CAPÍTULO 1 #2
«Con ese dinero —calculó rápidamente—, podría pagar todas mis deudas en dos meses. En cuatro, tendría un colchón financiero decente. En un año, podría cambiar de trabajo.»
—Hay una trampa, ¿verdad? —dijo—. Siempre hay una trampa.
—La trampa es que tienes que aguantar a Ulises Diakos —respondió Maggie, sin tapujos—.
Y créeme, es una trampa a tener en cuenta.
Pero mira, si sobrevives, si realmente puedes con él, este trabajo puede ser un billete de lotería.
Los Diakos tienen conexiones por toda Grecia.
Conocen a coleccionistas, a dueños de galerías, a directores de museos.
Una buena recomendación de esa familia...
Dejó la frase sin terminar, pero Aria captó el mensaje. Una recomendación de los Diakos podría abrir puertas que hasta ahora habían permanecido cerradas para ella.
—Entonces, ¿qué dices? —presionó Maggie—. ¿Quieres hacer la entrevista? La señora Katerina te adorará, estoy segura. El nieto... bueno, él es otra cosa. Pero necesito saber si estás dispuesta a intentarlo.
Aria miró por la ventana sucia de la oficina.
Desde allí podía ver un pedazo de la Acrópolis, esa antigua ciudadela que había sobrevivido a invasiones, terremotos, saqueos y al paso de dos milenios y medio.
Si esas piedras podían aguantar tanto, seguramente ella podría sobrevivir al insoportable Ulises Diakos.
«Además —pensó con un destello de su optimismo habitual—, ¿será realmente tan malo? Los griegos son muy dramáticos. Probablemente Maggie está exagerando un poco. Tal vez el tipo sea simplemente un poco quisquilloso. Meticuloso. Puedo trabajar con un meticuloso.»
—Haré la entrevista —dijo Aria, y trató de que su voz sonara firme.
Maggie sonrió, revelando un colmillo de oro en el lado izquierdo que de alguna manera le daba un aire de pirata.
—Esa es mi chica. Te diré algo, me caes bien.
Tienes esa chispa, ¿sabes? Esa cosa que hace que piense que quizás podrías ser la que finalmente ponga a ese arrogante en su lugar.
—Apagó el cigarrillo en un cenicero ya repleto de colillas—.
La entrevista es mañana. Estate aquí a las diez de la mañana.
No llegues tarde. Él no tolera la impuntualidad.
—¿Algún otro consejo? —preguntó Aria, sintiendo que estaba a punto de entrar en territorio enemigo sin un mapa adecuado.
Maggie la estudió durante unos segundos, luego se inclinó hacia adelante como si fuera a compartir un secreto de estado.
—No te dejes intimidar. Él intentará intimidarte, es su táctica.
Te mirará como si fueras un insecto molesto.
Cuestionará cada palabra de tu currículum.
Buscará cualquier razón para descartarte.
Pero si te mantienes firme, si no te achantas, si le demuestras que tienes los ovarios bien puestos... puede que tengas una oportunidad.
—¿Y si no me elige?
—Entonces seguiremos buscando. Pero entre tú y yo, Aria, no tengo muchas más candidatas dispuestas a intentarlo. Ulises Diakos tiene una reputación. Las chicas hablan entre ellas.
Aria se levantó, sintiendo el peso de lo que acababa de aceptar. Era como firmar un contrato para una expedición al Monte Olimpo sin saber si encontraría dioses o simplemente un tipo rico y malhumorado con problemas serios de control.
—Una última cosa —dijo Maggie mientras Aria se dirigía a la puerta—. No menciones nada de la reputación que tiene. Actúa como si no tuvieras ni idea de que es un grano en el culo del tamaño del Partenón.
—Entendido —asintió Aria, con una sonrisa en los labios.
—Y ponte algo profesional pero no demasiado formal. Él valorará la actitud, pero desconfiará de cualquiera que parezca estar intentando impresionarlo.
Aria asintió de nuevo. Santo Dios, parecía que estaba recibiendo instrucciones para desarmar una bomba más que para asistir a una entrevista de trabajo.
Cuando salió a la calle, el sol de Atenas seguía brillando con esa intensidad que hacía que todo pareciera más vívido, más alegre.
Los scooters seguían yendo de un lado a otro, los vendedores ambulantes seguían pregonando el precio de sus mercancías, y algunos turistas seguían igual de perdidos que antes.
Aria compró un gyros en un puesto ambulante con los últimos euros que le quedaban.
Al diablo con el dinero. Necesitaba proteína y una buena dosis de calorías si iba a enfrentarse a un tirano millonario al día siguiente, y caminó lentamente de regreso a su diminuto apartamento en el barrio de Exarcheia.
El apartamento era básicamente una caja de zapatos con una cocina del tamaño de un armario y una ducha que solo funcionaba a ratos.
Pero tenía dos buenas compañeras de piso y una pequeña terraza que daba a los tejados de Atenas.
Y desde allí, en las noches claras, se podía ver la Acrópolis iluminada como un faro en medio de la modernidad.
Se sentó en la única silla de plástico que tenía en la terraza y mordió su gyros , dejando que el sabor a cordero especiado le recordara por qué, a pesar de todo, amaba aquella ciudad.
Atenas te rompía el corazón muchas veces, pero luego te ofrecía un atardecer dorado, o el aroma a jazmín flotando desde un balcón vecino, o el sonido de un bouzouki , parecido a un laúd, en la distancia, y de repente todo parecía valer la pena.
—Ulises Diakos —dijo a media voz—. Un nombre mitológico para alguien aparentemente imposible. —Suspiró—. Bueno, Ulises, yo soy Aria Shaw, mitad griega, mitad inglesa, no tengo un euro, pero mañana voy a convencerte de que soy exactamente lo que tu abuela necesita.
Dio otro mordisco a su gyros .
—Y si en el proceso tengo que aguantar tu mal carácter y tus trozos de tomate cortados al milímetro, que así sea. He sobrevivido a cosas peores —añadió.
Aunque, pensándolo bien, Aria no estaba del todo segura de qué era peor que enfrentarse a un hombre al que no le habían parecido bien ninguna de las seis cuidadoras que había contratado a lo largo de ocho meses.
Terminó su gyros mientras el sol comenzaba su descenso hacia el horizonte, pintando el cielo con unas tonalidades rosas y naranjas tan perfectas que ningún pintor del mundo podría captar para un lienzo.
La mañana siguiente vendría con sus propios desafíos. Pero aquella noche tenía un techo sobre su cabeza, comida en el estómago, y la oportunidad de un nuevo trabajo a la vista.