La obsesión del jefe 92
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Luca

La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco que resonó por toda la casona igual que una sentencia.

El olor a humedad me aturdió, mezclándose con moho, madera podrida y salitre. El agua se filtraba desde el techo derruido en varios puntos de la estancia, cayendo sobre el suelo mientras el viento silbaba a través de las ventanas rotas.

Aquello parecía una casa abandonada en el fin del mundo, consumida por el tiempo, pero no solo por eso, sino por la maldad que albergaba.

Avancé despacio, sosteniendo el arma con firmeza a la vez que observaba cada rincón, con la linterna encendida para no perder detalle.

Mis botas crujían sobre los cristales rotos y trozos de yeso que se habían desprendido.

Parte de la escalera principal había colapsado y uno de los enormes candelabros permanecía tirado sobre el suelo, cubierto de polvo y humedad.

No había movimiento, ni un solo sonido además del agua golpeando las paredes y los truenos rugiendo sobre nuestras cabezas.

Apreté la mandíbula, porque algo me decía que aquello no iba nada bien.

Continué avanzando y revisando cada una de las estancias, hasta que di con el salón principal. Alcé el arma, apretando con todas mis fuerzas la empuñadura, como si eso pudiese darme una seguridad extra que parecía haberse quedado en la salida.

Tomé una bocanada de aire, todo se acababa allí.

Entré dando pasos firmes, obligándome a permanecer alerta, hasta que mi mirada se clavó en un punto fijo del que ya no pude escapar.

Allí estaba, sentado junto a la chimenea apagada.

Esperándome.

Mi padre permanecía inmóvil en un sillón antiguo, vestido todavía con la misma ropa ensangrentada con la que había desaparecido del palazzo. Tenía un corte atravesándole el rostro, los labios amoratados y uno de los ojos completamente inflamado por la paliza que le había dado.

Y, aun así… sonreía.

Sentí como algo oscuro se revolvía dentro de mi pecho.

—Sabía que entrarías solo —murmuró con calma mientras alzaba apenas la vista—. Siempre te has creído más capaz de lo que eras.

No respondí.

Me limité a apuntarle directamente a la cabeza mientras caminaba despacio entre las sombras de la estancia.

—¿Dónde está Il Corvo?

Giovanni soltó una carcajada ronca.

—Ni siquiera has entrado y ya estás pensando en otro hombre —comentó con maldad—. Qué decepción, Luca.

Esta vez quien sonrió fui yo, a sabiendas de que lo único que quería era joderme mentalmente, haciéndome creer que Il Corvo era un hombre, cuando conocíamos su identidad.

—Te he hecho una pregunta —rugí.

—Y yo llevo toda la vida esperando a que hagas las correctas.

Dios.

Incluso ahí seguía intentando controlarlo todo.

Me detuve a varios metros de él, sin bajar la pistola ni un segundo. El agua continuaba cayendo desde el techo roto detrás de Givanni, empapando parte del sillón mientras él permanecía tranquilo, como si aquello no fuese una emboscada ni una ejecución pendiente.

Como si aún siguiera siendo el rey de algo, cuando en realidad no era más que el fantasma de lo que una vez fue.

—¿Sabes qué veo cuando te miro? —preguntó, inclinándose adelante—. A mí mismo.

Dejé ir una risa sin una pizca de gracia.

—Ni en mil vidas podrías ser la mitad de hombre que soy yo —aseguré con rabia.

—Claro que sí. —Sus ojos brillaron bajo la penumbra—. La diferencia es que tú todavía intentas engañarte pensando que eres mejor.

Sentí cómo el pulso empezaba a golpearme con fuerza en las sienes, nublándome el entendimiento.

—No tienes ni puta idea de quién soy —le rebatí.

—Te conozco mejor que nadie. —Una mueca de satisfacción se deslizó por sus labios—. Porque te hice con mis propias manos.

El pecho me ardió con fuerza.

