CAPÍTULO 3
La puerta se abrió de nuevo, y Maggie entró como un ciclón de entusiasmo y estampado de cebra.
—¡Lo conseguiste! —gritó, envolviendo a Aria en un abrazo que olía a perfume y tabaco—. ¡Sabía que lo conseguirías! Vi esa chispa, te lo dije.
Aria se dejó abrazar, todavía procesando lo que había pasado y la impresión que le había causado Ulises Diakos.
—¿De verdad acaba de contratarme? —murmuró.
—Por supuesto que sí. —Maggie se apartó, sosteniendo a Aria por los hombros—.
Vamos a mi oficina, tienes que firmar el contrato y luego, niña, necesitas contarme exactamente qué ha pasado aquí dentro, porque ese hombre no contrata a nadie sin al menos tres entrevistas y una verificación de antecedentes que haría sonrojar al FBI —bromeó.
Aria esbozó una sonrisa.
En la oficina de Maggie, que era igual de caótica que el día anterior, pero que en aquel momento parecía casi acogedora en comparación con la sala de reuniones donde Ulises Diakos la había entrevistado, Aria se dejó caer en la silla de madera y finalmente permitió poner los pies en la realidad.
Tenía trabajo.
Tenía un trabajo bien pagado.
Tenía un trabajo bien pagado que incluía alojamiento y comida y la posibilidad de conexiones que podrían cambiar su carrera en un futuro.
Y solo tenía que sobrevivir a un CEO gruñón que visitaría la isla un par de días a la semana.
«Puedo con ello —pensó Aria—. Claro que puedo con ello.»
Maggie le pasó un contrato que tenía más páginas que algunos libros que Aria había leído, junto con un bolígrafo dorado con plumas en la punta, que era tan característico de Maggie que Aria casi sonrió.
—Antes de que empieces a leer esa novela —dijo Maggie, encendiendo un cigarrillo—, hablemos del elefante en la habitación.
Aria levantó la vista de la primera página del contrato.
—¿Qué elefante?
Maggie le lanzó una mirada que decía claramente «no me tomes por tonta».
—El elefante de que Ulises Diakos es, objetivamente hablando, uno de los hombres más guapos que han caminado por esta tierra desde que los dioses dejaron de materializarse para seducir mortales.
Aria sintió que sus mejillas se calentaban.
—Yo no... no me he fijado en...
—Por favor. —Maggie exhaló humo hacia el techo—. Tengo ojos, tú tienes ojos, todas las mujeres heterosexuales y hombres homosexuales de Grecia tienen ojos. Ese hombre podría hacer que Adonis se sintiera feo. Es un hecho, no una opinión.
—Vale, sí —admitió Aria, porque negar lo obvio era simplemente ridículo—. Sí. Es... muy guapo.
—Es un maldito dios. Te diría que griego, pero es que es griego —dijo Maggie—.
Parece que lo ha tallado el mejor escultor del mundo en un buen día.
Ese traje probablemente sea italiano y cueste más que mi coche.
Y esos ojos... ay, esos ojos verdes podrían convencer a una monja de reconsiderar sus votos.
Aria no pudo evitar reírse.
—Estás siendo un poco exagerada, ¿no crees? —dijo, aunque tenía que reconocer que estaba totalmente de acuerdo.
—Soy griega, el drama es mi herencia cultural.
Nosotros inventamos las tragedias. —Maggie apuntó su cigarrillo hacia Aria como si fuera una espada—.
Pero hablo en serio, niña. Sí, es guapísimo.
Sí, probablemente te hará sentir cosas que no te convienen mientras trabajas.
Pero recuerda esto: los hombres guapos son siempre los peores.
—¿Los peores?
—Los-pe-o-res. —Maggie enfatizó cada sílaba—.
Están acostumbrados a que todo les sea fácil.
Las mujeres se les tiran a los pies. Las puertas se abren mágicamente.
Piensan que sus mandíbulas cinceladas y sus sonrisas les dan permiso para ser arrogantes, controladores e imposibles.
