77
Luca
Elisa me observó en silencio después de escuchar aquel nombre.
Valentino.
La confusión cruzó su rostro tan rápido que casi pude ver cómo intentaba rebuscar entre sus propios recuerdos algo que conectara con él.
—¿Quién es? —preguntó al final.
Cogí aire despacio antes de responder, porque ni siquiera sabía por dónde empezar aquella mierda.
—Antes de que nacieras… —murmuré esta vez sirviéndome un vaso de agua—. Siempre estaba con nosotros.
Le tendí el vaso, y lo bebió con gusto.
Me apoyé contra el mueble bar y cerré los ojos apenas un instante antes de continuar, como si tuviese que rebuscar en lo más profundo de mi mente para traer al presente esos recuerdos que tanto me dolían.
—Su madre trabajaba para papá —expliqué—. Giovanni se empeñó en que Valentino y yo pasáramos tiempo juntos.
—¿Erais amigos?
Solté una risa amarga.
—No lo sé —admití—. Éramos niños.
Y los niños no entendían ciertas cosas, no comprendían por qué un adulto descargaba toda su rabia en ellos, ni por qué asociaban el dolor a determinadas personas.
—Al principio no lo entendí.
Carraspeé sintiendo como un enorme nudo se había creado en mi garganta.
—Cada vez que le decía que no quería ver a Valentino me golpeaba, cruzándome la cara —añadí—. A veces incluso me pegaba con el cinturón, alegando que tenía que portarme bien con ese niño al que no conocía de nada.
—No comprendo…
Sentí compasión con ella porque me vi a mí mismo años atrás, cuando todo comenzó a cobrar sentido.
—Siempre que nos encontrábamos era en uno de los parques a las afueras de la ciudad —continué—. Los guardias de papá lo blindaban para que nadie pudiera acceder al perímetro, pero él sí que entraba. —Cerré los ojos, recordándolo—. Él y su madre, Mariela.
—Es hijo de Giovanni —musitó.
Asentí un par de veces, confirmando sus sospechas. Sabía perfectamente cómo era nuestro padre y hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
—Durante mucho tiempo me hizo sentir culpable por no querer a Valentino, por no darle el espacio que él creía que merecía —proseguí, sintiendo como el odio volvía a brillar en mi pecho, engulléndolo todo—.
Hasta que un día desapareció. —Hice una pausa, visualizando ese día en mi mente, la forma en la que mi padre vino hecho una furia, en cómo me lanzó al suelo nada más verme—. Y sin más, dejé de verlo.
El silencio cayó entre ambos.
—¿Y nunca preguntaste por él? —murmuró ella.
Negué despacio.
—Mi mente relacionaba a Valentino con el dolor, con la furia… —confesé con sinceridad—. Era un crío, Elisa, y para mí él siempre parecía antes de que papá me destrozara a golpes.
Aquello continuaba revolviéndome por dentro, incluso en la actualidad, porque una parte de mí sabía que Valentino tampoco había tenido la culpa de nada.
Solo éramos dos niños atrapados bajo el yugo del mismo monstruo, solo que yo tenía que soportarlo todos los días de la semana.
La puerta del salón se abrió en ese instante y el tiempo pareció ralentizarse apenas un segundo.
Valentino entró despacio, vestido completamente de negro, con esa expresión hermética que llevaba pegada a la piel como una segunda cara. Sus ojos se clavaron con atención en Elisa y noté como mi hermana se tensaba.
Ella también lo observó con desconfianza, como no podía ser de otro modo.
Me aparté un poco de ambos, dejándoles espacio, porque aquello ya no me pertenecía. Elisa dio un paso lento hacia él, estudiándolo, y lo más probable era que también intentando encontrar algo familiar entre todos esos años perdidos.
Y joder… Sí lo había.
Sus ojos.
La forma de tensar la mandíbula, incluso esa manera silenciosa de estudiarse.
Valentino tenía lo mejor de los dos mundos, el físico de los Moretti, y la parte humana que le había dado su madre. Solo que lo que ella no esperaba era que el hijo de puta con el que se acostó lo doblegaría tanto que acabaría perdiendo hasta su esencia.
—Supongo que tú debes ser Elisa —murmuró Valentino.
Ella tragó saliva, y durante un segundo creí que se marcharía.
Pero no lo hizo.
Se lanzó a abrazarlo.
Vi cómo Valentino se quedaba inmóvil al principio, sin saber cómo reaccionar a algo tan simple como que alguien quisiera tocarlo sin miedo, hasta que al final, terminó rodeándola con los brazos.
—Lo siento… —susurró Elisa contra su pecho.
Valentino cerró los ojos apenas un instante.
—No pasa nada —respondió con una calma que me resultó gratificante.
Pero, aun así, ninguno de los dos se soltó enseguida, y por primera vez desde que había aparecido en nuestras vidas, Valentino pareció un poco menos roto.
—Estás más emocional que nunca, carusa —comenté, dándole un toque de humor.
—Será el embarazó —añadió ella con gracia.
Dante apareció poco después junto con Andrei y Alexei, rompiendo el momento antes de que se volviera todo más incómodo. Valentino se separó de Elisa y terminó acercándose al resto mientras yo sacaba otro cigarro y me encaminaba hacia el exterior.
Necesitaba un minuto.
Solo uno.
El aire frío de la noche me golpeó mientras lo encendía. Di una larga calda, observando cómo la oscuridad rodeaba el palazzo mientras el humo se escapaba poco a poco de mis pulmones.
Todo había cambiado demasiado rápido.
Mi hermana estaba embarazada.
Valentino y ella se habían conocido.
Il Corvo seguía ahí fuera.
Y Giovanni… continuaba respirando.