81
Luca
Había pasado una hora desde que subí, dejando a Giovanni solo, una en la que había intentado calmarme, sacarme todo ese dolor que seguía latiendo en mi pecho.
No podía dejar de pensar en mi hermana, en la forma en la que le había gritado a nuestro padre, desgañitándose. Podía notar aún su pena pegada a las paredes del sótano, a mí. Esa decepción que no se iría en años.
Bajé los escalones acompañado de Valentino, mientras el eco de nuestros pasos resonaba como una banda sonora, una que predecía un final abrupto.
Giovanni continuaba atado a la silla metálica en mitad de la habitación, aunque ya no permanecía medio sedado. Esta vez tenía la cabeza alzada, los ojos abiertos y esa expresión arrogante que siempre había llevado adherida a la piel como si creyera que aún controlaba absolutamente todo.
Lo primero que hizo al vernos fue fijarse en Valentino.
Ahí estaba otra vez, esa mirada enfermiza. No era de sorpresa, pero tampoco miedo, sino algo mucho peor. Devoción. Orgullo. Como si incluso después de toda esa mierda que había salido a la luz continuase viendo en él algo suyo.
Apreté la mandíbula mientras me acercaba con calma hasta la mesa de metal donde descansaban varias herramientas. Lo habían dejado todo preparado antes de bajar, porque aquello no iba a ser una conversación tranquila, y mucho menos pacífica.
Saqué una cajetilla de cigarros del bolsillo interior de la americana y extraje uno para tendérselo a Valentino. Él lo sostuvo entre los dedos, sin apartar la vista de Giovnani, y fui yo quien terminó encendiéndoselo. El humo comenzó a elevarse entre ambos mientras el silencio se espesaba.
—Hemos estado teniendo visitas inesperadas —murmuré con clama, apoyándome en la mesa.
Valentino dio una larga calada antes de responder.
—Il Corvo.
El nombre cayó sobre la habitación como una sentencia.
Vi cómo algo se tensaba en el rostro de nuestro padre, fue apenas un movimiento en la mandíbula, pero suficiente como para saber que habíamos acertado. Sonreí despacio, sintiendo cómo la rabia comenzaba a hervirme en las venas.
—Así que sí existe…
Giovanni soltó una carcajada ronca, completamente rota por los golpes anteriores, y aquello consiguió que las ganas de arrancarle la piel a tiras aumentaran todavía más.
Me acerqué despacio hasta quedar frente a él, observándolo desde arriba mientras él me sostenía la mirada con ese orgullo podrido que jamás había desaparecido del todo.
Le quité la cinta, provocando que apretase sus ojos del dolor, y tomé unas tenazas metálicas. Las hice girar entre mis dedos, dejando que el sonido del hierro chocando resonase por toda la estancia.
—¿Sabes qué es lo más fascinante de ti? —cuestioné, inclinándome hacia él—. Que incluso ahora sigues creyéndote el hombre más listo de la habitación.
No respondió.
La violencia se rebate con inteligencia. Esa maldita frase me había perseguido toda mi vida, y a pesar de que no dejaba de repetirse en mi mente como un mantra, no permitiría que me frenase.
Le agarré la mano izquierda de golpe, y estampé sus dados contra la mesa metálica antes de aprisionar la uña del índice entre las tenazas.
—Dime quién es Il Corvo.
Silencio.
Tiré sin avisar.
El sonido húmedo de la uña desprendiéndose de la carne se mezcló con el gruñido ahogado que se escapó por su garganta mientras intentaba amortiguarlo. La sangre comenzó a deslizarse por sus dedos, goteando sobre el suelo de cemento mientras su respiración se volvía mucho más pesada.
Y, aun así… sonrió.
Aquello me enfermó.
—De nuevo —bisbiseé casi ido.
Sujeté otro dedo mientras Valentino permanecía inmóvil a mi lado, observando la escena con esa calma peligrosa que solo él tenía. El humo del cigarro seguía escapando entre sus labios, mientras Giovanni apenas se movía frente a ambos.
—¿Quién cojones es? —volví a preguntar, remarcando cada una de las palabras.
Giovanni escupió sangre directamente al suelo antes de alzar la vista hacia mí.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer? —gruñó con desprecio.
—Sabes que puedo ser mucho peor, papà —siseé.
