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Luca
La tormenta no amainó ni siquiera cuando estábamos en los coches, y la lluvia golpeaba con tanta fuerza que apenas podía ver la carretera.
Los limpiaparabrisas iban de un lado a otro sin descanso mientras la caravana avanzaba entre los acantilados envueltos por la cortina de agua. El cielo rugía sobre nosotros, iluminando por momentos la costa calabresa con destellos blancos que hacían parecer el mundo entero un maldito cementerio.
Y, aun así, el silencio dentro del coche era lo peor.
Conducía con una mano sobre el volante y otra descansando cerca de la pistola, mientras notaba todavía el tacto del anillo sobre los dedos de Eve.
Mi prometida.
Joder…
Todavía no conseguía procesarlo todo.
Giré apenas la cabeza hacia el asiento del copiloto.
Eve permanecía mirando la lluvia a través de la ventanilla, abrazada a mi sudadera negra, al mismo tiempo que sus pensamientos parecían encontrarse a kilómetros de allí. Pero entonces llevó la mano hasta su vientre y algo dentro de mí volvió a encogerse.
Nuestro hijo.
El pecho me dolió.
Porque cuanto más pensaba en ello, más terror sentía.
No por morir, sino por no poder volver junto a ella cuando todo esto acabase.
Los coches de Matteo iban delante de nosotros mientras los de Dante y los Romanov cerraban el perímetro por detrás. Valentino había insistido tanto en venir que terminó subiéndose al coche de Alexei pese al estado en el que aún se encontraba.
Estaba completamente loco.
Aunque supuse que todos lo estábamos al aceptar un destino como el que nos aguardaba al final de aquel trayecto.
La radio crepitó.
—Estamos llegando —informó Dante desde el otro vehículo.
Observé a Eve apenas un segundo antes de hablar.
—Cuando bajemos, no te separes de Alessia ni de Marlene —le ordené.
Ella giró lentamente el rostro a mí.
—Valentino también se quedará con vosotras.
—Luca…
—No es negociable —sentencié.
Mi tono había salido más duro de lo que pretendía, pero no pensaba correr el riesgo de dejarla sola ni un maldito segundo, y mucho menos ahora. Eve me observó en silencio durante unos segundos y después asintió despacio.
La casona apareció al final entre la lluvia varios minutos más tarde.
Era enorme, oscura y sin aparente señal de actividad.
Permanecía al borde del acantilado, rodeada de cipreses que se movían con violencia bajo el viento mientras las luces de los coches iluminaban apenas parte de la fachada envejecida.
No me gustó nada, porque algo en mi interior me decía que algo no iba a salir bien.
Los motores comenzaron a apagarse uno a uno.
Todos descendimos de los vehículos prácticamente al mismo tiempo mientras la lluvia empapaba la ropa y las armas en cuestión de segundos.
Dante apareció junto a mí, cargando el fusil.
—El equipo ya se está encargando de rodear el perímetro.
Asentí, observando la finca.
No había movimiento, ni guardias, ni luces, ni siquiera perros… No había nada, y eso era precisamente lo que hacía que todo pareciese aún peor.
Matteo se colocó a mi lado mientras Domenico daba órdenes a sus hombres, metros más atrás.
—Huele a trampa —comentó.
—Porque lo más seguro es que lo sea —respondí.
Vi a Valentino acercarse desde el otro coche, todavía pálido por los golpes.
—Dime que no vas a entrar así —gruñí al verlo.
—Dime tú cuándo coño he obedecido una orden tuya.
Solté una risa seca. Seguía hecho polvo y, aun así, continuaba avanzando como si el dolor no existiera. Estaba completamente enfermo.
—Pues ahora necesito que sí que me obedezcas —le pedí—. Quédate con Eve, te necesita.
Su gesto pasó de ser serio a relajarse, aunque sabía que no iba a ser tan fácil de convencer, ya que siempre había sido un terco.
—Por favor —añadí, casi suplicando.
Este asintió, y se marchó junto a mi prometida sin decir nada más, ni siquiera tuvo que rebatirme y eso lo agradecí. Lo último que necesitaba era tener que preocuparme también por su seguridad.
—Solo detecto una señal dentro —informó, frunciendo el ceño—. Y lleva sin moverse varios minutos.
Todo mi cuerpo se tensó.
Giovanni.
Dante alzó la vista hacia la fachada, al mismo tiempo que lazaba su cigarro bien lejos de los coches.
—Está solo.
El viento rugió entre nosotros. Sentí cómo algo oscuro comenzaba a removerse lentamente dentro de mi pecho. Porque Giovanni jamás hacía nada sin motivo, y si estaba solo era porque me estaba esperando.
Eve apareció a mi lado apenas un segundo después. Noté sus dedos aferrándose a los míos, y cuando me volteé a mirarla sentí como el mundo se me venía abajo.
—Ten cuidado —me rogó.
Dios…
No quería dejarla allí ni un solo segundo, pero tampoco podía permitir que entrase conmigo y se pusiera en riesgo de aquella manera. Ya era una locura haberla traído.
La sujeté con mimo del rostro, acariciando su mejilla mientras la lluvia se deslizaba por ambos cuando acercaba mi frente a la suya.
—Ya sabes lo que te he dicho —murmuré—. Y si algo sale mal, Dante te sacará de aquí de inmediato —le informé—.
En el palazzo tienes una maleta preparada, tienes dinero para vivir toda la vida sin preocupaciones, además de las escrituras de una casa en la toscana —explicarle aquello me dolió en el alma, pude sentir como se me encogía el corazón porque a pesar de todo, existía una posibilidad de que yo no saliera de aquella casa—.
Ten a nuestro bebé, olvídate de los Moretti, de la mafia…
De todo lo que te hicieron. —La voz se me deshizo como si jamás hubiese estado allí—.
Tienes derecho a ser libre y feliz, mi ángel.
—Luca…
—Prométeme que lo harás.
Vi el miedo en sus ojos, el pánico absoluto de dejarme marchar como si nada, pero poco después asintió. Deposité un beso rápido sobre sus labios antes de separarme, y después me giré hacia el resto.
—Cuidadla —les pedí.
Matteo sostuvo mi mirada.
—¿Y Ruby?
Apreté la mandíbula.
—Si aparece… es toda tuya.
El siciliano no respondió, pero vi algo peligroso cruzándole los ojos al escuchar su nombre. Esa maldita obsesión que continuaba latiendo en lo más profundo de su ser. La misma puta enfermedad que me consumía a mí.
Cogí la pistola y avancé hacia la entrada de la casona mientras el resto permanecía detrás, cubriendo todos los ángulos.
Cada paso hacía crujir la madera húmeda bajo mis botas.
El viento golpeó con fuerza la puerta principal cuando la empujé y fue entonces cuando lo sentí: ya no había vuelta atrás.