La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El ferry a Ítaca olía a diésel, a sal marina y al bocadillo de queso feta que una mujer sentada cerca estaba desenvolviendo de un papel de aluminio arrugado.

Aria estaba de pie en la cubierta superior, aferrada a la barandilla oxidada, mientras el barco cortaba las aguas del mar con una determinación perezosa que sugería que llegaría cuando le diera la gana, y no un minuto antes.

Sus dos maletas, una azul desgastada de su madre y otra negra con ruedas que chirriaban, estaban a sus pies como dos perros obedientes.

Dentro había metido lo que consideraba esencial: ropa práctica para trabajar, algunos de sus libros favoritos que no podía dejar atrás, el ordenador portátil que tenía todos los años del mundo, un neceser con el cepillo de dientes, las cremas y algo de maquillaje, una foto de yiayá Calíope con su madre, Eleni, y unos cuantos vestidos fresquitos.

El resto de cosas, que no eran muchas, se las había enviado a su madre para que las guardara.

El viento mediterráneo jugaba con su pelo castaño, liberando mechones del moño que había intentado hacerse aquella mañana a las seis, cuando el amanecer apenas pintaba de rosa el cielo de Atenas.

Se había levantado en la minúscula habitación de su minúsculo apartamento (que había dejado), con esa mezcla de emoción y pánico que caracteriza todos los nuevos comienzos.

«¿Estoy haciendo bien? —se preguntó por vigésima vez desde que había subido al ferry en El Pireo—. Me voy a una isla a cuidar a la abuela de un tirano controlador que probablemente cronometre cuánto tiempo tardo en prepararle el té.»

Pero la alternativa, quedarse en Atenas, seguir buscando trabajo infructuosamente, ver cómo sus ahorros se esfumaban como arena entre los dedos, era peor. Mucho peor.

Además, se recordó, mirando cómo la costa de Ítaca comenzaba a aparecer en el horizonte como una acuarela cobrando vida, que aquello era una aventura.

Una oportunidad. Y si Ulises Diakos resultaba ser insoportable, bueno, él había dicho que pasaba la mayor parte del tiempo en Atenas.

Podría sobrevivir a sus visitas semanales. Probablemente.

Tal vez.

Con suerte.

La isla crecía ante sus ojos con cada minuto que pasaba.

Ítaca era pequeña, todo el mundo lo sabía, pero verla así, emergiendo del mar como el lomo de una criatura dormida, le quitó el aliento.

Colinas verdes salpicadas de cipreses y olivos, casas blancas con tejados de terracota trepando por las laderas, y el puerto.

Vathy, si recordaba correctamente el mapa que Maggie le había dado, se extendía en forma de una herradura perfecta de agua turquesa, protegida por brazos de tierra cubiertos de vegetación.

«Es preciosa —pensó Aria, sintiendo que algo se aflojaba en su pecho—. Realmente preciosa.»

Aunque no era una isla que pillara lejos de Atenas, nunca había estado en ella.

El ferry dio un pitido largo que hizo que varios turistas se sobresaltaran y que la mujer de los bocadillos hiciera una mueca con la boca.

El barco comenzó su lento vals de aproximación al muelle, con los motores rugiendo mientras retrocedía para alinearse con los pilotes de madera desgastada.

Aria cogió sus maletas y se unió al flujo de pasajeros que se dirigían a la rampa de desembarque.

El muelle era exactamente lo que uno esperaría de un pequeño puerto griego.

Tablas de madera que crujían bajo los pies, el olor penetrante a pescado y sal, gaviotas graznando como vendedores agresivos, y una fila de tabernas y cafés con toldos de colores vívidos que prometían gyros , souvlaki y café griego lo suficientemente fuerte para despertar a los muertos.

Aria pisó tierra firme, y se detuvo un momento solo para respirar hondo.

El aire allí era diferente al de Atenas.

Más limpio, más dulce, con un toque de tomillo silvestre y pino.

El sol brillaba con esa cualidad dorada particular de las islas griegas, como si cada rayo hubiera sido sumergido en miel antes de llegar a la tierra.

«Podría acostumbrarme a esto», pensó.

Alzó un poco más los ojos y lo vio.

Ulises Diakos estaba de pie junto a un Mercedes negro reluciente que parecía tan fuera de lugar en aquel pintoresco pueblo como un tiburón en una pecera.

Llevaba otro traje en gris carbón, con corbata azul, y con una camisa blanca tan impecablemente planchada que Aria se preguntó si todas las llevaría a la tintorería para que las limpiaran.

Estaba mirando su reloj de pulsera. Un reloj que captó la luz del sol y la reflejó con un destello que gritaba Rolex o Patek Philippe, o alguna otra marca que Aria solo conocía de revistas que hojeaba en la sala de espera del dentista.

Y estaba frunciendo el ceño.

¿Cómo no iba a estar frunciendo el ceño?

Junto a él había un hombre mayor, probablemente de unos sesenta años, con el rostro curtido de alguien que había pasado su vida bajo el sol mediterráneo.

