CAPÍTULO 2
Aria llegó a la agencia Helios exactamente diecisiete minutos antes de las diez de la mañana. Había calculado el tiempo con una precisión casi militar. Suficientemente temprano para demostrar puntualidad británica, pero no tanto como para parecer desesperada. Aunque, lo estaba.
Se había puesto su único traje decente, una chaqueta azul marino y pantalones a juego que había comprado en las rebajas de Zara dos años atrás, y una blusa blanca que había planchado con tanto cuidado que prácticamente podías ver tu reflejo en ella.
Su melena castaña, normalmente un desastre de ondas rebeldes que tenían vida propia, estaba recogida en un moño bajo que esperaba que transmitiera que era una persona profesional y competente y no una maestra de un internado reprimida.
Los zapatos eran el punto débil de su atuendo. Unos tacones negros que había rescatado del fondo del armario y que ya mostraban signos de desgaste en la punta. Pero eran los únicos zapatos formales que poseía que no tenían agujeros en las suelas, así que tendrían que servir.
«Al menos —pensó Aria mientras subía las escaleras. El ascensor seguía averiado, y según parecía, sería para toda la eternidad—, no parezco una vagabunda. Parezco una profesional venida a menos, que es técnicamente lo que soy.
Maggie ya estaba en la recepción, pero había cambiado su vestido de leopardo por uno de cebra que era igual de agresivo para la vista. Llevaba el pelo recogido en un elaborado peinado que desafiaba el buen gusto, y las uñas hacían un sonido de castañuelas cuando tecleaba en el ordenador.
—Llegas temprano —observó Maggie con aprobación—. Bien. Ulises Diakos también. Está en la sala de reuniones desde hace diez minutos, probablemente cronometrando cuánto tardas en entrar.
—¿Ya está aquí? —El estómago de Aria dio un vuelco. Había contado con tener unos minutos para componerse, para repasar mentalmente las respuestas a posibles preguntas difíciles, para recordarse que necesitaba este trabajo más de lo que necesitaba respirar.
—Ha llegado hace quince minutos. Puntual no, lo siguiente. —Maggie se levantó, alisándose el vestido—. Ven, te lo presentaré. Recuerda: ovarios bien puestos. No te dejes intimidar.
—Eso es fácil decirlo —pensó Aria, siguiendo a Maggie por un pasillo estrecho decorado con carteles motivacionales que prometían que «¡Tu trabajo perfecto te está esperando!» y «¡El éxito está a solo una entrevista de distancia!»
Quien los hubiera hecho claramente no había conocido a Ulises Diakos.
Maggie se detuvo frente a una puerta de cristal y llamó dos veces antes de abrirla.
—Señor Diakos, le presento a Aria Shaw, la candidata para el puesto.
Y entonces Aria entró, y su cerebro inmediatamente se dividió en dos bandos beligerantes.
El primer bando, el racional y profesional, tomó nota de la sala. Pequeña, con una mesa de conferencias que había visto días mejores, sillas de oficina que chirriaban y un aire acondicionado que hacía ruido. Nada impresionante.
El segundo bando, el que aparentemente había decidido traicionarla en el peor momento posible, solo podía enfocarse en el hombre que se levantaba de la silla delante de ella.
«Ay, Dios.»
Ulises Diakos no debería ser legal.
Medía fácilmente más de un metro ochenta y cinco, con esa clase de hombros anchos que sugerían que no pasaba todo su tiempo detrás de un escritorio.
Llevaba un traje gris oscuro que le quedaba tan perfecto que solo podía ser hecho a medida, con una camisa blanca sin corbata que revelaba justo lo suficiente de su cuello como para que la mente de Aria pensara cosas inapropiadas e inoportunas.
Pero fue su rostro lo que realmente la golpeó como un rayo del mismísimo Zeus.
Era... bueno, era ridículamente guapo. Como escandalosamente guapo. Como «¿esto es justo para el resto de la humanidad?».
Tenía esa estructura ósea que hacía que los escultores de la Antigua Grecia tallaran mármol.
Mandíbula definida que parecía diseñada por un artista obsesionado con las proporciones perfectas, nariz recta y aristocrática, labios que eran generosos sin ser demasiado carnosos.
Su pelo era negro como el ala de un cuervo, cortado de manera formal, pero con la longitud suficiente para que pudieras imaginar (no es que Aria lo estuviera imaginando, por supuesto) pasar los dedos por él.
Y sus ojos. Santo cielo, sus ojos.
Eran de un color verde claro, como el mar Jónico en un día tormentoso, enmarcados por pestañas que eran ofensivamente largas para un hombre.
Esos ojos la miraron de arriba abajo con una intensidad que hizo que Aria se sintiera al mismo tiempo evaluada, insuficiente, y extrañamente consciente de cada centímetro de su propio cuerpo.
«Concéntrate —se ordenó—. Es solo un hombre guapo. Has visto hombres guapos antes. El mundo está lleno de hombres guapos. Bueno, no tan lleno, y generalmente no tan...»
