80
Luca
Cuando salí de los calabozos noté cómo algo en mí no era igual que cuando entré, no solo por haberme enfrentado a mi padre, sino por haber visto a mi hermana de aquella manera, gritándole tan visceral, con ese dolor en los ojos.
Me pasé una mano por el rostro, intentando ordenar el caos que me hervía aún por dentro, a pesar de que sabía que era imposible. Había cosas que no podían recolocarse una vez se rompían, y mi familia llevaba rota demasiado tiempo.
Dante permanecía apoyado contra la pared frente a la puerta, fumando en silencio, con esa expresión suya completamente vacía que siempre aparecía cuando estaba a punto de decir algo que no iba a gustarme.
Alzó la mirada hacia mí nada más verme salir.
—Deberías matarlo ya.
No hubo duda en su voz, ni siquiera una simple vacilación, solo una sentencia fría.
Me detuve frente a él, sosteniéndole la mirada mientras me aflojaba poco a poco el cuello de la camisa. Sentía la seda pegada a la piel, caliente, incómoda, como si incluso aquella prenda estuviera impregnada de toda la mierda que rodeaba a Giovanni.
—¿Y darle una muerte rápida? —cuestioné con una mueca llena de amargura—. No merece algo tan simple.
Dante expulsó el humo despacio.
—No merece tu compasión tampoco.
Solté una risa baja, completamente vacía.
Compasión.
Si supiera lo poco de eso que quedaba dentro de mí. En realidad, pensándolo bien, jamás la había tenido.
Negué sin ganas con la cabeza antes de acercarme un poco más a él.
—No existe compasión alguna, Dante —murmuré—. Solo sufrimiento.
Y lo decía en serio.
Porque por primera vez en toda mi vida no quería matarlo rápido. No deseaba pegarle un disparo limpio, ni darle una ejecución digna. Quería que entendiera exactamente lo que había destruido, arrancarle el control poco a poco, igual que él nos lo había arrancado a nosotros durante años.
El silencio se volvió denso entre ambos hasta que unos pasos rompieron con todo.
—Necesito una copa —comenté al mismo tiempo que me encaminaba hacia el pasillo.
Dante asintió sin demasiadas ganas, y cuando creí que me seguiría, vi como por el rabillo del ojo, aparecía Alessia para hablar con él de algo que no pude escuchar.
Tenía la mente en mil lugares y en ninguno en concreto. Deseaba meterme en la cama, descansar junto a Eve, perderme en ella, que me hiciese olvidar todo en lo que estábamos metidos.
Debería estar acostumbrado a esa mierda, porque mi vida siempre había sido igual de oscura, salpicada de sangre y teñida de un dolor que nunca desaparecía.
Pero esta vez era muy diferente. Nunca se trataba de mí, sino de las familias a las que protegíamos, a las que extorsionábamos, incluso con los que acabábamos sin miramientos con tal de cobrarnos una deuda.
Entré en el gran salón, donde la chimenea chisporroteaba con fuerza. Miré el reloj que guardaba en el bolsillo de mi americana y vi que eran pasadas las once y media de la noche. Supuse que por eso mismo no me había cruzado a nadie en el pasillo.
Me llevé la mano al entrecejo, masajeándolo, sintiendo como un incipiente dolor de cabeza comenzaba a tomarlo todo.
—¿Cómo lo llevas? —Oí como me preguntaba Andrei a mi espalda.
Giré, encontrándome con el pequeño de los Romanov junto a la mesa del salón.
—¿Bebes?
Asintió en un ligero movimiento, mientras dejaba sobre la mesa la tableta con la que siempre iba en las manos. Era un obsesionado de su trabajo, sobre todo cuando tenía un propósito, y es que al mismo tiempo que nos ayudaba a dar con mi padre y a proteger a Eve, él continuaba con algo mucho mayor.
Durante el rescate de Marlene, y con la ayuda del padre de ella, consiguió dar con un listado de hombres de poder, empresarios, magnates, políticos y de todo tipo de calaña involucrados como lo estaba mi padre con La Mort.
Yo no era un santo, ni siquiera sus hermanos lo eran.
Nos movíamos en un mundo donde la oscuridad se lo llevaba todo.
El contrabando, la protección y las extorsiones estaban a la orden del día, pero si había algo que me negaba a hacer era mercadear con vidas, igual que lo habían hecho con Eve, Marlene e incluso Elisa.
—¿Cómo lo llevas? —le pregunté.
