78
Luca
Valentino permaneció en el salón junto a Dante y los Romanov, mientras yo terminaba el cigarro en el exterior.
Nadie dijo nada cuando me alejé, no hacía falta.
Todos sabían a dónde iba.
Observé la oscuridad que rodeaba el palazzo, el mismo lugar donde había crecido creyendo que algún día heredaría un imperio construido para mí, cuando en realidad solo había sido una jaula mucho más elegante que los demás.
Bajé la vista al cigarro consumiéndose entre mis dedos.
Mi padre siempre decía que un hombre debía vestir bien incluso para matar.
Que la elegancia imponía más que cualquier arma.
Que un Moretti jamás debía parecer desesperado, aunque estuviera hundiéndose en el infierno.
Por eso me había puesto un traje negro impecable.
A medida.
Italiano, como todo lo bueno.
Perfecto.
Pero el traje no era lo importante, era la camisa. Deslicé la mano por la seda roja oscura que cubría mi pecho, notando el tacto suave bajo los dedos mientras una sonrisa amarga tiraba de mi boca. Seda china. Una de las rutas que él mismo protegía para el contrabando de diamantes.
Esa ruta que precisamente no usaba la seda como mercancía, sino joyas y mujeres.
Esa era una de las tantas mierdas con las que había levantado su reino podrido.
Me la había guardado para una ocasión especial.
Y por fin había llegado el momento de usarla.
Di una última calada antes de dejar caer el cigarro al suelo y aplastarlo con la punta del zapato. Después entré de nuevo en el palazzo, recorriendo los pasillos con calma, sintiendo cómo el silencio se volvía más pesado a cada paso que daba.
Dos hombres vigilaban la puerta del sótano.
Se apartaron nada más verme.
Abrí la puerta sin detenerme.
El olor a humedad y sangre vieja me golpeó de inmediato.
Recordé el día en el que casi maté a Valentino a golpes, cómo su sangre estucaba las paredes del calabozo en el que estaba metido.
Bajé los escalones despacio, escuchando solo el eco de mis propios pasos mientras la oscuridad me tragaba poco a poco.
Y entonces lo vi.
Giovanni permanecía atado a una silla metálica en mitad de la habitación, inmóvil, todavía a medio sedar, con la cabeza ligeramente ladeada y la boca cubierta por una cinta negra.
Una parte de mí quiso sentir pena. Mi padre. El hombre que me había criado y moldeado a su gusto y semejanza, el que me había enseñado todo lo que sabía, pero que también me había inculcado unos valores que ahora veía traicionados.
Parecía viejo.
Mucho más de lo que recordaba.
Me acerqué lentamente hasta quedar frente al interruptor de la pared. Durante unos segundos me limité a observarlo en silencio, disfrutando de aquel instante mucho más de lo que debería.
Después encendí todas las luces de golpe.
El fluorescente se encendió sobre él con violencia, arrancándolo del estado en el que estaba atrapado. Giovanni se removió al instante, gruñendo algo ininteligible detrás de la cinta mientras entrecerraba los ojos, desorientado.
No me moví.
Me quedé ahí, observándolo despertar igual que un depredador contempla a un animal herid antes de decidir si arrancarle la garganta o dejarlo sufrir un poco más.
Sus ojos terminaron encontrándose con los míos.
Y joder…
Ahí estaba otra vez.
Ese odio.
Ese orgullo enfermo.
Esa sensación de superioridad que jamás había desaparecido del todo.
Solté una risa baja mientras aflojaba los gemelos de la camisa.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto? —murmuré, acercándome despacio—. Que pasaste toda la puta vida intentando convertirme en un monstruo.
Me detuve justo frente a él.
—Y lo conseguiste.
Vi cómo algo se removía en su mirada al escucharme.
Incliné la cabeza un poco, estudiándolo.
—La diferencia —continué en voz baja— es que ahora vas a conocer a ese monstruo teniéndolo en tu contra.
Giovanni tensó la mandíbula bajo la cinta, intentando incorporarse pese a las correas que le sujetaban.
Sonreí.
Una sonrisa fría.
Vacía.
Peligrosa.
Después me desabroché lentamente la chaqueta de traje y tomé asiento frente a él, cruzando una pierna sobre otra, con una calma que contrastaba demasiado con toda la rabia que me hervía bajo la piel.
—Bonita camisa, ¿verdad? —pregunté mirando la seda roja—. La guardaba para tu funeral.
Sus ojos descendieron hacia ella un instante antes de volver a mí.
—Es de seda china —apunté—. Creo que debe sonarte algo de ciertas rutas…
Dijo algo bajo la cinta, pero apenas pude entenderle, por lo que lo ignoré por completo, continuando con mi monólogo.
Lo observé, a sabiendas de que hacerlo solo provocaba esa parte oscura que había en mí, esa que me gritaba que lo ahogase con mis propias manos, pero eso no ocurriría, no sería tan fácil.
—Pero he decidido estrenarla hoy
El silencio volvió a llenar la habitación, esta vez volviéndose denso e irrespirable.
Me incliné hacia adelante poco a poco hasta quedar a escasos centímetros de su rostro, con la mirada fija en la suya.
—No sabes cuánto tiempo llevo esperando este momento.