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Luca
La tormenta continuaba golpeando Calabria como si quisiera arrancarla del mapa.
El viento silbaba al vibrar contra los ventanales del palazzo mientras la lluvia azotaba los acantilados con una violencia enfermiza, y, aun así, nada conseguía opacar el ruido que llevaba dentro de la cabeza desde que mi padre había desaparecido.
Había dormido una mierda.
Me encontraba en el despacho revisando por enésima vez los informes que Andrei había conseguido saca robre Rebecca Santoro cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa.
Dante.
Descolgué al instante.
—¿Tanto te pesan los cojones que no puedes venir hasta aquí?
Dejó ir un bufido que hizo que una sonrisa se esbozase en mi boca.
—¿Qué pasa? —cuestioné yendo al grano, viendo que ni siquiera había una pizca de humor en él.
—Lo hemos localizado.
Todo el cuerpo se me tensó.
Me puse en pie tan rápido de la silla que chirrió contra el suelo.
—¿Dónde? —Quise saber.
—Una casona a las afueras de Reggio —respondió—. Cerca de los acantilados del sur. Parece abandonada, pero tenemos movimiento térmico dentro.
Apreté la mandíbula con fuerza.
Giovanni.
Después de horas persiguiéndolo, intentando localizar el maldito rastreador que llevaba, se habían confiado, y el inhibidor había dejado de funcionar.
Por fin había aparecido, o se había dejado encontrar.
Y eso último no me gustaba una mierda.
Cogí la pistola de la mesa, al mismo tiempo que salía del despacho.
—Quiero a todo el mundo listo en cinco minutos —ordené.
—Ya están en ello.
Colgué sin decir nada más.
El palazzo entero comenzó a moverse en cuanto di la orden. Hombres armados comenzaron a cruzar los pasillos cargando munición, radios y chalecos mientras el eco de las botas golpeando el mármol retumbaba por toda la casa.
Andrei apareció el primero.
—Estoy rastreando la zona —informó, sosteniendo la tableta entre las manos—. Hay interferencias alrededor de la finca.
—Perfecto —respondí—, eso significa que está ahí, pero que hay algo que no les está funcionando como debería.
Alexei empezó a repartir armas a varios de los hombres mientas Valentino descendía las escaleras todavía con el rostro marcado por los golpes de la noche anterior.
—Tú te quedas —sentencié nada más verlo.
Valentino ni siquiera redujo el paso.
—Ni de puta coña —me rebatió.
Iba a responderle cuando otra voz habló a mis espaldas.
—Supongo que la fiesta ha empezado.
Matteo.
Apareció junto a Domenico y sus hombres, todos vestidos de negro, como si llevasen toda la vida preparados para enterrar cadáveres.
—Vienes con nosotros —le impuse.
Una sonrisa ladina asomó en su boca.
—Pensaba hacerlo de igual modo.
El ambiente olía a guerra, y lo peor era que una parte de mí llevaba esperando ese momento desde hacía meses. Subí las escaleras dispuesto a buscar mi chaqueta cuando escuché su voz.
—Luca.
Me detuve, giré sobre mis talones y me encontré a Eve, quien me observaba desde el final del pasillo.
Llevaba una sudadera larga que le cubría casi todo el cuerpo, tenía el cabello revuelto y esos ojos verdes clavados en mí como si pudiera ver exactamente todo lo que me ocurría por dentro.
—Necesito hablar contigo.
La tensión en su voz bastó para que algo dentro de mí se encogiese. Asentí despacio y la seguí hasta nuestra habitación mientras el caos continuaba desarrollándose al otro lado de la puerta.
Cuando entramos, Eve cerró, dejando que el silencio nos envolviese.
Me acerqué despacio a ella.
—¿Qué ocurre, ángel? —pregunté.
Vi como tragaba saliva, estaba más nerviosa de lo que quería admitir, todo su cuerpo temblaba, y la forma en la que sus dedos se retorcían me dijeron que algo no andaba como debería. Evitaba mirarme, y entonces sentí miedo. Un miedo demasiado real y peor que cualquier bala.
—Eve… —murmuré, acercándome más a ella, colocando uno de mis dedos bajo su barbilla—. ¿Qué pasa?
Sus ojos subieron por fin hasta los míos, y se rompieron en llanto.
—Eh, piccola —susurré al mismo tiempo que pasaba mis dedos por los mechones que caían sobre su rostro—. Tranquila.
