La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 1
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La Odisea de Ulises (Devils 6)

La Odisea de Ulises (Devils 6)

Por Andrea Adrich

© inepub.com

CAPÍTULO 1

El sol de media tarde caía como miel sobre las calles de Atenas, convirtiendo el Partenón en una postal que ningún turista se querría perder.

Aria Shaw (mitad griega por parte de madre, mitad inglesa por parte de un padre que había desaparecido de su vida con la misma facilidad con la que se esfumaba el dinero de su cuenta bancaria) esquivó un scooter que pasó zumbando a centímetros de su pierna derecha.

— ¡Malaka! —gritó el conductor.

Algo así como gilipollas es lo que vino a decir.

—¡Igualmente! —contestó Aria, ajustándose la correa del bolso sobre el hombro.

El bolso, un Chloé de imitación que había comprado en un mercadillo de la ciudad tres años atrás, contenía todo lo que definía su situación actual.

Un currículum impreso en papel barato que se arrugaba en las esquinas, un pintalabios rojo que alguna vez le había traído suerte (mentira, pero le gustaba creerlo), tres monedas de euro que tintineaban con un sonido casi burlón en el fondo, un paquete de chicles de menta y media barrita energética.

Atenas era hermosa, incluso cuando te estaba arruinando económicamente.

Aria caminó por la calle Stadiou, sorteando a vendedores ambulantes que ofrecían souvenirs de la Acrópolis, a turistas confundidos con mapas abiertos, y a ancianas vestidas de negro que la miraban con esa compasión que solo las yiayás griegas habían perfeccionado a lo largo de milenios.

«Veintiséis años —pensó Aria, mientras esperaba en un semáforo que parecía estar en rojo perpetuamente—, licenciada en Historia del Arte, hablo tres idiomas, sé distinguir un Caravaggio de un Rembrandt con los ojos cerrados, y aquí estoy, a punto de suplicar un trabajo de cuidadora.»

No es que hubiera nada malo en ser cuidadora.

Por supuesto que no. El problema era que Aria llevaba seis meses enviando currículums a museos, galerías, casas de subastas y hasta tiendas de marcos de cuadros.

Las respuestas habían sido devastadoras en algunos casos.

En otros, directamente la habían ignorado.

Estaba harta del «Buscamos a alguien con más experiencia.

» «El puesto ya ha sido cubierto.» «No encaja con el perfil que necesitamos.

» Y del «Su entusiasmo es admirable, pero... »

El «pero» siempre le recordaba que el entusiasmo no pagaba el alquiler.

El edificio de la agencia de trabajo Helios era menos impresionante de lo que su pomposo nombre sugería. Estaba situado entre una farmacia y una tienda de souvenirs que vendía unas versiones en miniatura del Partenón que probablemente habían sido hechas en China.

Aria subió las escaleras, el ascensor tenía un cartel de «Averiado», y llegó jadeando al cuarto piso.

La recepción olía a café fuerte y a ambientador de limón que intentaba, sin éxito, ocultar el aroma a tabaco.

Una mujer de unos cincuenta años, con el cabello teñido de un rubio que desafiaba las leyes de la naturaleza (y la naturalidad) y unas uñas postizas decoradas con pequeños cristales, levantó la vista de su ordenador.

—¿Aria Shaw? —preguntó al verla, con un acento que mezclaba el griego con algo vagamente hispano.

—La misma —respondió Aria, intentando sonar más confiada de lo que se sentía.

Su estómago gruñó en ese preciso momento, traicionándola. La media barrita energética que se había comido no estaba cumpliendo su función como sustituto de comida.

—Soy Maggie Pavlides, hablamos por teléfono. —La mujer se levantó, revelando un vestido ajustado de leopardo que habría hecho llorar a cualquier activista por los derechos de los animales—. Siéntate, siéntate.

Aria se hundió en una silla de madera que crujió bajo su peso. Maggie la observó con esos ojos que las mujeres griegas parecían tener entrenados para detectar debilidades, mentiras y el estado de tu cuenta bancaria.

—Así que necesitas trabajo —dijo, no como una pregunta sino como un diagnóstico médico.

—Bueno, más bien el trabajo me necesita a mí —respondió Aria, con una sonrisa que esperaba que transmitiera una especie de despreocupación encantadora y no desesperación—. Soy muy buena en lo que hago.

—¿Qué has estudiado exactamente? —Maggie hojeó el currículum de Aria con la velocidad de alguien que había visto miles de ellos y sabía que todos contaban básicamente la misma historia de ambiciones frustradas—. Ah, sí. Historia del Arte. Mmm.

El «mmm» sonó exactamente como todos los «mmm» que Aria había escuchado en los últimos meses: escéptico, ligeramente condescendiente y con un toque de «cariño, escogiste la carrera equivocada».

—He trabajado con ancianos antes —se apresuró a decir Aria—. Mi abuela materna vivió con nosotras hasta que cumplí veintitrés años. Tenía Alzheimer avanzado. Sé de paciencia.

Eso era cierto. También era cierto que su yiayá Calíope había sido la persona más dulce del planeta, que la llamaba «pequeña estrella» incluso cuando olvidaba que Aria era su nieta y la confundía con una enfermera, con una prima lejana o, en una ocasión, con Rita Hayworth.

