La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

El motor arrancó con un ronroneo que era más melodía que ruido. Yiannis salió del puerto y condujo por las calles estrechas de Ítaca como si lo hubiera hecho un millón de veces.

Y Aria se encontró atrapada en el asiento trasero de un coche de lujo con un hombre que parecía llenar todo el espacio disponible con su simple presencia.

Se apretó contra la puerta, tratando de poner distancia con él.

Pero incluso así, podía sentirlo. La forma en que se reclinaba en el asiento, completamente relajado y, sin embargo, de alguna manera al mismo tiempo, irradiando una autoridad controlada.

Podía ver, por el rabillo del ojo, sus manos (esas manos con dedos largos en las que había tratado de no fijarse durante la entrevista) descansando sobre sus muslos.

«Mira por la ventana —se ordenó—. Admira el paisaje.

Piensa en cualquier cosa excepto en lo cerca que está.

O en cómo el sol que entra por la ventana ilumina su perfil como si fuera una maldita pintura renacentista.

O en cómo su voz, en este espacio cerrado, adquiere una profundidad que hace cosas extrañas a tu sistema nervioso. »

Giró la cabeza y trató de contemplar el paisaje.

El pueblo era... bueno, era perfecto. Como sacado de una postal o de esas películas románticas que Aria devoraba en Netflix.

Calles empedradas que subían serpenteando desde el puerto, tan estrechas que el Mercedes apenas cabía, con casas pegadas unas a otras a cada lado.

Construcciones de dos y tres pisos pintadas en todos los tonos del arcoíris: azul cielo, amarillo limón, rosa coral, verde menta.

Todas con contraventanas de madera, balcones con macetas desbordantes de geranios y buganvillas, y ese aire de haber estado allí desde siempre.

Pasaron por una panadería. «El último molino», leyó Aria, y el olor a pan recién horneado se coló por la ventilación del aire acondicionado, cálido y acogedor, y tan hogareño que Aria sintió una punzada de algo parecido a la nostalgia.

—La panadería de Manolis —dijo Ulises, y Aria se sobresaltó ligeramente, sorprendida de que le hablara—. Tiene ciento veinte años. La receta del pan ha pasado por cinco generaciones. Mi abuela dice que es el mejor pan de toda Grecia.

Aria se giró para mirarlo, y fue un error. Porque él también se había girado hacia ella, y de repente estaban más cerca de lo que habían estado. Sus ojos verdes se encontraron con los de ella con una intensidad que hizo que algo se apretara en su estómago.

—¿Le gusta el pan fresco, señorita Shaw? —preguntó Ulises, y había algo en su voz, un matiz que no podía identificar del todo.

—¿A quién no? —respondió Aria, y su propia voz sonó ligeramente estrangulada incluso a sus propios oídos.

La comisura de la boca de Ulises se curvó, no exactamente en una sonrisa, pero casi.

—Mi yiayá insiste en que Yiannis venga cada mañana a comprar el pan aquí. Dice que el pan de supermercado es una afrenta.

—Mi abuela decía lo mismo, como buena griega que era —repuso Aria—. El pan de los supermercados está hecho de forma industrial. Solo es agua y harina.

Ulises se quedó mirándola unos instantes, y Aria no supo muy bien qué hacer.

El coche comenzó a subir, dejando atrás el centro de la isla y adentrándose en una carretera que serpenteaba por la ladera.

A un lado, vistas del mar que eran tan espectaculares que Aria tuvo que hacer un esfuerzo para cerrar la boca que había abierto involuntariamente.

Al otro lado, olivares y cipreses, y el destello de grupos de casitas escondidas entre la vegetación.

—La casa está en la cima de la colina —explicó Ulises, siguiendo su mirada—. Mi bisabuelo la construyó en 1920. Tenía ideas... algo especiales sobre la arquitectura. Quería algo que pudiera verse desde el mar, algo que fuera una especie de declaración de intenciones.

—¿Y la hizo? —preguntó Aria con curiosidad.

—Juzgue usted misma.

El coche tomó una curva, pasó por unos portones de hierro forjado que se abrieron automáticamente, y de repente estaban en un camino de entrada bordeado de cipreses que se extendía como una alfombra verde oscura.

Y al final del camino...

La casa.

No. Eso era quedarse corto.

La mansión.

¡Hostia puta!

Aria se encontró presionando su cara contra la ventanilla del coche como una niña pequeña en una tienda de golosinas. Ni siquiera se acordó de que a su lado iba su jefe.

Era enorme. Tres pisos de piedra blanca que brillaba bajo el sol como mármol pulido, con un tejado de terracota que había envejecido hasta un tono perfecto de naranja oscuro.