Llevaba un traje de chófer completo, gorra incluida, y parecía perfectamente cómodo esperando con una paciencia que sugería años de práctica esperando a tiranos impacientes. A tiranos como Ulises Diakos.

Aria se acercó arrastrando sus chirriantes maletas, consciente de que parecía exactamente lo que era, una chica de veintiséis años que había empaquetado su vida en dos maletas destartaladas y estaba a punto de embarcarse en un trabajo que podría ser o maravilloso o un desastre monumental.

—Señorita Shaw —dijo Ulises a modo de saludo, y su tono sugería que estaba criticando no solo su llegada sino su existencia en general—. El ferry llega tarde.

Aria miró el reloj del campanario de la iglesia que dominaba el puerto. Eran las doce y cinco.

—Cinco minutos —dijo ella, manteniendo su voz neutral.

—Cinco minutos… —repitió Ulises—, que se suman a otros cinco minutos aquí, y otros cinco allá, y de repente una hora de productividad se ha evaporado.

«Oh, Dios —pensó Aria—. Es uno de esos jefes. Del tipo que programa los días en intervalos de cinco minutos y probablemente tiene un ataque si su café tarda treinta segundos de más.»

Pero no dijo nada. Solo asintió educadamente, porque ya estaba aprendiendo que con Ulises Diakos elegir las batallas era crucial. No valía la pena morir por todas las causas.

El chófer (bendito fuera) intervino con una sonrisa.

—Permítame. —Se acercó a Aria y, con un movimiento sorprendentemente grácil para un hombre de su edad y complexión, tomó ambas maletas como si no pesaran nada—. Bienvenida a Ítaca, señorita. Soy Yiannis. Seré su chófer mientras esté aquí.

— Tu chófer —corrigió Ulises, quitándole el tratamiento formal, mientras caminaba ya hacia el coche—. Trabaja para mí, Yiannis, y para mi abuela. No se confunda sobre la jerarquía.

Aria intercambió una mirada con Yiannis, cuyas cejas se arquearon en una expresión que claramente decía «sí, siempre es así, te acostumbrarás... O a lo mejor no».

Yiannis abrió el maletero, que era tan espacioso que podría haber metido a tres personas allí junto con las maletas, y colocó el equipaje de Aria con cuidado. Luego, con una formalidad que la tomó completamente por sorpresa, rodeó el coche y le abrió la puerta trasera del lado izquierdo.

—Por favor, señorita.

Aria se quedó mirando la puerta abierta, el interior de cuero color crema del Mercedes, y a Yiannis esperando con la paciencia de un mayordomo inglés.

—Yo... gracias —masculló, sin saber muy bien qué decir.

Se deslizó al interior, y fue como entrar a un mundo diferente.

El coche olía a cuero caro y a ese aroma indescriptible que da el dinero, no era perfume exactamente, era algo limpio y lujoso y ligeramente intimidante.

Los asientos eran tan suaves que Aria tuvo que resistir el impulso de acariciarlos como si fueran gatos.

Había una botella de agua en un soporte, un iPad en el respaldo del asiento delantero, y suficiente espacio para las piernas como para que alguien hiciera yoga.

¡Madre de Dios!

Antes de que pudiera procesar aquella realidad alternativa en la que estaba, la puerta del otro lado se abrió, y Ulises se deslizó al interior con esa gracia que parecía ser su movimiento predeterminado.

Y de repente, el espacioso interior del Mercedes no parecía tan espacioso.

Aria se encontró siendo plenamente consciente de todo. De todo. Del modo en el que el coche, a pesar de su tamaño, de pronto parecía... pequeño. Íntimo. Como si el aire hubiera sido comprimido en el espacio que quedaba entre ellos.

Ulises se sentó con esa postura perfecta que le habrían enseñado en alguna escuela para ricos.

Espalda recta, un tobillo cruzado sobre la otra rodilla, manos descansando casualmente en su regazo.

Ocupaba el espacio con una autoridad inconsciente que hacía que Aria se sintiera como si estuviera invadiendo su territorio, incluso aunque Yiannis le había abierto la puerta a ella primero.

Y luego estaba su olor.

«No, joder.»

Aria trató, realmente trató, de no notarlo.

Pero era imposible. En el espacio cerrado del coche.

No podía escapar de la fragancia de Ulises Diakos.

No era abrumadora. De hecho, era sutil, elegante.

Seguro que diseñada por algún perfumista francés.

Notas de madera, tal vez, con un toque de bergamota y algo más profundo, más oscuro... ¿ámbar? ¿Vetiver?

«Deja de catalogar su colonia como si fueras una sommelier de perfumes», se ordenó Aria con firmeza.

Pero su cerebro, hijo de puta como era, no podía evitarlo. Porque junto con la colonia había algo más, el olor de su piel, del gel que usaba, de la camisa recién planchada. Era... desconcertante. En el buen sentido. En un sentido muy, muy inconveniente.

Yiannis cerró la puerta de Ulises, rodeó el coche, y se deslizó en el asiento del conductor.

—¿A la casa, señor?

—¿A dónde más, Yiannis? —La voz de Ulises tenía un filo de impaciencia que Aria estaba comenzando a reconocer.

—Por supuesto, señor.