Epílogo extra
Matteo
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?
La botella impactó contra la pared, haciéndose añicos.
El cristal explotó por todo el despacho mientras el whisky resbalaba poco a poco sobre los cuadros y documentos que yacían tirados por el suelo.
Pero no fue suficiente.
Nada lo era.
Me apoyé sobre el escritorio, respirando con dificultad mientras sentía el dolor atravesare la pierna que me hirió, igual que una maldita condena constante. El disparo había cicatrizado hacía meses, pero había prendido algo mucho peor.
La obsesión.
Apreté la mandíbula, observando otra vez las fotografías desperdigadas sobre la mesa.
Rebecca Santoro.
Il Corvo.
Mi Ruby.
La mujer que había desaparecido después de dispararme y volver a destrozarme la vida igual que hizo años atrás.
Un año y medio.
Dieciocho malditos meses persiguiendo sombras, cadáveres y rumores que siempre terminaban llevándome a callejones vacíos.
Nadie desaparecía así.
Nadie.
Y, aun así, ella lo había conseguido, otra vez.
Arranqué otra carpeta de la mesa y la lancé contra la pared, fuera de mí, sintiéndome al borde del colapso.
—Matteo.
La voz de Domenico resonó detrás de la puerta apenas un segundo antes de que entrase sin permiso. Me encontró respirando como un animal salvaje en medio del despacho destrozado, pero ni siquiera se sorprendió. Estaba más que acostumbrado.
—¿Qué cojones quieres? —gruñí.
Domenico sostuvo un sobre entre las manos.
—Ha llegado esto desde Calabria.
Luca.
Lo supe antes incluso de abrirlo. Se lo quité de las manos y desplegué todos los documentos que había dentro. Fotografías. Informes. Nombres. Rutas.
La Mort.
Mi expresión cambió de inmediato.
—¿Qué es todo esto? —preguntó.
Con un ligero movimiento, le incité a que saliera del despacho, y eso hizo. Entonces, cogí una nota manuscrita y me senté frente a mi escritorio.
Te prometí que te ayudaría a encontrar a quien estaba jodiendo tus rutas.
Aquí tienes un nuevo hilo del que tirar.
-Luca Moretti.
Fruncí el ceño mientras tomaba las imágenes, las fui pasando una a una, sin encontrarle una correlación entre ellas, y cuando llegué al final, el mundo se detuvo.
Una mujer.
Cabello pelirrojo oscuro.
Mirada fría.
Elegante.
Francesca Costa.
Mi hermana.