La obsesión del jefe 86
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Eve

El silencio que se instauró en el salón después de aquel «interesante» fue tan denso que hasta el aire pareció volverse más pesado e irrespirable.

Matteo Costa no apartó la vista de mí ni un solo segundo.

No era una mirada vulgar, ni descarada, era peor. La clase de atención que daba alguien acostumbrado a observar antes de atacar, como si estuviera intentando encajarme dentro de una pieza mucho más grande que yo todavía no podía ver.

Luca se tensó a mi lado de inmediato.

Lo sentí incluso antes de tener que mirarlo.

—Matteo —saludó con una frialdad que no quiso disimular.

El italiano dejó que una media sonrisa se dibujase en sus labios antes de avanzar un par de pasos hacia nosotros.

—Luca —le correspondió con una caída de ojos.

Y después volvió a mirarme a mí, de nuevo con ese tinte misterioso.

—Eve.

Me tendió la mano con elegancia.

Dudé apenas un instante antes de aceptar su saludo, más por educación que por confianza, pero el momento en el que nuestros dedos se tocaron, sentí como Matteo tiraba suavemente de mí.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Tanto que apenas pude discernir el momento en el que su mano libre se posaba directamente sobre mi cintura, acercándome apenas unos centímetros más hacia él, mientras esa sonrisa peligrosa seguía instalada en su boca.

Sentí a Luca moverse antes siquiera de tener que verlo aparecer por el rabillo del ojo.

—Vuelve a tocarla así —gruñó de manera gutural, provocando que todo el vello de mi cuerpo se erizase—, y te arrancaré la nuez de un puto mordisco.

Los hombres detrás de Costa reaccionaron al instante, pero él ni se inmutó.

Al contrario, pareció divertirse.

Matteo dejó ir una carcajada seca, y dejó que su mueca se ensanchase.

—Tranquilo, Moretti —murmuró con calma—. Solo estaba saludando a tu mujer.

Luca dijo un paso hacia adelante.

—Y yo te estoy avisando —sentenció.

Dios.

La tensión entre ambos era tan brutal que podía sentirla en todo mi cuerpo. Pero no solo eso, sino que ver la posesividad con la que me había tratado Luca hizo que mi sexo se humedeciese.

Matteo le sostuvo la mirada varios segundos más antes de dejar escapar una risa baja que llenó el ambiente.

Después giró ligeramente la cabeza.

—Será mejor que no sentemos.

Los hombres de Matteo se colocaron junto a la pared más cercana a la salida, armados y en el silencio más absoluto.

Uno de ellos se acercó a la mesa, donde ya estábamos sentándonos.

Domenico Falcone.

No necesitó presentarse para que entendiera quién era.

Había leído sobre él en los papeles de Luca, pero, aun así, tenía esa clase de presencia fría y controlada que solo poseían cierta clase de hombres, esos que estaban acostumbrados a matar sin necesidad de ensuciarse las manos.

Caminó hasta colocarse detrás de Matteo, ocupando su lugar como si de una sombra silenciosa se tratase.

Su mano derecha.

Luca tampoco apartó la vista de él.

—Bonita forma de venir a una reunión —comentó mi italiano—. ¿Esperabas una emboscada?

—Después de encontrar a Ricardo abierto en canal dentro de tu casa… —Matteo ladeó apenas la cabeza, frunciendo los labios—. Digamos que preferí ser precavido.

La temperatura del salón pareció bajar dos grados.

Dante apareció entonces desde el pasillo lateral, todavía con el cigarro entre los dedos y esa expresión agotada que llevaba encima desde hacía días.

Matteo lo observó un instante.

—Tu perro faldero me llamó —comentó mirando a Dante—. Y no, antes de que preguntes, no me dio ninguna información útil.

Luca soltó una risa seca.

—Claro que no —aseguró—. Porque si algo tienes, es olfato —añadió dañino—, pareces un puto perro oliendo la sangre.

Los ojos de Matteo brillaron, y esa mueca ladina volvió a esbozarse en su boca.

—He escuchado rumores —continuó, ignorando la pulla—. Cosas extrañas alrededor de los Moretti, de su líder… Desapariciones, tráfico de chicas… bueno, ya sabes.

Se recostó sobre la silla.

—Y ahora Ricardo.

Tomé la mano de Luca bajo la mesa, y percibí cómo se tensaba.

—No eres más que un puto perro carroñero que espera a ver quién cae primero.

Matteo sonrió, pero esta vez no hubo humor en ello.

—Ten cuidado cómo me hablas.

—¿O qué? —replicó Luca, acercándose también—. ¿Vas a venir a llorarme por un hombre muerto cuando tú y yo sabemos a la perfección en qué clase de mundo vivimos?

Domenico se acercó, igual que lo hizo Dante.

Todo era cuestión de segundos.

La habitación entera estaba en la más pura tensión, llena de armas a punto de ser disparadas, y la respiración de dos capos que se medían frente a frente como si estuvieran a un paso de desatar una guerra.

Entonces lo vi.

El anillo.

Mis piernas cimbrearon.

La mano de Matteo descansaba sobre el respaldo de uno de los sillones, y el sello plateado que llevaba brilló bajo la luz del salón apenas un segundo.

Pero fue suficiente, porque conocía ese maldito símbolo.

Era él.