La obsesión del jefe 87
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Eve

El mundo pareció quedarse suspendido alrededor de aquel anillo.

No podía apartar la vista de él, del sello plateado, de ese maldito rosetón de seis corazones entrelazados que llevaba días persiguiéndome incluso en sueños.

Sentí cómo el aire empezó a faltarme poco a poco.

Luca seguía rígido a mi lado, preparado para saltarle encima a Matteo al más mínimo movimiento extraño, pero yo apenas podía escuchar nada más allá que no fuera el latido desbocado de mi propio corazón.

Porque conocía ese símbolo, lo había visto y no precisamente en un anillo.

Tragué saliva.

—¿Puedo verlo? —pregunté al final, alzando la vista hacia la de Matteo.

Este arqueó apenas una ceja, claramente sorprendido por mi petición, y durante unos segundos no respondió. Era como si estuviera valorando algo que el resto desconocíamos, hasta que al final extendió poco a poco la mano hacia mí.

Luca reaccionó al instante.

—Eve… —gruñó a mi lado.

Posé una mano sobre su brazo, intentando calmar la tensión brutal que sentía emanar de él.

—Solo un segundo.

No le gustó nada, lo vi en su mandíbula tensa, en esa oscuridad peligrosa que cruzaba su mirada mientras observaba cómo tomaba la mano de Matteo entre las mías.

El metal estaba frío en la parte superior mientras que la inferior se mantenía caliente debido al contacto con la piel. Giré ligeramente el sello bajo la luz del salón, observándolo con atención a la vez que mi mente reconstruía la imagen una y otra vez.

Il Corvo.

El pulso comenzó a martillearme en las sienes.

—Es imposible… —murmuré casi para mí misma.

Matteo frunció el ceño y entonces reaccioné.

Me separé de golpe, buscando entre los papeles que llevaba doblados dentro de la carpeta que Dante había traído hasta encontrar los bocetos que había hecho de memoria después del ataque.

Mis dedos temblaron al extenderlos sobre la mesa. El dibujo del rosetón apareció frente a todos, y el silencio que cayó después fue brutal.

Costa dejó de moverse, de manera literal. Sus ojos se clavaron sobre el papel mientras toda expresión desaparecía de su rostro, y ahí lo supe.

Él sabía algo.

Luca también lo entendió, solo que él fue demasiado rápido.

—Tú. —Su voz salió helada mientras se levantaba de golpe—. Tú eres ese hijo de puta.

Todo explotó.

Luca agarró a Matteo de la camisa con violencia, haciéndolo levantarse de la silla al tiempo que esta caía hacia atrás con un estruendo seco. Los hombres de Costa reaccionaron al instante, cargando sus armas y quitando los seguros.

Domenico dio un paso al frente, apuntando directamente a Luca, mientras Dante se colocaba entre ambos antes de que aquello terminase en una masacre.

—¡Parad! —rugió Dante—. ¡Que nadie dispare!

La tensión era insoportable.

Notaba cómo el corazón me golpeaba tan fuerte en la boca del estómago que apenas podía respirar con normalidad.

—¡¿Qué cojones estás haciendo?! —bramó Luca sin soltar a Matteo—. ¡Habla!

Matteo no apartó la vista del dibujo, parecía afectado. No asustado ni enfadado, sino algo mucho peor.

Era como si hubiese visto un fantasma.

—Luca, suéltalo —intervine, acercándome despacio.

—Ni de puta coña.

—Por favor, suéltalo.

Vi cómo dudaba apenas un segundo, antes de empujarlo hacia atrás.

Dejé ir un suspiro del aire que había estado conteniendo todo ese tiempo mientras veía cómo Matteo se recolocaba la camisa. Domenico seguía apuntando a todo el mundo como si estuviera esperando una orden que no llegaba.

—Bajad las armas —le instó Costa—. Ese símbolo… —empezó a decir, todavía con la vista fija en el dibujo—. Solo dos personas lo tienen.

El salón quedó en silencio.

Fruncí el ceño, al mismo tiempo que veía cómo se desabrochaba el botón de la manga y se remangó hasta llegar al antebrazo.

Entonces lo mostró.

El mismo rosetón.

Estaba perfectamente tatuado sobre la piel en la parte inferior del brazo. Sentí un escalofrío recorriéndome de pies a cabeza.

—Mi hermana mayor también lo lleva —continuó con la voz mucho más baja.

Negué de inmediato.

—No… —Tragué saliva—. No era así.

Luca me miró confundido.

—¿Qué quieres decir?

El aire comenzó a volverse cada vez más pesado.

—Lo que vi en la cocina no era un tatuaje —murmuré, sintiendo cómo todo mi ser se tensaba.

—Era una marca de fuego —añadió Dante, leyéndome la mente, por lo que ambos nos miramos.

El color desapareció del rostro de Matteo, sus ojos bajaron de nuevo hasta el dibujo y entonces habló.

—No puede ser.