La obsesión del jefe 93
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Eve

La lluvia ya me había calado la ropa, y es que a pesar de que me habían repetido en decenas de ocasiones que volviese al furgón, había hecho caso omiso, aguardando alguna señal que no llegaba.

No hubo aviso por radio.

Ni disparos.

Ni movimiento.

Solo un silencio inerte que se me pegaba a los huesos, y aquello me estaba matando.

Permanecía junto a Valentino, quien no se había separado de mí en ningún momento, mojándose a pesar de su estado. El resto de hombres continuaban vigilando el perímetro, armados hasta los dientes.

Matteo Costa fumaba varios metros más allá, quieto bajo la lluvia, con esa mirada furibunda que llevaba desde que habíamos descubierto que Rebecca seguía con vida.

Domenico hablaba por la radio con varios hombres que se apostaban detrás de la casa mientras Dante permanecía cerca de la entrada principal sin apartar la vista de la puerta por la que Luca había desaparecido.

Algo no iba bien.

Podía sentirlo.

El pecho me dolía cada vez más fuerte y el miedo empezaba a cerrarme la garganta poco a poco. Porque Luca llevaba demasiado tiempo dentro y yo ya no sabía distinguir si el temblor de mi cuerpo era por frío o por el terror de perderlo.

Entonces ocurrió.

Un disparo.

Y luego, otro.

Un estruendo que rompió la calma de la noche, y todo explotó al mismo tiempo.

—¡Joder! —vociferó Dante, sacando el arma mientras abría la puerta de golpe.

Los hombres comenzaron a moverse de inmediato, alrededor de la finca, mientras las radios comenzaban a emitir órdenes mezcladas con el sonido de una tormenta que no hacía más que empeorarlo todo.

Valentino reaccionó antes incluso de que pudiera pensar, agarrándome del brazo cuando intenté correr detrás de ellos.

—¡Eve, no!

Me solté con un forcejeo.

—¡Luca sigue dentro!

El corazón me golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar. Vi a Matteo adentrarse junto a Domenico y varios hombres mientras Dante ya subía las escaleras de dos en dos, apuntando directamente al frente.

Y entonces corrí detrás de ellos.

Entré empapada, sintiendo cómo el agua resbalaba por mi rostro mientras el caos se desplegaba frente a nosotros. La casa parecía todavía más aterradora desde dentro, con el viento colándose por las ventanas rotas y el agua cayendo por los trozos de techo destruidos.

—¡Luca! —grité desesperada.

No respondió.

Avancé siguiendo las voces y los pasos hasta llegar al salón principal, y en ese momento, el mundo se detuvo.

Luca estaba en el suelo, el cual ya se teñía de una enorme mancha rojiza que se entremezclaba con el agua de la lluvia que no dejaba de filtrarse, y a su lado yacía Giovanni.

Sentí como algo dentro de mí se rompía.

El corazón se me aceleró de tal manera que sentí como un enorme nudo se creaba en mi garganta.

Por un momento dejé de respirar, corriendo en dirección a él sin ser capaz de escuchar nada más a mi alrededor, ni los gritos, ni las armas cargándose, ni siquiera fui capaz de ver a los hombres que ya se movían por la habitación.

Solo podía verle a él.

Pálido.

Herido.

Respirando con dificultad.

Pero eso no fue lo peor. La vi a ella. Il Corvo. Rebecca… Ruby permanecía varios metros más allá, apuntando todavía con el arma entre las manos.

Y joder…

Parecía estar completamente ida.

Tenía el cabello empapado pegado al rostro, sangre en la camisa y esa mirada rota, como si llevara demasiado tiempo sobreviviendo dentro de un invierno del que jamás consiguió salir.

Ruby no era una heroína.

Ni una víctima.

Era el producto de algo mucho peor, una obsesión.

Matteo se quedó inmóvil al verla, como si se hubiese quedado en pausa.

Toda la dureza que había llevado encima desapareció de golpe mientras observaba a la mujer que creía haber muerto estando frente a él.

—Ruby… —murmuró como si no pudiese creer lo que veía.

Ella alzó la vista hacia él y por un instante vi algo quebrarse dentro de ambos.

Algo enorme, doloroso e incluso enfermizo.

Pero eso tan solo duró apenas un segundo, ya que Ruby alzó el arma, dispuesta a matar al líder de los Costa. Domenico cargó inmediatamente la suya.

—¡Bájala ahora mismo! —vociferó.

Matteo levantó el brazo, frenándolo, sin apartar la vista de ella, deteniendo a su hombre.

—No dispares.

Ruby respiraba de manera agitada. Sus ojos pasaron de Matteo a Luca y luego a mí.

—¿Por qué? —cuestionó Costa, dando un paso hacia ella bajo la lluvia.

Ruby soltó una risotada vacía.

—Porque era la única forma de sobrevivirte.

Antes de que Matteo pudiera decir nada más, apretó el gatillo y le alcanzó en la pierna, provocando que cayera de rodillas.

—¡Rebecca! —gritó su nombre, dejando que retumbase por toda la estancia, justo antes de que saliese del gran salón.

—¡Joder! —rugió Domenico, corriendo detrás de ella junto a varios hombres.

Matteo permaneció quieto, intentando incorporarse mientras Alessia llegaba hasta él, observando el lugar por el que Ruby había desaparecido, como si acabara de perderla de nuevo.

Pero yo ya no podía pensar en nada de eso. Me dejé caer junto a Luca mientras las lágrimas comenzaban a mezclarse con el agua que caía de mi cabello.

—Eh… eh… mírame —susurré agarrándole la cara entre las manos—. Luca, mírame.

Respiraba con dificultad. Tenía los labios ensangrentados y la mano completamente empapada mientras intentaba contener la sangre de la herida del costado.

—No te atrevas a dejarme —sollocé, rota por completo.

Luca apenas podía abrir los ojos y, aun así, intentó sonreírme.

Dios.

Incluso destrozado continuaba siendo el hombre más hermoso del mundo, el único capaz de tranquilizarme.

—Ángel…

Le sujeté la mano con fuerza mientras sentía cómo todo mi pecho temblaba.

—Va a salir bien, ¿vale? —susurré con la voz estrangulada—. Va a salir bien…

Luca negó una vez, respirando de forma entrecortada, mientras yo no podía dejar de llorar. Después, bajó la vista hacia mi vientre y entonces lo entendí.

—Protégelo… —murmuró ronco—. Pase lo que pase… protege a nuestro bebé.