—Señorita Shaw —dijo Ulises, y su voz era profunda, con ese acento que convertía cada palabra en algo más interesante—. Siéntese.
No era una invitación. Era una orden.
Aria sintió que su espina dorsal se enderezaba automáticamente.
«No te dejes intimidar», se recordó, repitiendo como un mantra el consejo que le había dado Maggie.
Se sentó en la silla frente a él con lo que esperaba que fuera una dignidad serena y que no se notara el temblor nervioso que sentía en las piernas.
Maggie le lanzó una sonrisa que era mitad aliento, mitad pésame, y salió de la sala, cerrando la puerta detrás de ella con un clic que a Aria le puso los pelos de punta.
Estaban solos.
Ulises Diakos y ella.
Ulises no se sentó inmediatamente. Caminó lentamente alrededor de la mesa, y Aria notó cómo se movía con esa gracia depredadora de alguien completamente cómodo en su propio cuerpo, hasta quedar de pie junto a la ventana, con la luz del sol enmarcándolo como si posara para la portada de una revista de negocios titulada «CEOs Jodidamente Atractivos que Arruinarán Tu Vida».
«Relájate. Cuenta hasta diez —se dijo Aria—. Uno, dos, tres...»
—Su currículum es... interesante —comenzó él, y la forma en que pronunció «interesante» dejaba claro que no lo decía como un cumplido—. Historia del Arte. Universidad de Atenas. Calificaciones... aceptables.
«¿Aceptables?», se dijo Aria indignada para sus adentros.
Aria había sudado sangre por ese título, había escrito su tesis sobre la influencia del arte bizantino en el Renacimiento italiano hasta que prácticamente podía recitar pasajes enteros de memoria, y aquel hombre lo resumía todo como «aceptable».
«Cuatro, cinco, seis...», siguió contando, mientras él volvía a la mesa.
—Experiencia laboral mínima —continuó Ulises, hojeando las páginas impresas con dedos largos y elegantes. Dedos que parecían ser de un pianista o un cirujano.
«No te fijes en sus manos, Aria, por el amor de Dios. No te fijes en sus manos.»
—Tres meses en la Galería Artemis, seis meses en la Casa de Subastas, algunos trabajos temporales. Nada sustancial —continuó diciendo Ulises.
Aria apretó las manos en su regazo.
«Siete, ocho, nueve...»
Sí que iba a tener que armarse de paciencia, sí.
—Con todo respeto, señor Diakos —dijo, manteniendo su voz calmada incluso cuando quería gritarle que conseguir un trabajo «sustancial» en el mundo del arte en Grecia sin conexiones familiares era más difícil que escalar el Everest descalza—, tengo experiencia relevante en atención a personas mayores. Cuidé a mi abuela durante cuatro años.
Ulises finalmente se sentó. Se reclinó en la silla con una postura de autoridad que probablemente era natural en los hombres que poseían la mitad de una isla griega. Y la mitad del país.
—Hábleme de su abuela —dijo, y había algo diferente en su voz. No era más suave, exactamente, pero sí más... auténtico.
Aria cogió aire.
—Mi yiayá Calíope tenía Alzheimer avanzado.
Al principio, eran pequeñas cosas. Olvidaba dónde había puesto las llaves, repetía la misma historia tres veces en una conversación.
Pero empeoró. Hacia el final, no me reconocía la mayoría de los días.
—Hizo una pausa, sorprendida por la emoción que todavía sentía tres años después de su fallecimiento—.
Pero nunca dejó de ser amable. Incluso cuando estaba confundida, incluso cuando pensaba que yo era una extraña, siempre me sonreía.
Los ojos verdes de Ulises la estudiaban con una intensidad que hacía que Aria se sintiera como un manuscrito antiguo examinado para comprobar su autenticidad. O como una cucaracha. No lo tenía claro.
—¿Qué fue lo más difícil?
La pregunta tomó a Aria por sorpresa, porque era personal.
—La repetición —respondió honestamente—.
No las preguntas repetidas o las historias que ella contaba mil veces.
Eso era fácil. Era... tener que decirle una y otra vez que su esposo había muerto.
Que llevaba muerto diez años. Cada vez que se lo decíamos era como si lo escuchara por primera vez.
Cada vez lloraba como si acabara de perderlo.
Y mi madre y yo teníamos que ser quienes le entregáramos ese dolor una y otra vez.
Hubo un silencio. El aire acondicionado sonó de pronto demasiado fuerte en la quietud de la sala.
—Mi abuela no tiene Alzheimer, pero tiene ochenta y cuatro años —dijo Ulises finalmente—, y como toda persona de esa edad, comienza con achaques.
Aria sintió algo suavizarse en su pecho. Un punto de empatía hacia aquel hombre imposible.
—Entiendo, con esa edad es normal —dijo.
Ulises descartó su empatía con un gesto de la mano, y la expresión de CEO implacable volvió a su lugar en cuestión de segundos.
