La obsesión del jefe 88
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Luca

El silencio que quedó en el salón después de aquel «no puede ser» empezó a pudrirlo todo.

Apreté la mandíbula con fuerza, sintiendo cómo la presión comenzaba a tironear de mis sienes.

La cabeza me iba a dos mil por hora. ¿Había roto nuestro pacto? A pesar de la presencia de mi padre, Matteo y yo teníamos nuestros propios acuerdos, esos que prevalecerían sobre los que había hecho con mi padre.

No dejé de observar a Matteo como si estuviese dispuesto a arrancarle la cabeza allí mismo. Porque si todo aquello apuntaba hacia él, me daba exactamente igual quién cojones fuese, y si desataba una guerra.

Lo mataría.

—Sentaos —nos ordenó Eve.

Sonreí ladino, cómo me ponía verla mandar de aquella manera.

Hicimos lo que nos pidió, no aparté la mirada de él, y decidí sentarme en el lugar que siempre ocupaba en todas las reuniones.

—¿Quién es? —cuestioné al final, rompiendo el silencio.

Matteo seguía mirando el dibujo sobre la mesa.

—Francesca Costa.

Negué despacio.

A Francesca la tenía localizada, al menos de oída, por lo que no me importaba demasiado.

—No es a tu hermana a quien me refiero —le corregí.

Eso consiguió que alzara la vista hacia mí y por primera vez desde que había llegado al palazzo vi algo extraño cruzándole el rostro.

La duda.

La desconfianza.

Como si acabara de entender exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación y no le gustara una mierda.

—Entonces di directamente lo que quieres decir, Moretti —gruñó Domenico detrás de él.

Lo ignoré por completo, no sabía si debía acabar de confiar en la mano derecha de Matteo, aunque supuse que era su trabajo, dar por culo igual que lo hacía Dante a mi lado.

—No es tu hermana la que estuvo aquí, ¿verdad?

Matteo negó con la cabeza.

No me gustaba un pelo tener que estar tirándole de la lengua. Una parte de él continuaba resistiéndose a hablar como lo necesitaba.

—Se llama Ruby.

Domenico soltó una carcajada seca cargada de desprecio.

—¿Y Ruby es…?

—Un grano en el culo —respondió la mano derecha de Costa.

—Rebecca Santoro —musitó en voz baja—. Ruby es muchas cosas —murmuró con calma—. Pero desde luego no alguien fácil de olvidar.

Tenía la mirada perdida y la mandíbula apretada con tanta fuerza que creí que se saltaría las muelas en cualquier momento, así que decidí ponerme en pie bajo la atenta mirada de Eve y servir unas copas de whisky, porque algo me decía que íbamos a necesitarlo.

—¿Qué tiene que ver Ruby en todo esto? —preguntó al final.

Puse los ojos en blanco, al mismo tiempo que dejaba las copas sobre la mesa, invitándole a bebérselo. Le di un trago al mío, dejando que el líquido quemase mi garganta hasta descender a mi estómago.

—Tú sabrás qué cojones tiene que ver esa con nosotros y con toda esta puta mierda —respondí cabreado.

Me bebí el líquido ámbar de un solo trago, igual que lo hizo Matteo.

—Hace años trabajó para mí —explicó sin apartar la vista de Eve—. Era buena. Demasiado. —Negó apenas una vez—. Hasta que decidió traicionarme.

—¿Cómo te traicionó? —Quiso saber Eve.

Costa le observó con mala cara, y supe que no quiso responder a esa pregunta, no por privacidad, sino porque le dolía en lo más profundo de su ser, en su maldito ego. Porque sí… al fin y al cabo, Matteo y yo no éramos tan distintos.

—Continua —le insté.

Matteo sacó un cigarro y se lo llevó a la boca, dándole una larga calada para terminar apagándolo sobre el cenicero de cristal que había sobre la mesa.

—Cuéntales la verdad.

Domenico desvió la mirada apenas un segundo, y eso fue suficiente, porque entendí que no había sido una simple ayudante, sino algo que iba mucho más allá.

Volvió a apretar la mandíbula, y segundos después habló.

—Me engañó, y a pesar de todo ella intentó justificarse, y al principio la creí —continuó Marco con la voz helada—.

Me había traicionado después de estar toda una vida juntos —añadió con rabia—.

Rebecca, mi Ruby… —Pude notar el rencor, la obsesión, esa oscuridad que había llenado su mirada—.

Ella me había vendido, y yo decidí que no iba a permitir que jamás olvidase lo que había hecho —aseguró—.

Le di mi apellido, la protección de mi familia y hasta mi sangre, así que era el momento de que ella me devolviese todo eso, por lo que la marqué como debía.

—¿Q… qué? —preguntó Eve.

Me tomó la mano, con nerviosismo, la sentí temblar a mi lado, cómo los pensamientos no dejaban de atormentarla, porque no… Ella no pertenecía a este mundo y lo más seguro era que lo que acababa de confesar Matteo le pareciese atroz, pero así era como se pagaban las traiciones en la ‘ndrangheta.

—La marqué a fuego para que nunca se olvidase de a quién pertenecía —sentenció con rudeza—. Ruby era mi mujer.

Sentí como Eve se removía en el asiento, tensa.

—Mi exmujer —corrigió, esta vez mucho más despacio—. Y hasta donde yo sé, está muerta.