La obsesión del jefe 83
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Luca

El cuerpo de Ricardo seguía tirado en el suelo húmero cuando llegué al perímetro norte. La lluvia fina que había empezado a caer durante la madrugada le empapaba la ropa mientras la sangre se mezclaba con el barro, formando un charco oscuro alrededor de su cabeza.

Tenía la garganta abierta.

Limpia.

Un solo corte.

Me agaché frente a él, sintiendo cómo algo dentro de mí se revolvía. No era rabia, o al menos no todavía, sino algo mucho peor: esa frialdad que aparecía justo antes de que perdiese el control por completo.

Ricardo no era solo uno de mis hombres, era uno de los entregados en el pacto con Matteo Costa, y eso significaba una cosa: problemas.

Problemas muy serios.

—Joder… —masculló Dante detrás de mí mientras observaba el cadáver.

No respondí, porque ambos sabíamos con exactitud lo que implicaba aquello.

Matteo iba a enterarse.

Toda la maldita región se enteraría.

Y cuando un hombre como Matteo Costa descubría que uno de los suyos había aparecido dentro del territorio de otro, las explicaciones importaban una mierda.

Solo importaba la sangre.

Me puse en pie poco a poco, mientras los hombres de alrededor continuaban revisando el perímetro, armados hasta los dientes.

Todo el equipo estaba en pie, dispuesto a encontrar a ese hijo de puta.

Porque sí, el ambiente olía a tensión, a miedo contenido y a pólvora húmeda.

Il Corvo, ese maldito pajarraco había vuelto a adentrarse en nuestro territorio como si nada.

—Llevad el cuerpo dentro —ordené sin apartar la vista de Ricardo—. Y que nadie toque una puta mierda hasta que Andrei lo revise todo.

Dos hombres asintieron enseguida.

Me giré hacia Dante.

—¿Qué cojones hacía aquí fuera solo?

Dante negó despacio, al mismo tiempo que se colocaba junto a mí.

—No iba solo.

Fruncí el ceño, sin comprender lo que acababa de decirme.

—Entonces, ¿dónde está el otro? —cuestioné.

El silencio fue suficiente respuesta.

Perfecto.

Todo iba de puta madre.

Entramos de nuevo en el palazzo mientras la alarma seguía resonando de fondo y sentía el cansancio aplastándome hasta los huesos.

Andrei estaba en su sitio frente a las cámaras del sistema, revisando imágenes a toda velocidad mientras Alexei hablaba por teléfono en ruso desde el otro extremo de la sala.

Me acerqué directamente a las pantallas.

—Ponme la cámara norte.

Las imágenes comenzaron a avanzar delante de nosotros.

La lluvia, la oscuridad, un movimiento borroso entre los árboles. Se veía a Ricardo caminar con la linterna, de un lado a otro, y luego, todo cambiaba.

—Han manipulado otra vez las cámaras —gruñó Andrei, tecleando con rapidez—. Hay interferencias durante siete minutos.

Siete minutos.

El tiempo suficiente para entrar, matar y desaparecer.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí hasta dolor de cabeza.

—Ese hijo de puta nos está vacilando —comenté.

Me pasé una mano por el rostro, agotado, cansado y al mismo tiempo al borde del colapso sin ser capaz de pensar con claridad.

—Luca… —empezó a decir Dante.

Lo miré y supe al instante que algo iba mal.

Mucho peor.

—¿Qué cojones ha pasado ahora?

Vaciló apenas un segundo.

—Se han llevado a Giovanni —anunció.

Cerré los ojos, cogí una bocanada de aire y suspiré. Negué con la cabeza, me apreté el entrecejo intentando pensar.

—¿Cómo que se lo han llevado?

—Los hombres del sótano están muertos —respondió con la voz tensa—. Cuando bajaron los de relevo, ya no estaba.

Sentí cómo todo comenzaba a darme vueltas.

—No puede haber salido del palazzo sin que nadie lo vea. —Negué con la cabeza—. Es que me niego a creer que haya salido él solo después de la paliza.

—Tiene un localizador —anunció Andrei—. Lo colocamos hace dos días por si algo así ocurría.

Eso consiguió que recuperara una mínima parte del control.

Me acerqué de golpe hasta él.

—Encuéntralo.

Andrei asintió de inmediato y empezó a trabajar todavía más rápido mientras múltiples mapas aparecían sobre la pantalla.

Me giré de nuevo hacia Dante y entonces recordé algo, algo que llevaba horas dándome vueltas en la cabeza.

—Has vuelto a hablar con Matteo —anuncié—, a mis espaldas, poniendo en riesgo nuestro pacto.

Dante soltó el aire despacio.

—¿Qué cojones esperabas que hiciera? —replicó sin paciencia—. Han matado a uno de sus hombres dentro de nuestro territorio.

Di un paso hacia él.

—Te dije que no movieras ficha sin mí —le eché en cara.

—¿Qué demonios querías que hiciera? —cuestionó—. Estabas inconsciente, después de que te hubieran dado una paliza y te hubieran pegado un disparo.

Negué.

—A ver ahora cómo cojones le contamos que su primo ha muerto —sentencié.

La cabeza me iba a estallar de todo lo que estaba ocurriendo mientras todo saltaba por los aires demasiado rápido.

La muerte de Ricardo.

Giovanni desaparecido.

Il Corvo entrando y saliendo cuando quería.

Y entonces, algo vino a mi mente: mi hermano.

Cogí la radio y lo llamé:

—Valentino.

Silencio.

Dante me miró extrañado mientras alzaba una ceja.

—Valentino, responde.

Nada.

El pecho se me encogió, me giré hacia Andrei, luego hacia Dante, y él también lo entendió.

—Joder… —masculló.

Volví a intentarlo.

—¡Valentino! —Alcé la voz.

Solo estática.

Me iba a volver loco entre una cosa y otra.

Salí corriendo de la sala, atravesando los pasillos del palazzo a toda velocidad mientras sentía a Dante pisándome los talones. El corazón me golpeaba con una fuerza brutal dentro del pecho, porque no, no podía permitirme perderlo otra vez.

No él.

Subí directamente hacia el ala donde se alojaba Valentino. El silencio era extraño, demasiado. Reduje el paso apenas unos metros antes de llegar y entonces la vi, su puerta estaba abierta.