La obsesión del jefe 84
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Luca

Empujé la puerta de la habitación de Valentino con tanta fuerza que golpeó en la pared de atrás.

El silencio que encontré dentro fue incluso peor que cualquier disparo. Miré a Dante a mi espalda, alcé el arma y comencé a adentrarme en la oscuridad.

La cama estaba completamente deshecha, las sábanas arrancadas a medias y tiradas por el suelo como si hubiese habido un forcejeo.

Uno de los cajones del escritorio estaba abierto y volcado, con documentos esparcidos por toda la habitación, mientras el armario estaba abierto de par en par y revuelto de arriba abajo.

El estómago se me encogió. El corazón comenzó a latirme con tanta fuerza que dejé de escuchar el sonido de la alarma.

—Joder… —masculló Dante detrás de mí.

No respondí.

Avancé despacio, observándolo todo con atención mientras intentaba encontrar algo que tuviera sentido dentro de todo aquel caos.

Pero no lo había, solo desastre.

Era como si alguien hubiera entrado buscando algo concreto, o a alguien.

Mi respiración comenzó a volverse más pesada a cada paso que daba.

—Valentino —lo llamé, alzando la voz por encima del ruido.

Nada.

Dante empezó a revisar el escritorio mientras yo avanzaba hacia el interior de la habitación, apartando la ropa y papeles tirados del suelo hasta que algo llamó mi atención.

Una mano.

El mundo se congeló a mis pies durante un segundo.

—¡Joder!

Corrí hacia él.

Valentino estaba tirado junto al lateral de la cama, medio oculto entre el caos, inmóvil, con el rostro lleno de sangre seca y un corte feo atravesándole la sien.

Me arrodillé a su lado como más rápido pude.

—¡Valentino, joder!

Le agarré el rostro con fuerza mientras intentaba despertarlo, pero no reaccionó. Apreté la mandíbula, intentando contener las lágrimas que se agolpaban en mis ojos. Porque sí, a pesar de todo, ese hijo de puta era mi hermano y no estaba dispuesto a perderlo también.

No se movió.

Sentí como el pulso empezaba a golpearme con violencia en las sienes.

—Respira —dijo Dante, agachándose junto a nosotros mientras comprobaba su cuello—. Tiene pulso.

Eso no consiguió tranquilizarme una mierda.

Dante sacó el teléfono de inmediato mientras yo incorporaba poco a poco el cuerpo de Valentino, notando el peso muerto sobre mis brazos.

Tenía marcas en el cuello.

Moratones.

Como si hubieran intentado inmovilizarlo, o mejor dicho ahogarlo.

La rabia volvió a abrirse paso dentro de mí de manera instantánea.

—Vamos, fratello… —gruñí, dándole varias palmadas suaves en la cara—. Despierta.

Nada.

Dante empezó a hablar por teléfono apenas unos pasos detrás de nosotros, y puso el altavoz cuando escuchó como descolgaban al otro lado.

—Necesitamos que venga ahora mismo.

La voz del médico se escuchó desde donde estaba.

—¿Sabe qué hora es?

Cerré los ojos un segundo al escucharlo.

Error.

Le quité el teléfono a Dante de entre las manos.

—Sí, lo sé perfectamente —espeté al borde del colapso—. Son las cinco de la mañana y si no vienes ahora mismo, mandaré un par de mis hombres a tu casa para que seas tú quien no vea el reloj marcar las seis, ¿entendido?

Silencio.

Pasos.

—Voy para allá —respondió al final.

Colgué sin añadir nada más y tiré el teléfono sobre la cama.

Volví a colocarme junto a mi hermano, harto de toda la situación.

—Necesitamos despertarlo.

Le di varios golpes suaves en la mejilla mientras Dante le mojaba ligeramente con una toalla empapada de agua fresca.

Nada.

Ni siquiera un maldito gesto.

—¿Qué cojones te han hecho? —murmuré, sintiendo como la rabia me ardía en el pecho.

La puerta se abrió de golpe detrás de nosotros.

—¿Luca?

Eve.

Giré la cabeza hacia ella.

Llevaba puesta una de mis camisetas, quedando demasiado grande para su cuerpo, con el cabello revuelto y los ojos llenos de miedo después de escuchar los gritos.

Su mirada recorrió la habitación entera hasta detenerse en Valentino tirado en el suelo, y palideció. Pude ver el momento exacto en el que su corazón se rompía.

—Dios mío…

Se acercó hacia donde nos encontrábamos con una rapidez que no esperaba, arrodillándose a mi lado sin importarle la sangre ni el caos que nos rodeaba.

—¿Qué ha pasado? —Quiso saber, tan asustada como lo estaba yo.

—No lo sé.

Y eso era precisamente lo peor.

Porque empezaba a sentir que ya no entendíamos nada en absoluto de lo que estaba ocurriendo dentro de nuestro propio territorio.

Eve llevó la mano hasta el rostro de Valentino, intentando comprobar si reaccionaba mientras Dante permanecía rígido detrás de nosotros, pensando, como si probase a encajar piezas en su mente, y entonces alcé la vista hacia él.

Lo entendí.

Eran demasiadas cosas como para no ser una estrategia de desgaste, como para ser un ataque aislado.

Primero, Ricardo muerto.

Segundo, Giovanni desaparecido.

Y ahora Valentino inconsciente, todo había pasado la misma noche.

—Llama a Matteo.