La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El interior de Villa Penélope era exactamente lo que uno esperaría de una mansión construida en lo alto de una colina en una isla. Una sinfonía de mármol, madera oscura, y suficiente arte en las paredes como para abrir un pequeño museo.

El vestíbulo tenía un techo abovedado que se elevaba dos pisos completos y una escalera en el centro que se bifurcaba en dos en el primer piso.

Yiannis había desaparecido en algún momento con sus maletas, y Aria seguía a Ulises a través de un laberinto de pasillos que parecían diseñados para desorientar a las visitas.

Pasaron por una sala de estar del tamaño de una cancha de tenis con sofás de cuero color crema y ventanas del suelo al techo que enmarcaban unas vistas al mar que parecían pinturas.

Por un comedor con una mesa que fácilmente podría sentar a veinte personas y un aparador del siglo XVIII.

Por un pasillo decorado con fotografías en blanco y negro de lo que Aria supuso era la historia familiar de los Diakos.

Hombres serios con bigotes, mujeres con vestidos de época, niños con expresiones solemnes mirando fijamente a la cámara como si les hubieran dicho que sonreír era un pecado.

—¿Siempre ha sido así de... grande? —dijo Aria, arrepintiéndose inmediatamente después de hacer la pregunta, porque sonaba estúpida incluso a sus propios oídos.

Ulises la miró por encima del hombro, y por un momento ella pensó que simplemente la ignoraría. Pero respondió.

—Mi bisabuelo comenzó con ocho habitaciones. Cada generación ha ido añadiendo más. Mi padre construyó el ala este. Yo añadí el helipuerto.

—¿Heli… Helipuerto?

Aria se detuvo en medio del pasillo. Por supuesto que había un helipuerto. ¿Por qué no? ¿Por qué no añadir un helipuerto a una mansión en una isla griega? Era perfectamente razonable. Totalmente normal. El tipo de cosa que la gente común hacía todo el tiempo.

Ulises se había detenido también, y había algo en su expresión, tal vez diversión, que sugería que disfrutaba de su reacción.

—¿Le sorprende, señorita Shaw?

—Yo... no. Bueno, sí. Es que no es algo con lo que me encuentre todos los días —respondió Aria.

—El ferry es pintoresco —dijo Ulises, reanudando su caminata—, pero poco práctico para viajes rápidos. El helicóptero me lleva a Atenas en una hora más o menos. Al aeropuerto de Cefalonia en quince minutos.

«Claro —pensó Aria, apresurándose para seguirle el paso—.

Porque esperar tres horas en un ferry como el resto de los mortales está completamente fuera de discusión.

Mucho mejor tener tu propio helicóptero personal —se dijo—.

Probablemente también tiene un yate. Y tal vez un jet privado escondido en algún lugar.

Seguro que en el sótano —bromeó para sí misma—.

¿Esta casa tiene sótano? Probablemente tiene tres. »

Llegaron a una puerta de cristal que daba a la parte trasera de la casa, y Ulises la abrió con un gesto que podría haber sido caballeroso, si no viniera con ese aire de impaciencia que parecía ser su estado natural.

—Mi abuela estará en el jardín —dijo—. Siempre está en el jardín.

Aria salió al exterior y tuvo que parpadear contra el sol brillante.

El jardín trasero se extendía ante ella como algo sacado de un sueño. O de una revista de arquitectura paisajística. O del cielo de un jardinero.

Santo Dios.

Había terrazas. Varias terrazas conectadas por escalones de piedra blanca, cada una en un nivel diferente de la colina, creando una cascada de vegetación que descendía hacia el mar.

La terraza superior, donde estaban parados, tenía una piscina infinita que parecía fundirse con el horizonte, con el agua tan azul y tranquila que Aria tuvo que resistir el impulso de quitarse los zapatos y meter los pies.

Era una delicia.

Pero la piscina era casi secundaria comparada con los jardines.

Rosales que trepaban por pérgolas de madera blanca.

Lavanda plantada en hileras perfectas. Hierbas aromáticas que llenaban el aire con sus fragancias.

Limoneros y naranjos cargados de frutos.

Y flores, Dios, tantas flores que Aria no se sabía el nombre de la mitad.

Buganvillas y jazmines que se enrollaban alrededor de cada superficie vertical disponible, geranios en macetas de terracota del tamaño de barriles.

Y en medio de todo, en la segunda terraza, de rodillas en la tierra con un sombrero de paja de ala ancha, estaba Katerina Diakos.

Aria había esperado (bueno, no sabía exactamente qué había esperado) una anciana frágil. Alguien que necesitara cuidado para las tareas básicas.

Desde luego que no había esperado aquello.

Katerina Diakos estaba plantando algo con el vigor de alguien tres décadas más joven.

Llevaba pantalones de lino color beige que estaban manchados de tierra en las rodillas, una blusa de algodón blanco con las mangas arremangadas, y guantes de jardinería que parecían haber sido usados tanto que se habían moldeado perfectamente a sus manos.

Su pelo, completamente blanco, sin una pizca de gris o plata, solo blanco como la nieve, estaba recogido en un moño informal bajo el sombrero de paja. Y cuando levantó la vista al escuchar sus pasos, Aria vio que sus ojos eran exactamente del mismo verde claro y profundo que los de su nieto.