—Estoy embarazada.
El mundo dejó de girar bajo nuestros pies. No fue inmediato, fue algo mucho peor, porque durante unos segundos me quedé completamente inmóvil. Intentaba procesar esas dos palabras mientras algo atravesaba mi pecho con una fuerza brutal.
Embarazada.
Eve.
Un bebé.
No. Nuestro bebé.
Abrí la boca, pero las palabras no salieron, agolpándose en mi garganta como si no se atrevieran a ser pronunciadas.
Ella bajó la mirada enseguida, como si mi silencio hubiese confirmado todos sus miedos.
—Sé que no es el mejor momento —susurró—. Y tengo miedo, Luca… muchísimo miedo.
Ahí reaccioné.
Me acerqué más a ella, tomándola por la cintura, instándola a volver a fijar sus ojos en los míos.
—Eh… —Le sujeté el rostro entre las manos—. No me mires así.
Sus ojos ya estaban llenos de lágrimas.
—No sé si sabré hacerlo bien —confesó rota—. No sé si este mundo es lugar para un niño, ni si…
—No sigas.
Mi voz salió mucho más ronca de lo que esperaba, porque el problema jamás había sido ella, sino yo. Toda mi cabeza comenzó a llenarse de imágenes imposibles de controlar: Giovanni, mi infancia, Valentino, las palizas, la sangre… ¿Y si terminaba convirtiéndome en él?
¿Qué coño sabía yo de ser padre cuando apenas estaba aprendiendo a no ser un monstruo por ella? Entonces, a vi a mi madre, la mujer más dulce y bondadosa del mundo, y supe que si tenía parte del desgraciado de mi padre, también la tenía a ella.
—Tengo miedo —admití al final.
Eve frunció el ceño.
—¿De qué? —cuestionó.
Solté una risa baja y amarga, mientras mis manos descendían lentas hasta tomarla por la cintura.
—De parecerme demasiado a él.
El silencio cayó entre ambos, doloroso y tan real que era imposible de ignorar. Eve negó despacio, alzando una de sus manos hasta llegar a mi rostro.
—Jamás serás como Giovanni —juró.
Cerré los ojos un instante, y deseé que ojalá fuese tan simple.
—No lo sabes.
—Claro que lo sé —insistió, acariciando mi mejilla—. Porque tú sí sabes amar, Luca.
Joder.
Esas simples palabras fueron peor que cualquier disparo.
Algo terminó de romperse dentro de mí. Sentí una lágrima recorrer mi rostro al mismo tiempo que mis piernas flaqueaban.
Acabé arrodillado frente a ella, con las manos temblando mientras se alzaban para colocarse sobre su vientre.
Nuestro hijo.
Mi hijo.
Sentí como un enorme nudo se instauraba en mi garganta. Incliné la cabeza despacio y besé su abdomen por encima del jersey, cerrando los ojos mientras una sensación completamente desconocida para mí me atravesaba entero.
No era miedo, o al menos no solo eso. Era algo mucho más grande.
—Nadie os va a tocar —murmuré—. Te lo juro.
Noté cómo los dedos de Eve se enterraban en mi cabello.
—Lo sacaremos adelante juntos.
Asentí poco a poco.
Porque si algo tenía claro en ese momento era que incendiaría el mundo entero antes de permitir que alguien les hiciera daño.
Alcé la vista y, joder… Nunca la había visto tan preciosa. Me había hecho el hombre más feliz del mundo, y ni siquiera era capaz de comprender hasta qué punto había llegado a mi vida para salvarme.
—Eve Moretti —murmuré con una sonrisa cansada, pero con el corazón palpitándome con fuerza.
Sus labios temblaron, me observó con devoción, la misma que yo le profesaba.
—Todavía no soy tu mujer —comentó jocosa.
Me puse en pie poco a poco, sin apartar la mirada de ella.
—Siempre has sido mía —juré al mismo tiempo que, con maña, le quitaba el collar para colocar el anillo en sus dedos—. Cásate conmigo, Eve.
Los ojos le brillaron de una manera que ni siquiera supe cómo describir, era como si la dicha rebosase de ellos.
—Te amo, ángel —susurré contra sus labios.
—Me casaría mil veces contigo, Luca.
La puerta se abrió de golpe antes de que pudiera besarla de nuevo.
Dante apareció empapado por la lluvia, con el arma colgando junto al muslo y la respiración pesada.
—Tenemos que irnos ya.