La obsesión del jefe 82
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Luca

Eran las cuatro de la madrugada y seguía sin poder dormir.

Lo habían hecho a la fuerza. Dante, Alexei, Andrei y Valentino tuvieron que arrancarme literalmente de encima de Giovanni antes de que terminara matándolo allí mismo con las manos desnudas.

Aún podía sentir el sabor metálico de su sangre en mi boca, el crujido de sus huesos bajo mis puños y esa voz enfermiza amenazando a Eve como si todavía tuviera derecho siquiera a pronunciar su nombre.

Me había duchado dos veces.

Dos.

Y, aun así, seguía sintiendo la sangre de mi propio padre pegada a la piel.

El agua caliente había resbalado por mi cuerpo durante casi media hora mientras apoyaba las manos contra la pared de mármol, intentando recuperar algo parecido al control, pero era inútil. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver a Giovanni sonriendo después de amenazarla.

Abrí la puerta del baño con lentitud. Eve dormía sobre la cama, ajena al caos que seguía creciendo bajo ese techo. La tenue luz de la madrugada apenas iluminaba su rostro, sin embargo, me bastó para notar cómo algo dentro de mí se calmaba apenas un poco.

Solo un poco.

Me acerqué despacio hasta sentarme en el borde del sillón que había junto al ventanal, sin apartar la mirada de ella ni un solo segundo. Tenía el cabello extendido sobre la almohada, los labios entreabiertos y esa expresión tranquila que pocas veces conseguía mantener cuando estaba despierta.

Joder…

Parecía imposible que alguien tan pequeña hubiera terminado convirtiéndose en lo único capaz de sostenerme todavía cuerdo.

Tomé el cuaderno que descansaba sobre la mesa auxiliar y lo abrí con cuidado. Hacía años que no dibujaba con calma, probablemente desde que mi madre murió, pero con Eve era distinto. Todo en ella me empujaba a inmortalizarla de alguna manera, como si mi cabeza necesitara asegurarse de que era real.

Deslicé el lápiz sobre el papel con lentitud, trazando primero el contorno de su rostro, después la curva de su delicada nariz, la suavidad de sus labios. La observaba unos segundos y volvía al dibujo, perdido en ella por completo mientras el silencio nos envolvía.

Había dibujado a muchas mujeres antes, paisajes, rostros vacíos, cuerpos perfectos… Pero jamás había dibujado a alguien como la dibujaba a ella.

Porque Eve no era belleza.

Era mi puta obsesión.

Cada línea que hacía sobre el papel solo conseguía recordarme todavía más hasta qué punto me pertenecía ya todo lo que quedaba dentro del pecho.

El sonido de la alarma rompió el silencio de golpe.

Todo mi cuerpo se tensó al instante.

Eve abrió los ojos sobresaltada mientras yo ya me había puesto en pie antes siquiera de pensar. El sonido comenzó a retumbar por todo el palazzo igual que una maldita sentencia, haciendo que toda la calma de los últimos minutos desapareciera.

—Luca… —murmuró todavía medio dormida.

Me acerqué hasta ella y sujeté su rostro entre mis manos.

—Quédate aquí —ordené con firmeza—. No abras a nadie.

Vi cómo el miedo cruzaba sus ojos apenas un instante.

—¿Qué ocurre?

—Aún no lo sé —respondí, agarrando la pistola que tenía sobre la cómoda—. Pero no dejes que nadie que no seamos Dante, Valentino o yo entre, ¿entendido?

Esta asintió despacio.

Deposité un beso rápido sobre su frente antes de salir de la habitación dando un golpe. Los pasillos ya comenzaban a llenarse de movimiento, hombres armados cruzando de un lado a otro mientras las luces del palazzo terminaban a encenderse por completo.

Me dirigí directamente hacia la habitación de Dante.

La puerta se abrió antes de que pudiera golpearla siquiera.

Y entonces la vi.

Alessia estaba dentro, envuelta apenas en una de las camisetas negras de Dante, con el cabello revuelto y la respiración entrecortada. Sus ojos se clavaron en mí durante un segundo demasiado incómodo antes de que Dante apareciera detrás de ella terminándose de colocar los pantalones.

—No puedes explicarme esto ahora mismo, ¿verdad? —mascullé con una sonrisa amarga.

—Ni de coña —gruñó él, agarrando una pistola de la mesa.

Su expresión cambió un segundo después. La tensión volvió a instaurarse en su rostro mientras se acercaba a mí.

—Han encontrado un cuerpo cerca del perímetro norte.

Sentí como algo se tensaba dentro de mí.

—¿Quién?

Dante sostuvo mi mirada apenas un instante.

—Ricardo.

El nombre cayó como una losa sobre mí.

Fruncí el ceño automáticamente, intentando encajar la información mientras mi cabeza comenzaba a funcionar demasiado rápido.

Ricardo, uno de los hombres de Matteo Costa.

Quien lo hubiera matado sabía lo que estaba haciendo, porque aquello no era una muerte al azar, sino un inicio de algo mucho peor.