Seguro que eran como un superpoder diseñado para hacer que las personas se sintieran hipnotizadas.

—¡Ulises! —La voz de Katerina era fuerte, clara—. ¡No me dijiste que llegarías tan temprano! Estoy hecha un desastre.

— Yiayá —dijo Ulises, y el cambio en su voz fue notable. Toda la frialdad profesional se derritió, desplazada por algo cálido, afectuoso, casi tierno—. Te dije que llegaría a las doce y media.

Katerina se quitó los guantes y los dejó caer en el suelo junto a una bolsa de fertilizante.

—Y aquí estás, puntual como siempre, como si tuvieras un reloj suizo donde debería estar tu corazón —dijo, mirando su reloj de pulsera—. Y yo cubierta de tierra como una granjera.

Se puso de pie con un pequeño gruñido, el único indicio de su edad, ese pequeño sonido de esfuerzo. Pero lo hizo sin ayuda, sin vacilar, sin apoyarse en nada. Simplemente se enderezó, se sacudió la tierra de las rodillas, y se giró hacia Aria con una sonrisa.

«Es guapa», pensó Aria, sorprendida.

Tenía arrugas que se arremolinaban alrededor de los ojos, labios sonrosados y una piel ligeramente bronceada que hablaba de años bajo el sol mediterráneo. La postura era recta y orgullosa, pero sin ser rígida.

—Así que tú eres Aria —dijo Katerina, y había tanto calor en su voz que Aria sintió algo aflojarse en su pecho, algo que había estado tenso desde que había subido al ferry aquella mañana—. Una cara nueva. ¡Una cara joven! ¡Por fin alguien menor de sesenta años en esta casa!

Se acercó, caminando con ligereza, y antes de que Aria pudiera ofrecer su mano para un apretón formal, Katerina la tomó por los hombros y le dio dos besos en las mejillas en el estilo griego tradicional.

—Bienvenida, cariño. Bienvenida a nuestro pequeño caos.

—Gracias —respondió Aria.

—Tienes un nombre precioso —dijo Katerina—. ¿Sabes que tu nombre en griego significa leona?

—Sí, me lo dijo mi abuela.

—Las abuelas, qué sabías somos, ¿verdad?

Aria sonrió.

—Sí.

Los ojos verdes de Katerina destellaron con un matiz travieso.

—Ulises, ya puedes irte. Los hombres solo estorban cuando las mujeres necesitan hablar.

— Yiayá —dijo Ulises, y había una advertencia en su tono—. Necesito explicarle a la señorita Shaw sus responsabilidades, la rutina de la casa, tus pautas médicas…

—Mis pautas médicas —interrumpió Katerina—, son tomar mis pastillas por la mañana y por la noche, caminar treinta minutos al día, y no comer demasiado queso porque mi médico, que tiene doce años…

—¿Doce años? —interrumpió Aria con los ojos como platos.

—Tiene treinta y cinco, pero parece un niño a mi lado —aclaró Katerina, moviendo la mano en el aire—. Dice que necesito vigilar mi colesterol. Es solo un poco de colesterol, no tengo que hacerme una cirugía cerebral.

— Yiayá ...

—Ulises. —Katerina se giró hacia su nieto, y algo pasó entre ellos, alguna comunicación silenciosa que Aria no pudo interpretar del todo—.

Te quiero más que a mi propia vida. Eres la luz de mis ojos.

Pero si no te vas y me dejas conocer a esta pobre chica sin que la aterrorices con tus listas, tus horarios y tus mil reglas, voy a decirle a todo el pueblo que llorabas cada vez que veías una mariposa cuando tenías cinco años.

Ulises se sonrojó.

Realmente se sonrojó. El color subió por su cuello hasta las mejillas como si fuera un charco de tinta derramada sobre un papel.

—Eso es... eso es chantaje emocional, yiayá —se defendió.

—Lo sé. Aprendí de los mejores. —Katerina le dio una palmadita en la mejilla con afecto—. Ahora vete. Ve a hacer... lo que sea que hagas. Gritar a personas por teléfono. Intimidar a tus empleados. Revisar informes y fruncir el ceño…

—No intimido a mis empleados —dijo Ulises, pero su tono no tenía convicción. Ninguna.

—Ya. —Katerina se giró hacia Aria con una expresión de complicidad—. ¿Qué piensas, Aria? ¿Mi nieto te intimida? Sé honesta.

Aria abrió la boca. La cerró. Miró a Ulises, que la estaba mirando con una expresión que claramente decía «di que no o habrá consecuencias», y luego de vuelta a Katerina, que estaba esperando con esa sonrisa traviesa que sugería que sabía exactamente la respuesta.

—Bueno —dijo Aria con cautela—. «Intimidar» es una palabra un poco fuerte...

—Pero real —terminó Katerina, asintiendo como si Aria hubiera confirmado algo—. Ulises, mi amor, eres muchas cosas maravillosas, pero cálido y acogedor no está en esa lista.

—No necesito ser cálido y acogedor —dijo él con dignidad—. Necesito ser eficiente.

—Y lo eres. Eres muy eficiente. Tan eficiente que has hecho que seis mujeres perfectamente competentes huyeran de esta casa como si estuvieran escapando del Minotauro. —Katerina se giró hacia Aria—. ¿Te ha contado lo de las otras cuidadoras?

—Solo sé que... no duraron mucho —contestó Aria.