La obsesión del jefe 79
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Luca

Lo observé en silencio durante varios segundos más, dejando que el peso de todo lo que había descubierto terminara de asentarse entre nosotros como una sentencia imposible de ignorar.

Tenía los ojos clavados en los míos como si aún creyera conservar algún tipo de autoridad sobre mí, o sobre nuestra familia, pero ya no quedaba nada de eso.

Solo era un hombre acabado.

Uno que había confundido poder con impunidad durante demasiado tiempo.

Me recosté lentamente sobre el respaldo de la silla, sosteniéndole la mirada mientras una sonrisa amarga tiraba de la comisura de mis labios.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —pregunté en voz baja—. Que crecí admirándote.

Vi cómo algo se tensaba en su expresión.

Solté una risa seca.

—Sí, joder… —murmuré—. Lo hice. Quería ser como tú —añadí, sintiendo como la rabia comenzaba a subir por mi garganta—.

Pensaba que todo esto tenía un propósito, que todo lo que nos enseñabas era para convertirnos en hombres fuertes —continué—.

Te amaba con mi todo mi corazón, papá, a pesar de las putas palizas.

Me incliné un poco más hacia adelante.

—Pero no creaste hombres fuertes, sino monstruos.

Soltó algo que lo logré entender, pero lo ignoré.

—Tráfico de diamantes —enumeré despacio—. Mujeres. Trata. Fiestas privadas mientras mamá moría creyendo que aún quedaba humano dentro de ti.

Noté cómo el corazón se me aceleraba, mientras la sangre me hervía en las venas.

—¿Y Valentino? —cuestioné—. ¿Qué cojones fue eso? ¿Otro de tus juegos? ¿Otro bastardo escondido mientras destruías todo lo que tocabas?

Sus ojos se endurecieron, y eso me hizo sonreír todavía más, porque había acertado.

Me puse en pie, comenzando a caminar alrededor de él como un depredador que disfruta antes de atacar.

—Nos enseñaste todo sobre la lealtad, la familia y el honor. —Negué con la cabeza—. Nos llenaste la cabeza con códigos y respeto mientras tú hacías exactamente lo contrario a nuestras espaldas.

Mi voz empezó a endurecerse.

—Vendiste a tu propia hija —mascullé entre dientes, sintiendo como hasta la saliva se me escapaba.

El silencio se volvió brutal.

Denso y asfixiante.

Giovanni forcejeó contra las correas al escuchar aquello, como si quisiera hablar de una vez.

—¿Sabes lo que es más enfermizo? —le cuestioné—. Que ni siquiera lo hiciste por necesidad. Lo hiciste porque podías, porque te creías el puto dios capaz de decidir quién vivía, quién moría y quién merecía ser sacrificado.

Negué con la cabeza, al mismo tiempo que cerraba las manos en puños.

—¡Hasta a tu puta hija, joder! —bramé ido—. La entregaste a esa escoria de La Mort, ¡podría haber muerto en vida, cabrón!

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí incluso el crujir de mis muelas.

—Tienes que pagar por todo el mal que has hecho. —Me detuve frente a él—. Aunque ni en mil vidas sería suficiente.

Giovanni soltó un gruñido furioso detrás de la cinta y se movió con violencia, y entonces perdí el control.

Lo hice al imaginarlo con Eve, al pensar en cómo la habría sobado cada noche que tuvo oportunidad cuando su mujer permanecía en una cama de hospital.

—¡¿Por qué, eh?! —rugí, sintiendo cómo toda la rabia me explotaba dentro del pecho—. ¡¿Qué coño te faltaba?! ¡Lo tenías todo!

Forcejeó conmigo de manera brutal, moviendo la cabeza hasta conseguir arrancarse parcialmente la cinta de la boca.

Y entonces habló.

—Porque tú nunca lo habrías entendido.

Su voz sonó rota.

Ronca.

Pero seguía teniendo esa maldita soberbia que me daban ganas de arrancarle la garganta.

—Siempre fuiste mi favorito.

El mundo pareció detenerse un segundo. Lo miré permaneciendo quieto, sintiendo cómo algo oscuro me atravesaba por dentro.

Favorito.

Como si aquello justificara algo. Como si los golpes, el control o toda la violencia hubieran sido una forma de amor.

—Estás enfermo —murmuré al mismo tiempo que lo agarraba de la garganta.

La puerta se abrió de golpe antes de que pudiera seguir hablando.

—¡Basta!

Elisa.

Entró respirando de forma agitada, con los ojos inundados en lágrimas mientras nos observaba desde el umbral.

Giovanni giró la cabeza hacia ella al instante.

Y por primera vez vi algo parecido a la humanidad cruzar de manera fugaz su mirada.

—No la mires. —La voz me salió fría. Mortal.

Pero Elisa ya había avanzado.

—¿Cómo pudiste? —preguntó directamente a nuestro padre con la voz quebrada—. ¿Cómo coño pudiste hacernos esto?

Giovanni abrió la boca para hablar, pero ella no le dejó.

—¡Mamá murió queriéndote! —gritó, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a caerle sin control—. ¡Murió creyendo que aún eras un hombre decente mientras tú vendías mujeres como si fueran mercancía!

El silencio de nuestro padre fue aún peor que cualquier respuesta. Elisa negó varias veces con la cabeza, rota.

—¿Y yo? —sollozó—. ¿Cuánto te pagó La Mort por mí? —cuestionó al borde del colapso.

Noté cómo me hervía la sangre al verla así. Porque el hombre que teníamos frente a nosotros no solo había destruido nuestra familia, sino a la única persona buena que quedaba dentro de ella.

—Mírate… —susurró Elisa con una mezcla de rabia y dolor que me aplastó el pecho—. Das asco.

Giovanni intentó decir algo más, pero antes de que pudiera hacerlo, Elisa volvió a colocarle la cinta para que no pudiera hacerlo.

Lloraba y temblaba, estaba destruida.

Salió de la habitación antes de derrumbarse allí dentro, y yo fui detrás de ella, encontrándomela apenas unos pasos más allá, cubierta entre lágrimas, intentando respirar mientras todo su ser se tambaleaba.

—Carusa… —susurré, atrapándola entre mis brazos.

Se rompió al instante.

La sujeté fuerte contra mi pecho, acariciándole el cabello mientras notaba cómo se aferraba a mí igual que cuando era pequeña y tenía miedo de las tormentas.

—Ya está… —susurré, cerrando los ojos con fuerza—. Ya pasó…

Pero era mentira, porque aquello no iba a pasar jamás. Ese maldito recuerdo permanecería en lo más profundo de su memoria para siempre.

Escuché pasos acercándose poco después.

Alexei.

Mi cuñado llegó rápido hasta nosotros, y en cuanto Elisa lo vio, se lanzó a sus brazos para que él la sostuviera con esa firmeza que solo él podía proporcionarle mientras le murmuraba algo en ruso.

Me aparté despacio, observándolos un instante antes de volver la vista hacia la puerta de los calabozos.

Regresé dentro, sin decir una palabra, dispuesto a sentenciar al hombre que me había criado. Me acerqué con tranquilidad hasta quedar frente a él otra vez.

—¿Sabes qué eres en realidad? —pregunté en voz baja.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Un pobre diablo —sentencié—. Un desgraciado —añadí—.

Lo tenías absolutamente todo —continué—.

Poder. Dinero. Una mujer que te amaba. Hijos que habrían muerto por ti.

—Me coloqué frente a él—. Y, aun así, decidiste destruir lo único que aún te hacía humano —dije con todo el rencor del mundo—. Tu familia.