Y Ulises Diakos tiene todo eso multiplicado por mil porque además es rico y poderoso.
Aria pensó en cómo él la había interrogado, en la intensidad implacable de sus ojos, en la forma en que había descartado su experiencia como «aceptable».
—No creo que eso sea un problema —dijo—. No me ha parecido... es decir, no ha sido encantador. Todo lo contrario.
—Exactamente. —Maggie asintió con satisfacción—. Y eso, querida Aria, es peligroso.
—¿Peligroso, por qué?
Maggie la miró a los ojos.
—Peligroso porque los hombres como Ulises Diakos terminan haciendo que caigamos a sus pies, y nosotras tenemos la puñetera manía de quererlos salvar.
Son el diablo —dijo. Se inclinó hacia adelante—.
Solo te digo una cosa. Sí, es guapísimo, y está bien para alegrar la vista.
Es como admirar el Partenón o el David de Miguel Ángel.
Pero no te enamores de él, ¿de acuerdo? Los hombres guapos y ricos con problemas de control no son proyectos que arreglar, son desastres que evitar. ¿Lo has entendido?
Aria asintió.
Maggie tenía razón. Era su jefe. Era imposible. Y ella necesitaba ese trabajo demasiado como para complicarlo con ridículas fantasías sobre un CEO gruñón que probablemente se irritaba si alguien respiraba más fuerte de lo normal en su presencia.
—Entendido —le dijo a Maggie—. Sin enamoramientos. Estrictamente profesional.
—Bien. —Maggie parecía aliviada—. Ahora firma el contrato antes de que cambie de opinión sobre enviarte a esa isla con ese hombre imposible y su adorable abuela.
Aria firmó en cada página que lo requería. Con cada rúbrica, sentía que estaba comprometiéndose, no solo con un trabajo, sino con... algo más. Pero no sabía por qué.
Cuando terminó, Maggie le entregó una copia del contrato y un sobre con información sobre el ferry, mapas de Ítaca, y el número de teléfono de Ulises Diakos y de la señora Katerina.
—Una cosa más —dijo Maggie mientras Aria se levantaba para irse—. La casa es espectacular. Vistas al mar, jardines que parecen sacados de una postal, habitaciones llenas de antigüedades... Disfrútalo. Y si Ulises Diakos te desquicia, recuerda que solo la visita un par de veces a la semana.
Aria afirmó con la cabeza, apretando el sobre contra su pecho.
—Gracias, Maggie. Por todo.
—No me agradezcas nada todavía. Agradécemelo dentro de tres meses si aún estás allí. —Estaba sonriendo, y cuando Aria se fue, le gritó—: ¡Y llámame! ¡Quiero todos los detalles jugosos!
Aria salió a las calles de Atenas, donde el sol seguía brillando con esa intensidad mediterránea que hacía que todo pareciera vivo, irreal. Tenía un trabajo. Tenía una oportunidad. Y tenía el recuerdo de unos ojos verdes que la habían mirado como si...
«No pienses en sus ojos —se ordenó—. Ni en sus manos. Ni en cómo el traje le quedaba como si hubiera sido diseñado específicamente para él. Ni en esa casi-sonrisa que…
«Para.»
«Tienes que ser pro-fe-sio-nal.»
Pero mientras caminaba a casa, esquivando el tráfico y los turistas, Aria no pudo evitar sonreír. Contra todo pronóstico, lo había logrado. Había conseguido el trabajo. Había plantado cara a un tirano imposible y había sobrevivido.
Estaba… Ufff…
El lunes comenzaría una nueva aventura en Ítaca, la isla del héroe más famoso de la mitología griega.
Y si su propio Ulises personal resultaba ser tan difícil como el del mito, bueno, se armaría de paciencia y contaría hasta diez.
O hasta veinte.
O hasta treinta, si era necesario.
Abrió el bolso y sacó el teléfono. Tenía que llamar a su madre.