—Me encantaría poder decirte que de puta madre —respondió con pesar—. Pero lo cierto es que no.
Dejé el vaso con whisky sobre la mesa, empujándolo ligeramente para que se deslizase hasta donde se encontraba Andrei, que no era mucho más lejos de lo que estaba yo.
Con un movimiento de cabeza le insté a que continuase hablando, y a pesar de que era un hombre de pocas palabras, lo hizo.
—Cuando saltó a la luz todo —continuó—, conseguimos colarnos en las noticias de todo el mundo, obviamente hackeando los programas y emitiendo en remoto, ya que intentar que este escándalo saliese a la luz era casi imposible.
—¿Por qué? —Quise saber.
—Hay demasiados peces gordos involucrados —resumió, tomando con cuidado el vaso y llevándosela a la boca.
Saqué un cigarro, el enésimo del día, porque desde que saqué a Eve de casa de La Mort, no había hecho más que fumar. Era eso o dejar que la rabia me consumiese por completo y acabase perdiendo los nervios.
—Solo un suicida se atrevería a emitir el contenido de esa lista.
En cierto modo la respuesta era más que obvia, nadie pondría en juego su vida y su carrera para destapar algo tan grande como lo que tenía Andrei entre manos.
Porque no solo había conseguido esa información, el hijo de puta era capaz de encontrar una aguja en un pajar sin siquiera despeinarse ese tupé rubio que siempre llevaba, ahora despeinado.
Era un maldito genio, y por suerte lo teníamos de nuestra parte.
A pesar de que sabía que no dudaría en entregarnos si algo traspasaba sus líneas rojas.
—¿Pudiste revisar los documentos que te entregué? —preguntó con interés.
Cuando accedí a ayudarlo a sacar a Marlene de las garras de La Mort, infiltrándome para así conseguir acercarnos a ella, me ofreció información.
Durante semanas la tuve escondida en un cajón del despacho, sin ser capaz de leer lo que se escondía entre sus páginas.
No porque quisiera mirar hacia otro lado, sino porque lo que había en ellas iba a hacer que mi vida estallase en mil pedazos.
Evidentemente, acabé mirando.
Un nombre relucía en la portada de la carpeta con letra manuscrita: Giovanni Moretti.
Al principio pensé que todo lo ocurrido con mi hermana no había sido más que una trampa, que le habían obligado a entregarla, que le habían amenazado… Durante mucho tiempo me mentí, creyendo que mi padre jamás sería capaz de algo así.
Cuánto me equivocaba.
Él había sido el artífice de todo, vendiendo a mi hermana con tal de salvarse el culo. Porque al final, sí leí la documentación. Mi padre había estado envuelto en la mayor masacre de toda Sierra Leona.
Casualmente, una milicia de rebeldes atacó Kondara, que apenas aparecía en los mapas. Era una aldea perdida en el norte de Koidu, rodeada de selva húmeda y caminos de barro, uno de esos lugares donde los diamantes valían más que las personas.
Él ordenó violar a decenas de mujeres y niñas, arrancarlas de sus hogares para cargarlas en camiones, mientras los hombres eran asesinados a sangre fría para limpiar una zona de alto paso para traficantes.
Los Moretti no comerciábamos con vidas, al menos eso era lo que siempre había dicho él, y ahora había descubierto que en realidad lo único que quería era seguir haciéndolo él bajo la impunidad de un gobierno al que podía pagar con cuatro cristales.
Apagué el cigarrillo en el cenicero, aplastándolo igual que quería hacerlo con mi padre. No se merecía continuar con vida, no cuando él había jugado con la de tanta gente.
—Por tu expresión entiendo que sí —musitó.
Asentí poco a poco.
—Continuemos con lo de la lista —respondí, aclarándome la garganta.
—No hay nada más —aseguró—. No podemos demostrar la implicación directa de muchos de ellos —explicó—. Hay pagos, conexiones, nombres… pero no pruebas suficientes como para vincular a decenas de hombres de manera oficial.
—No hay pruebas o los jueces no quieren verlas.
—Eso es —suspiró Andrei—. Necesitamos alguien dentro del poder judicial que tenga cojones suficientes como para enfrentarse a toda esta calaña.
Me acabé de un solo sorbo el líquido ambarino que aún quedaba en mi vaso y lo dejé en la mesa con un golpe seco.
—Y si la justicia no hace su trabajo… habrá que cazarlos.