Le estampé un puño contra la cara con tanta fuerza que las patas de la silla chirriaron con violencia contra el suelo. Su cabeza se giró de golpe y escuché el crujido seco de algo rompiéndose. Volví a golpearlo antes siquiera de que pudiera recomponerse, sintiendo cómo mi propia piel se rasgaba.
—¡Habla! —rugí, agarrándolo del cuello de la camisa.
No lo hizo.
Sonreí ladino. Y entonces, saqué mi navaja de mariposa del bolsillo interior de mi americana, la misma que él me había regalado años atrás.
La dejé sobre la mesa, al mismo tiempo que me deshacía de la chaqueta y la dejaba bien doblada sobre la silla que quedaba en la esquina de la sala.
Me arremangué con cuidado, subiendo la camisa hasta la altura de los codos.
Mi padre.
Estaba a punto de rajarle la maldita cara al hombre que me había dado la vida, y no lo haría por mí. No.
Lo haría por mi madre.
La mujer que le amó sobre todas las cosas, y a la que engañó como si no mereciese nada en el mundo cuando debería haberle entregado su propio corazón cuando solo le ofreció traición.
Llevé el filo de la hoja contra su piel, paseándola poco a poco, hasta que la llevé a su mejilla derecha, la misma en la que mi madre depositaba un beso de noche cada vez que se iba a dormir.
El corazón se me encogió al recordarla, pero volvió a latir con más fuerza por la rabia que me invadió.
Rasgué su piel, al mismo tiempo que sentía cómo apretaba la mandíbula con fuerza, intentando soportar el dolor que le atravesaba. Lo que no sabía era que pensaba encargarme personalmente de que sufriese como el hijo de puta que era.
—Nunca supiste cuándo parar —murmuró mi hermano en voz baja a mi espalda.
Giovanni lo observó con fijeza.
—Nos arruinaste la vida a todos… —añadió—. ¿Alguna vez le contaste a Luca dónde acabo mi madre? —cuestionó con todo el pesar del mundo—. ¡En una puta zanja! —bramó.
Acto seguido, hundió la hoja de un cuchillo en su hombro.
No apartó la mirada de él ni un solo segundo mientras la sangre se abría bajo el filo y la comenzaba a empapar la camiseta gris que vestía. El sonido húmedo del cuchillo atravesándolo consiguió revolverme el estómago incluso a mí, pero Giovanni aguantó. El muy hijo de puta seguía aguantándose.
Valentino giró lentamente la hoja dentro de la herida, arrancándole un gruñido mucho más grave que el anterior.
—¿Quién es Il Corvo? —preguntó, esta vez con una frialdad absoluta.
Giovanni levantó apenas la cabeza y soltó una carcajada rota.
Aquello fue peor que cualquier respuesta.
Me acerqué hasta quedar casi pegado a él, respirando el mismo aire cargado de olor a sangre mientras sentía como algo completamente salvaje terminaba de consumir la poca cordura que quedaba dentro de mí.
—Te estoy dando la oportunidad de terminar esto rápido.
Sus ojos brillaron con una oscuridad que supe identificar. Estaba enfermo.
—Voy a salir de aquí antes de lo que crees… —aseguró con rabia.
Valentino apretó con más fuerza en su herida.
—Ah, ¿sí?
Sonrió, mostrándome los dientes llenos de sangre.
—Y cuando lo haga… encontraré a Eve —juró—. Pienso encontrar a esa puta.
El mundo se congeló bajo mis pies.
Noté cómo el corazón comenzaba a latirme con tanta fuerza que dejé de escuchar a Valentino llamarme.
—La abriré en canal —continuó en un susurro cargado de lascivia—. La desangraré igual que a un cerdo.
No recuerdo moverme.
Solo el sonido de la silla cayendo al suelo cuando me abalancé sobre él, fuera de mí. Mis puños impactaron contra su rostro una y otra vez mientras la sangre me salpicaba la cara y los brazos, y Valentino intentaba apartarme sin éxito.
—¡Luca! —Oí de lejos.
Pero yo ya no podía ver nada.
Solo a él
A Eve.
Su cuerpo abierto y cubierto de sangre.
Le agarré del cuello con ambas manos y acerqué mi rostro al suyo, respirando de forma entrecortada mientras sentía como algo animal terminaba de abrirse paso en mí.
—Te arrancaré el corazón —gruñí, ido—. Y me lo comeré crudo delante de ti antes de que puedas siquiera acercarte a ella.