Maggie dejó el currículum sobre el escritorio con un golpe seco que hizo saltar un bolígrafo.

—El puesto es en Ítaca —dijo, pronunciando el nombre de la isla como si estuviera anunciando un exilio a Siberia—. ¿Conoces Ítaca?

—La isla de Odiseo, o de Ulises, como se le conoce en su adaptación al latín —respondió Aria automáticamente. Su formación en Historia del Arte venía con una dosis obligatoria de mitología griega y romana—. El héroe que tardó diez años en volver a casa después de la guerra de Troya.

—Bueno, este Ulises también te hace sentir como si estuvieras atravesando una guerra —murmuró Maggie, y luego, dijo más alto—: La señora que necesita cuidados es Katerina Diakos, ochenta y cuatro años, lúcida como un reloj suizo y encantadora como un día de primavera en Santorini. El problema es su nieto.

Aria se quedó pensando en el modo en el que aquella mujer describía las cosas. ¿Lúcida como un reloj suizo? ¿Encantadora como un día de primavera en Santorini? ¿Era novelista o algo así en su tiempo libre?

—¿Su nieto? —repitió Aria, sintiendo que la palabra contenía una nota de advertencia.

Maggie se echó hacia atrás en su silla, que también protestó, y encendió un cigarrillo a pesar de que había un cartel de «Prohibido Fumar» justo detrás de ella. Exhaló el humo hacia un ventilador que simplemente lo redistribuyó por la habitación.

—Ulises Diakos —dijo el nombre como si estuviera convocando a un demonio—. Treinta y dos años, dueño de la mitad de Ítaca, y casi de la mitad de Grecia, rico como él solo, y con el carácter de un dios griego antiguo de esos que convertían a la gente en árboles por mirarlos mal.

—Suena... pintoresco.

—Suena insoportable —corrigió Maggie—. Mira, niña, voy a serte honesta porque me caes bien y porque reconozco la mirada de alguien que está a dos pasos de comer arroz blanco durante un mes.

He enviado a seis cuidadoras a esa casa en los últimos ocho meses.

Seis. La más resistente aguantó tres semanas.

Aria sintió que su esperanza, ese pajarito tonto que insistía en anidar en su pecho, se marchitaba un poco. Pero su cuenta bancaria, con sus patéticos 73 euros, la mantuvo anclada en la silla.

—¿Qué les hizo?

—Nada físico, si eso te preocupa. No es violento.

Es peor. —Maggie dio otra calada profunda—.

Es exigente hasta límites inhumanos. Controlador.

Perfeccionista. Tiene reglas para todo. Cómo se debe colocar la ropa, qué música se puede poner, a qué hora se debe pasear a la señora Katerina.

Una chica renunció porque Ulises Diakos le hizo repetir una ensalada griega dos veces porque los trozos de tomate eran demasiado grandes.

Aria parpadeó.

—Estás bromeando —dijo con incredulidad.

—Ojalá. Otra se fue llorando después de que él criticara la forma en que había organizado los medicamentos de su abuela.

—¿Y la señora Katerina? —preguntó Aria—. ¿Ella es...?

—Un ángel —respondió Maggie inmediatamente, y por primera vez su expresión se suavizó—.

Una verdadera joya. Culta, graciosa, amable.

Te contará historias de cuando era joven e Ítaca era todavía un secreto, antes de que los turistas la invadieran.

Te preparará té y se preocupará porque comas bien.

El trabajo en sí sería un sueño. —Hizo una pausa dramática—. Si no fuera por él.

—¿Por qué es tan... así? —Aria no estaba segura de qué palabra usar. ¿Horrible? ¿Maniático? ¿Digno de un estudio psicológico?

Maggie se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Algunos dicen que siempre ha sido así.

Otros dicen que tiene que ver con el hecho de que sus padres murieron cuando él era un niño, en un accidente de barco, de avioneta, o de helicóptero.

No sé, algo así, y tuvo que hacerse cargo de todo.

El negocio familiar, las propiedades, su abuela.

Que se endureció. Se volvió... lo que es ahora.

—Agitó la mano en el aire, haciendo tintinear sus múltiples pulseras doradas.

Aria procesó la información. Un huérfano rico y traumatizado con problemas de control. Fantástico. Justo lo que necesitaba después de seis meses de rechazos laborales.

—¿Cuánto paga? —preguntó, porque al final, esa era la pregunta que importaba.

Maggie escribió una cifra en un post-it y lo deslizó por el escritorio.

Aria miró el número. Parpadeó. Volvió a mirarlo.

—¿Esto es al mes o al año? Porque si es al mes, por este dinero le plancho los calcetines al señor Diakos, le canto nanas en griego antiguo y, si me lo pide, le construyo un caballo de madera a tamaño real para que juegue a la guerra de Troya.

Maggie no pudo evitar reír.

—Es al mes. Más alojamiento completo, dietas y billetes de ferry pagados. —Maggie la miró con una mezcla de lástima y admiración.

Era... el triple de lo que Aria había ganado en su último trabajo en una galería de arte, donde básicamente había servido copas de vino en inauguraciones y había sonreído a coleccionistas que confundían el impresionismo con el expresionismo.