Epílogo
Eve
Un año más tarde.
El viento seguía golpeando los acantilados de Calabria igual que aquella noche, la diferencia era que ya no sentía miedo al escucharlo.
Me mecí despacio en el banco de hierro forjado que Luca había colocado frente a los jardines del palazzo mientras Enzo dormía entre mis brazos, ajeno al mundo. Tenía una de sus pequeñas manos aferrada a mi jersey y el cabello oscuro revuelto por la brisa marina, igual que su padre.
Sonreí sin poder evitarlo.
Porque a veces todavía me costaba creer que después de todo el horror de aquella noche, hubiésemos conseguido llegar hasta allí.
Los últimos meses habían cambiado absolutamente todo.
Giovanni Moretti murió aquella noche en la casona.
Luca había disparado justo después de que Ruby entrase en escena, y aunque durante mucho tiempo creí que aquello lo perseguiría para siempre, la realidad era otra mucho peor: una parte de él llevaba años despidiéndose de su padre incluso antes de matarlo.
Lo enterraron lejos del palazzo, sin homenajes, discursos o gloria. Solo tierra cubriendo el cuerpo de un hombre que había destruido todo lo que había tocado.
Tras aquello, Luca cerró gran parte de la casa, alejándose de esos recuerdos, de esa sangre y de los fantasmas del pasado que no dejaban de perseguirlo.
Durante meses, vivimos aislados allí arriba, usando únicamente las habitaciones necesarias, mientras el resto del palazzo permanecía vacío y en silencio, igual que una enorme bestia dormida frente al mar.
Pero no me importó.
Porque él estaba conmigo, y eso era lo único que necesitaba.
Elisa y Alexei regresaron a Moscú poco antes del nacimiento de Damiano.
Aún recibía imágenes del pequeñajo, mientras me hablaba de cómo crecía en un enorme palacete que Alexei había comprado para ellos, lejos de la ciudad.
Por su parte, Marlene continuaba trabajando en su búsqueda de encontrar la mejor manera de sacar a todas las mujeres con las que se traficaba, pero eso era algo tan grande que tan solo podía actuar de manera local, mientras Andrei continuaba encerrado entre ordenadores y negocios imposibles junto a sus hermanos, mientras adoraba a su mujer.
Todos intentaban reconstruirse a su manera, incluso Valentino. Sobre todo, él. Quien había decidido perderse en el mundo, viajando sin teléfono ni lujos, solo una bolsa y una identidad que le permitiría lo que siempre había querido: ser él mismo sin tener que responder ante nadie.
Levanté la vista hacia los enormes jardines que se extendían frente al acantilado mientras el sonido de las olas rompía varios metros más abajo.
Las rosas habían vuelto a crecer cerca del pequeño rincón que perteneció a la madre de Luca, y cada mañana él seguía dejando flores allí sin decir ni una sola palabra, mientras regaba las que aún no había cortado.
A veces el dolor no desaparecía, solo aprendías a convivir con él.
Escuché pasos detrás de mí, y no necesité girarme para saber que era Luca. Pude sentirlo incluso antes de verlo.
Se acercó despacio mientras sostenía una carta entre las manos, y cuando llegó hasta nosotros, depositó un beso suave sobre mi cabeza antes de inclinarse hacia Enzo.
—¿Otra vez dormido? —murmuró con una sonrisa.
—Ha salido a su padre.
Luca dejó escapar una risa baja antes de coger a nuestro hijo entre sus brazos con una delicadeza que todavía conseguía desarmarme.
Dios…
Nunca me cansaría de verle así.
El hombre más peligroso de Calabria sosteniendo a un bebé como si fuese lo único capaz de mantenerle vivo.
Tomó asiento junto a mí mientras Enzo se removía un poco, recolocándose contra su pecho.
—¿Noticias? —pregunté.
La expresión de Luca cambió un poco, se volvió más serio y oscuro. La misma oscuridad que aparecía cada vez que ciertos nombres regresaban a nuestras vidas.
—Matteo.
Sentí cómo el ambiente se tensaba ligeramente, porque sí… el tiempo había pasado, pero algunas historias seguían abiertas.
Luca observó el mar unos segundos antes de hablar.
—Siguen sin encontrarla.
Il Corvo había resultado ser una mujer, y no una cualquiera, sino Rebecca Santoro. Ruby. La expareja de Matteo Costa.
Lo único que sabíamos de ella era que desapareció esa noche igual que un fantasma, y Matteo llevaba un año destruyendo Sicilia para encontrarla, y algo me decía que sería capaz de acabar con el mundo entero con tal de dar con ella, pero esa ya no era nuestra lucha.