89
Luca
La tormenta no daba tregua.
La lluvia golpeaba los enormes ventanales del palazzo con una violencia enfermiza, como si el cielo entero estuviera intentando arrancar los cimientos de aquella casa piedra a piedra.
Los truenos retumbaban sobre los acantilados mientras el viento sacudía los olivos del exterior haciéndolos crujir. Y, aun así, el caos dentro de mi casa era mucho peor.
Me serví otra copa de whisky mientras observaba cómo varios de mis hombres ya reforzaban las entradas principales. Después de lo ocurrido con Giovanni y Valentino, ya no me fiaba ni de mi propia sombra.
—La carretera principal está bloqueada —informó uno de los hombres, acercándose a nosotros—. Ha habido un desprendimiento cerca de la curva del acantilado.
Matteo soltó una risa seca desde el sillón que había junto a la chimenea.
—Parece que el universo quiere que me quede un poco más.
Lo miré por encima del vaso antes de darle un trago.
—Considera esto como hospitalidad calabresa.
—Pensaba que los Moretti recibíais a los invitados a tiros —apuntó jocoso.
—Solo a los que me caen mal.
Domenico bufó algo por lo bajo, seguramente insultándome en siciliano, pero lo ignoré por completo.
No tenía paciencia para aguantar a nadie, mucho menos después de todo lo que llevaba a las espaldas.
Pasé gran parte del resto del día encerrado junto a Andrei, revisando movimientos bancarios, llamadas intervenidas, propiedades y cámaras mientras intentábamos encontrar el rastro de Giovanni. Pero era como perseguir humo.
Y lo peor era que empezaba a comprender que aquello llevaba preparándose desde hacía mucho más tiempo del que creíamos.
—Nada otra vez —gruñó Andrei desde el ordenador—. Los teléfonos están limpios, no hay ni rastro de esa tal Rebecca.
Apreté el entrecejo con dos dedos.
Me dolía la cabeza sobremanera, y lo único que hacía era no dejar de beber y fumar durante todo el maldito día como si eso pudiese ayudarme a estar mejor.
—Tiene que haber algo.
El silencio volvió a instaurarse en la estancia hasta que Alexei apareció con una tableta en sus manos.
—Hemos encontrado algo sobre Rebecca Santoro.
Noté como Matteo se tensaba de inmediato, solo fue un movimiento, un ligero reajuste, pero lo vi. Conocía demasiado bien esa clase de reacciones.
La obsesión reconocía a la obsesión, y yo estaba jodidamente enfermo, igual que lo estaba él.
Alexei dejó varios documentos sobre la mesa junto a la tableta y yo mismo terminé cogiéndolos. Pasando una hoja tras otra, encontrándome únicamente con calles vacías, empresas cerradas y nombres falsos.
Nada útil.
Nada real.
Solo putas pistas que no llevaban a ningún lado.
Hasta que llegué al final, y entonces me encontré con una esquela. Pequeña, simple e incluso fría.
«Que Dios acoja tu alma, porque el demonio ya marcó tu carne».
Rebecca Santoro. 1994-2024
Firmada por únicamente dos iniciales: L.M.
Fruncí el ceño.
—¿LM?
—No hemos conseguido averiguar quién pagó esa esquela —respondió.
Apenas lo escuché, porque mi atención estaba puesta en Matteo, quien parecía haberse quedado sin respiración.
Tenía la vista fija en el papel mientras la mandíbula comenzaba a tensársele, igual que si estuviera conteniendo algo que no deseaba decir.
Y entonces lo entendí.
Ese hombre jamás había creído que la muerte de Ruby fuese real, ni siquiera por un solo segundo. Lo supe por cómo agarró el vaso, por cómo evitaba pestañear, y la manera enfermiza que tenía de mirar el nombre de Rebecca como si le estuvieran arrancando algo del pecho.
Aparté la vista porque por primera vez desde que había llegado al palazzo dejé de ver a Matteo Costa como un simple capo.
La tormenta empeoró entrada la noche. El desprendimiento había terminado bloqueando el acceso principal, así que los Costa no podían abandonar Calabria aunque quisieran.
No me molestaba.
De hecho, empezaba a creer que necesitaba a Matteo más cerca de lo que me convenía admitir.
Pasada medianoche, bajé al salón, incapaz de dormir. Eve continuaba descansando arriba, agotada después de todo lo ocurrido, mientras yo llevaba horas sintiendo que el cerebro iba a estallarme en cualquier momento.
Me encontré a Matteo solo frente a la chimenea.
Con una botella a los pies y una copa en la mano.
Pensando.
Destruyéndose en silencio.
Me serví otra copa, como llevaba haciendo todo el maldito día, y tomé asiento junto a él, sin pedir permiso.
—Tienes cara de querer matar a alguien —comenté, intentando quitarle hierro al asunto.
Soltó una carcajada amarga.
—Eso implicaría tener que elegir solo a uno.
El fuego crepitó frente a nosotros.
Le di un trago al whisky antes de hablar.
—¿Qué coño está pasando realmente en Sicilia? —cuestioné.
Matteo permaneció callado unos segundos demasiado largos, para después dejar el vaso sobre la mesa central.
—Todo mi imperio se está yendo a la mierda.
Alcé una ceja.
—Alguien está matando a mis aliados. —Su voz se tornó fría y rasgada—. Han destrozado dos rutas en menos de un mes, interceptado cargamentos enteros y hace tres días quemaron uno de mis laboratorios cerca de Palermo.
Lo observé en silencio, recibiendo esa información.
—También están jodiendo mis envíos de hachís —continuó—. Y lo peor es que quien lo hace conoce mis movimientos antes que mis propios hombres.
Negué con la cabeza, al mismo tiempo que apoyaba la espalda contra el sillón mientras una sonrisa amarga tiraba de la comisura de mis labios.
—Por eso apareciste aquí.
Matteo alzó la mirada.
—¿Perdón?
—No viniste solo por Ricardo —sentencié—. Viniste porque oliste sangre alrededor de los Moretti y querías ver qué podías carroñear antes de que todo saltara por los aires.
El silencio se volvió más espeso, pero me sorprendió el hecho de que Matteo no se ofendiese. Ambos sabíamos que tenía razón.
—Necesitaba respuestas —admitió al final—. Y ahora estoy empezando a pensar que todo apunta al mismo sitio.
Rebecca.
Il Corvo.
La misma maldita persona.
Apreté la mandíbula al escuchar su nombre rondando mi cabeza.
Me acabé el whisky de un solo trago y lo observé con fijeza.
—Hagamos un trato.
Matteo no apartó la mirada de mí.
—Tú me ayudas a solucionar toda la mierda que ha dejado mi padre —murmuré—. Y yo te ayudo a encontrar a esa hija de puta que está metiendo las narices en tu imperio.