus dedos sobre los pétalos de color rosa—. ¿No se te ocurren otros adjetivos? Y, por favor, sé sincera. He vivido ochenta y cuatro años. No me ofendo fácilmente.

Aria vaciló, luego decidió que, si Katerina quería sinceridad, le daría sinceridad.

—Intimidante. Controlador. Impaciente. Exigente. Y con una severa incapacidad para relajarse.

—¡Sí! —El rostro de Katerina se iluminó—. ¡Exacto! Oh, gracias a Dios, alguien que lo ve claramente. Las últimas cuidadoras estaban tan intimidadas que apenas hablaban. Una de ellas me llamó «señora Diakos» y se negó a usar mi nombre de pila incluso después de pedírselo seis veces.

—¿Quiere que le llame Katerina? —preguntó Aria.

—Quiero que me llames Katerina —afirmó ella—. Y nada de tratarme de «usted». Odio que a las personas mayores se nos tenga que hablar de «usted». Es un horror.

Aria sonrió.

—Llámame «señora Diakos» y te rociaré con la manguera del jardín. No estaba bromeando sobre ello con Ulises.

Aria se río abiertamente, y se sintió bien, cómoda.  Katerina era todo lo que no era su nieto.

—Entonces te llamaré Katerina —dijo—. Y nada de «usted».

—Perfecto. —Katerina reanudó la caminata—. Ahora, déjame adivinar... Ulises te ha dado algún tipo de lista. Probablemente numerada. Con horarios, reglas y expectativas.

—Todavía no —admitió Aria—. Pero creo que me la dará.

—Por supuesto que te la dará. Él ama las listas.

Creo que incluso hace listas de sus listas.

—Katerina sacudió la cabeza. Aria apretó los labios para no soltar una carcajada—.

Aquí está mi lista para ti, Aria: asegúrate de que tome mi medicación por la mañana y por la noche.

Acompáñame en mis paseos si quieres, o no, es tu elección.

Háblame. Lee conmigo. Ayúdame en el jardín si te gusta la jardinería.

Juega a las cartas conmigo por las tardes.

Y por favor, por favor , haz que esta casa se sienta viva de nuevo.

Se detuvieron en la terraza más baja, donde había una fuente con una estatua de una ninfa vertiendo agua de un cántaro. El agua brillaba a la luz del sol, y el sonido era increíblemente relajante.

—¿Viva? —preguntó Aria, sin entender muy bien a qué se refería.

—Ha estado demasiado silenciosa —dijo Katerina, y por primera vez, su voz llevaba una nota de tristeza—.

Desde que mi hijo murió, desde que Ulises heredó la fortuna familiar y empezó a pasar todo el tiempo en Atenas construyendo su imperio...

esta casa a veces se siente como un mausoleo.

Preciosa, sí. Pero silenciosa. Vacía. Sin risas, sin conversaciones reales, sin vida .

Aria no supo qué decir a eso, así que simplemente apretó el brazo de Katerina.

Ella le devolvió el apretón.

—Pero ahora estás aquí —dijo. La sonrisa regresó a sus labios—. Y eres joven y, sospecho, que mucho más divertida de lo que pareces a primera vista. Así que tal vez las cosas cambien.