Ventanas enormes (docenas de ellas) que reflejaban el cielo y el mar.

Balcones con barandillas de piedra, algunos tan grandes que podrían albergar fiestas enteras.

Y en el centro, una entrada con columnas, pero columnas reales, como las de los templos antiguos que sostenían un pórtico donde podían caber tres coches. O más.

Joder.

Los jardines que rodeaban la casa eran igual de impresionantes.

Césped verde esmeralda que debía requerir un ejército de jardineros, caminos de grava perfectamente definidos, setos esculpidos en formas geométricas, fuentes (Aria contó tres), y más flores de las que había visto en un jardín botánico.

—Dios mío —murmuró, y se sonrojó hasta la raíz del pelo al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.

—La declaración de intenciones de mi bisabuelo —dijo Ulises, seco—. Sutil, ¿no?

Yiannis detuvo el coche frente a la entrada principal, donde una escalinata blanca ascendía hacia las puertas dobles que parecían pertenecer a un palacio veneciano.

—Bienvenida a Villa Penélope, señorita Shaw —dijo Yiannis, saliendo del coche.

«Penélope, qué curioso, como en la Odiosea», pensó Aria.

Se quedó mirando por la ventanilla unos segundos más, tratando de procesar que iba a vivir allí. A vivir. Que aquello no era un hotel de cinco estrellas que estaba visitando, sino su hogar durante los próximos meses. Si Ulises Diakos no la echaba a la calle antes, claro.

Tragó saliva.

Pero entonces Ulises abrió su puerta. No esperó que lo hiciera Yiannis cuando podía hacerlo él mismo, y salió del coche con una fluidez irritantemente elegante, y Aria se obligó a moverse.

Abrió su puerta antes de que Yiannis pudiera llegar, porque, aunque apreciaba la cortesía, también había un límite de cuántos gestos protocolarios del servicio podía aceptar antes de sentirse completamente ridícula, y salió al sol de Ítaca.

El aire allí era incluso mejor que en el puerto, más limpio, perfumado con la lavanda que bordeaba la entrada y con ese olor indefinible del mar que llegaba hasta arriba de la colina.

«Joder, podré acostumbrarme a este lugar —pensó Aria de nuevo—. Ya lo creo que sí. Es una pasada.»

De pronto Ulises estaba a su lado (¿cuándo se había movido tan rápido? ¿Tenía poderes?), y la miraba con esa expresión evaluadora que usaba siempre por defecto.

—Yiannis se encargará de sus maletas —dijo—. Ahora la llevaré con mi abuela para que la conozca.

No era una sugerencia. Era una orden.

Y con esas palabras, echó a andar hacia las escaleras de piedra.

Aria seguía en su mundo, de pie en el camino de entrada, con el corazón todavía latiendo demasiado rápido por los diez minutos de viaje en el coche, respirando la colonia de Ulises, e intentando que el corazón no le saltara por la boca.

Sobrevivir al trayecto hasta la mansión, tan cerca de Ulises, había requerido más esfuerzo del que nunca se hubiera imaginado.

«Y él ni siquiera ha tratado de ser encantador —se dijo Aria en silencio—. Imagínate si lo fuera.»

No quería pensar en ello.

No lo haría. No podía. Porque Maggie tenía razón: los hombres guapos eran siempre los peores.

Y Ulises Diakos, con su colonia amaderada y su forma de hacer que cada espacio se sintiera muy pequeño solo con estar en él, definitivamente era uno de los peores.

«Esto es solo un trabajo, y yo tengo que ser profesional. Él es mi jefe. Un jefe imposible, gruñón, y controlador, que casualmente parece un dios de nuestra mitología. —Sacudió la cabeza, quitándose ese último pensamiento de la mente—. Es solo mi jefe. Y así tiene que seguir siendo, solo mi jefe.»

—Señorita Shaw… —La llamó Ulises desde lo alto de la escalinata.

Aria salió de su ensimismamiento y volvió a la realidad. Alzó los ojos. Ulises la miraba con el ceño fruncido.

—¿A qué está esperando? —preguntó, sin entender por qué Aria estaba parada frente al pórtico.

—Ya voy —dijo ella, caminando a zancadas para alcanzarlo.

«No lo enfades», se aconsejó a sí misma.

Yiannis había sacado sus maletas del Mercedes y las subía con facilidad por las escaleras detrás de ella.

Las puertas se cerraron a su espalda con un sonido sólido.

Y de pie, en un vestíbulo más grande que su apartamento, con una lámpara de cristal del tamaño de un coche colgando sobre la cabeza, Aria tuvo la sensación de que estaba cerrando un capítulo de su vida y abriendo otro completamente nuevo.

—Por aquí —indicó Ulises.

Ella lo siguió.