—No necesito su pena. Necesito saber si puede hacer el trabajo.
—Se inclinó hacia adelante, y Aria tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no retroceder ante la intensidad de su mirada—.
Mi abuela no requiere cuidado constante, pero sí de vez en cuando.
Necesita compañía, pero no condescendencia.
Que la ayude con su medicación, que es múltiple y tienen horarios específicos.
Alguien que pueda leerle, porque su vista está fallando.
Alguien que pueda mantenerla estimulada mentalmente pero que no la canse.
Aria asintió, tomando nota mental.
«Medicación, lectura, estimulación mental. Puedo hacer todo eso.»
—Y… —continuó Ulises, y había acero en su voz en aquel momento—… alguien que pueda seguir instrucciones. Al pie de la letra. Sin improvisaciones creativas, sin justificaciones de que sus ideas son mejores, sin decidir que sabe más que yo sobre lo que mi abuela necesita.
Ah. Ahí estaba. La reputación de la que le había hablado Maggie.
Aria respiró hondo.
—Entiendo que tenga estándares específicos —dijo con cautela—.
Y lo respeto. Pero también necesito que entienda que cuidar a alguien mayor requiere flexibilidad.
No se puede programar cuándo tendrá un buen día o un mal día.
No se puede cronometrar exactamente cuándo necesitará consuelo o cuándo querrá espacio.
Los ojos de Ulises se entrecerraron.
—¿Me está diciendo cómo debo cuidar a mi abuela?
—Le estoy diciendo que si quiere un robot que siga órdenes sin pensar, hay empresas tecnológicas que están trabajando en ello —respondió Aria—.
Si quiere a alguien que cuide de su abuela, que la trate como un ser humano y no como un proyecto que gestionar, entonces tendrá que aceptar que habrá momentos en los que necesitaré usar mi criterio.
Hubo un silencio.
Aria se preguntó si acababa de joder cualquier posibilidad de conseguir aquel trabajo.
Sorprendentemente descubrió que la idea le dolía menos de lo que esperaba.
Estaba cansada, cansada de ser rechazada, cansada de tener que humillarse, cansada de pretender ser menos de lo que era solo para complacer a personas que pensaban que su dinero los hacían superiores.
Quizá la acababa de cagar.
Y aunque pensó que cuando Ulises Diakos abriera la boca sería para decir que la entrevista había terminado, no fue así.
—El salario es el que le mostró Maggie —dijo—.
Vivirá en la propiedad. Tendrá dos días libres por semana, que pueden ser flexibles dependiendo de las necesidades de mi abuela.
El ferry a Atenas sale tres veces al día si quiere volver a la ciudad.
Yo paso la mayor parte del tiempo en Atenas —y aquí, Aria sintió una oleada de alivio tan intensa que casi se mareó—, pero voy a Ítaca al menos un par de veces por semana para supervisar como van las cosas y ver a mi abuela.
—Espere —dijo Aria, segura de que había entendido mal—. ¿Está diciendo...?
—Está contratada, señorita Shaw —se adelantó Ulises—. Asumiendo que realmente quiere el trabajo, por supuesto. Después de esta encantadora conversación, no la culparía si huyera gritando. —añadió, enfatizando la palabra «encantadora».
Aria notó que las piernas le temblaban ligeramente.
—Lo quiero —dijo, contundente—. El trabajo, quiero decir —aclaró al darse cuenta de cómo había sonado ese «lo quiero».
Ulises asintió una vez, un único gesto que probablemente usaba para cerrar acuerdos millonarios, y se levantó. Aria imitó su gesto.
—Maggie tiene el contrato. Empieza el lunes. Hay un ferry a las nueve de la mañana desde El Pireo. Suba a él —dijo Ulises en tono autoritario.
Extendió la mano, y Aria la estrechó sin pensar.
Su apretón era firme, su piel cálida, y el contacto envió una pequeña corriente eléctrica por el brazo de Aria que definitivamente no debería estar sintiendo por su nuevo jefe gruñón e imposible.
«Es solo electricidad estática —se dijo—. O nervios. O las dos cosas. No es atracción hacia este tirano con traje que acaba de interrogarme como si estuviera solicitando un puesto en la CIA.»
Ulises soltó su mano primero y se dirigió hacia la puerta, recogiendo un maletín de cuero que tenía pinta de caro.
—Una última cosa, señorita Shaw —dijo, con su mano en el pomo de la puerta—.
A mi abuela le encanta la poesía, especialmente la de los autores Cavafis y Seferis.
Toca el piano, aunque sus dedos ya no son tan ágiles.
Y tiene un sentido del humor mordaz, a veces incluso negro.
—Se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera recordando a su abuela—. Creo que os llevareis bien —concluyó.
Después se fue, dejando a Aria de pie en medio de la sala de reuniones, con el corazón latiendo como si hubiera corrido una maratón y el cerebro tratando de procesar que acababa de conseguir el trabajo.