85
Eve
La media hora que tardó el médico en llegar se me hizo eterna.
Nadie hablaba demasiado dentro de aquella habitación, era como si todos temiéramos que cualquier palabra pudiera terminar rompiendo el poco control que aún quedaba en pie.
Valentino seguía inconsciente sobre la cama mientras aún Luca permanecía sentado junto a él, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas frente a su boca.
No se había movido desde que lo habían encontrado, y aquello me preocupaba más que cualquiera de sus explosiones.
Porque Luca en silencio era mucho más peligroso.
El médico apareció acompañado por uno de los hombres de seguridad de Luca, todavía medio dormido, con el cabello desordenado y una expresión de absoluto cabreo que desapareció en el instante en el que vio el estado de Valentino.
—Apartaos.
Dejó el maletín sobre la cama y empezó a revisarlo con rapidez mientras todos permanecíamos alrededor, observando en silencio.
Le abrió un párpado.
Otro.
Comprobó el pulso.
La respiración.
El cuello.
Y entonces frunció el ceño.
—¿Qué? —cuestionó Luca al instante.
El médico movió ligeramente la cabeza de Valentino hacia un lado, dejando visible una pequeña marca rojiza cerca de la yugular.
—Le han inyectado algo aquí.
Sentí cómo el estómago se me encogía.
Luca se puso en pie de inmediato.
—¿Qué cojones significa eso?
—Que lo más probable es que el desmayo no se debía solo al golpe —explicó mientras sacaba una jeringuilla de su maletín—. Tiene una conmoción leve, sí, pero esto… —Señaló la marca—. Esto es otra cosa.
Observé a Dante por el rabillo del ojo. Estaba rígido contra la pared, fumando sin parar mientras seguía cada movimiento del médico con una atención enfermiza.
—¿Va a despertarse? —pregunté sin apartar la vista de Valentino.
El médico asintió.
—Sí. —Preparó la aguja para inyectarle algo en el brazo—. Lo que le hayan administrado parece un sedante fuerte o algún derivado parecido. Necesito analizar la sangre para asegurarme de ello.
Luca apretó la mandíbula.
—¿Está en peligro?
—De momento, creo que no —respondió—. Pero quiero que lo vigiléis durante las próximas horas. Si empeora, si deja de responder o empieza con convulsiones, me llamáis enseguida.
El médico extrajo varios viables de sangre mientras el silencio volvía a llenar la habitación.
Miré a Valentino de nuevo.
—Voy a llevar esto al laboratorio —continuó guardando las muestras dentro de su maletín—. Y en cuanto tenga los resultados os llamo.
Luca apenas asintió, parecía agotado y al límite.
El médico terminó de recoger sus cosas justo cuando Dante recibió una llamada de teléfono. Lo vi apartarse unos pasos mientras escuchaba en silencio, y algo en su expresión cambió al instante.
Se tensó.
Mucho.
Colgó y, acto seguido, posó su mirada en nosotros.
—Ha llegado.
Luca alzó la vista y le dijo que sí con un movimiento de cabeza.
—¿Quién? —Quise saber sin entender a quién se referían.
—Matteo Costa.
Entonces entendí la magnitud de lo que nos rodeaba. Si los Costa se habían metido en esto era porque de verdad lo que venía era serio.
—Quiere ver el cuerpo de Ricardo —añadió Dante—. Y obviamente, hablar contigo.
Por supuesto que quería hablar.
Uno de sus hombres había aparecido muerto, o al menos eso me había explicado Andrei en el momento en el que me colé en la sala de cámaras cuando aguardábamos al médico.
Luca se puso en pie.
—Voy contigo —dije antes siquiera de pensarlo.
Sus ojos se clavaron en mí al instante.
—Eve…
—No pienso quedarme aquí esperando sin saber qué está pasando —sentencié, sin dejar opción a ningún reproche.
Vi como dudaba apenas un segundo, y después asintió. No porque estuviera convencido, sino porque sabía que la única forma de que me quedara tranquila era acompañándole.
Salimos de la habitación mientras Dante permanecía allí con Valentino. Bajamos las escaleras del palazzo envueltos en un silencio extraño y pesado. Le tomé la mano, porque cuanto más nos acercábamos al gran salón, más sentía la tensión enraizándose en mi pecho.
Matteo Costa ya estaba dentro cuando entramos.
Y joder… Entendí de inmediato por qué todos hablaban de él de aquella forma o con esa seriedad.
Era alto, elegante. Podía verlo en su mirada, era la misma que había visto decenas de veces en hombres que querían aparentar ser lo que Costa era. Alguien peligroso de verdad.
Vestía de negro, con un abrigo ajustado a la perfección y esa clase de presencia que no necesitaba alzar la voz para dominar la habitación entera. Tras él había varios hombres, inmóviles, aguardando órdenes.
Matteo alzó la mirada hacia Luca primero; y luego la fijó en mí. Hubo un cambio mínimo, casi imperceptible, pero suficiente como para que pudiera notarlo.
Sus ojos se clavaron de forma directa en mi rostro mientras el silencio se volvía todavía más denso.
—Interesante… —musitó despacio, sin apartar la vista de mí.