Porque él no me había hecho de ninguna de las maneras, me había maltratado, obligado a creer en una filosofía que no existía, a traicionar a cualquiera menos a él… A mi mente vino mi madre, esa sonrisa dulce que siempre tenía, Eve, nuestro bebé, la sangre y los gritos.

Todo se mezclaba en mí como un veneno, uno del que ya no podía escapar.

—Mira hasta dónde has llegado por una mujer —continuó—. Has puesto de rodillas a tu propia organización, traicionado a tu padre, roto pactos y desatado guerras por esa puta.

Di un paso hacia él.

—Ni se te ocurra nombrarla.

—¿Por qué? —Ladeó la cabeza—. ¿Te molesta escuchar la verdad? Porque Eve te convirtió exactamente en lo que yo era con tu madre.

La respiración empezó a volverse pesada.

—La diferencia es que yo sí la amaba.

Aquello me golpeó como un disparo, porque una parte enferma de mí sabía que Giovanni decía aquella barbaridad creyéndola de verdad.

Ese hijo de puta había destruido todo lo que tocó pensando que era amor, y eso era en lo que más miedo me daba convertirme.

—Algún día tendrás un hijo —continuó observándome con atención enfermiza—. Y tarde o temprano entenderás que el amor vuelve débiles a los hombres como nosotros.

El seguro de la pistola sonó bajo mis dedos.

—¡Cállate! —vociferé.

—No podrás protegerlos siempre, Luca. —Su voz se volvió mucho más baja—. Algún día mirarás a ese niño y comprenderás que harías cualquier cosa por conservar el poder suficiente para mantenerlo vivo —continuó—. Exactamente igual que hice yo con vosotros.

—¡No somos iguales!

El grito retumbó por toda la casona.

Giovanni sonrió, y entonces perdí el control.

Me abalancé sobre él con una furia salvaje, estampándolo contra el suelo mientras nos volcábamos con el sillón hacia atrás.

Mis puños impactaron contra su cara una y otra vez, sintiendo cómo la sangre volvía a cubrirme las manos mientras toda la rabia acumulada durante años terminaba explotando de golpe.

—¡No vuelvas a compararme contigo! —rugí, golpeándolo otra vez—. ¡Jamás!

Giovanni soltó una carcajada ahogada mientras la sangre le llenaba la boca.

Aquello me enfermó todavía más. Le agarré del cuello de la camisa y lo estampé contra el suelo, a medio pudrir.

—¡Mamá murió amándote! —bramé, iracundo—. ¡Y tú la traicionaste cada puto día de su vida!

Otro golpe.

—¡Vendiste a Elisa por eliminar pruebas de cómo habías masacrado pueblos enteros! —vociferé.

Otro.

—¡Destrozaste a Valentino y lo apartaste de mi vida cuando se quedó solo!

La sangre salpicó mi rostro mientras Giovnani ya ni siquiera intentaba cubrirse.

—¡Condenaste a cientos de mujeres!

Mi respiración se había vuelto agitada, como la de un animal furioso, estaba roto.

Lo agarré del cuello con ambas manos mientras el agua continuaba cayendo sobre nosotros.

—¡Lo destruiste todo!

Giovanni respiró con dificultad bajo mi agarre. Tenía la cara cubierta de sangre, uno de los labios abiertos y los ojos apenas entrecerrados por los golpes, y, aun así, volvió a sonreír.

—Sigo siendo tu padre.

El silencio me atravesó por completo, lo miré sintiendo cómo algo de mí terminaba de morir para siempre.

Después me incorporé despacio, dejándolo tendido en el suelo, y le apunté directamente en la cabeza.

—No. —Mi voz sonó tensa y fría, como si el caos que tenía en mi interior no existiese—. Tú solo eres un error que pienso borrar esta noche.

Giovanni me sostuvo la mirada desde el suelo. No había miedo en él, solo orgullo, y eso hizo que me diese todavía más asco.

—Tú ya no formas parte de la nostra Famigghia, papà.