La obsesión del jefe 76
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Luca

Cinco horas.

Cinco malditas horas llevaba esperando en el porche de la entrada, esperando a que se despertara mientras el humo del tabaco me llenaba los pulmones una y otra vez sin conseguir calmar nada de lo que hervía dentro de mí.

El palazzo entero estaba en silencio, uno denso, extraño, como si las paredes supieran que algo estaba a punto de ocurrir.

Escuché pasos acercándose por el recibidor del caserío, así que ladeé la cabeza lo suficiente como para poder ver como Dante aparecía a mi lado.

—Llega Elisa —me informó.

Asentí despacio, viendo como en la lejanía, sobre el camino de tierra, unas luces comenzaban a brillar.

Terminé el cigarro y lo lancé al suelo, aplastándolo contra los adoquines de la entrada.

Mi hermana.

No sabía si aquello era lo correcto, pero tenía claro que ya no había otra opción. Todo había llegado demasiado lejos como para echarme atrás, y si había alguien sobre la faz de la tierra que mereciese confrontarle, además de Eve, era ella.

Me encaminé hacia el gran salón sin prisas, notando cómo el cuerpo aún protestaba por los golpes que me habían dado, aunque aquello ya me importaba una mierda. El dolor físico era lo único que lograba mantenerme centrado.

Serví una copa de whisky mientras la esperaba y me la bebí de un solo trago.

Cerré los ojos. Estábamos de mierda hasta el cuello, con mi padre en una enfermería improvisada, sedado, lo habían llevado a las celdas donde lo interrogaríamos, pero no solo eso…

También estaba Valentino. ¿Cómo cojones iba a explicarle a mi hermana que teníamos un medio hermano y que lo sabía desde antes de que ella naciese?

Apreté mi entrecejo con dos dedos.

Los problemas se me acumulaban, y por primera vez en mucho tiempo me sentí como Alicia cayendo en el agujero del conejo. No podía parar de caer y caer, encontrando impedimentos a cada paso que daba.

Primero: mi padre vendiendo a mi hermana y a cientos de mujeres.

Segundo: la pelea por Eve.

Tercero: la compra y pacto con la mujer por la que me arrancaría el corazón.

Cuarto: la casona, Eve entregándose y yo siendo molido a palos.

Eché la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Necesitaba un puto milagro para salir de allí sin volverme loco.

—Luca… —Escuché como me llamaba mi hermana tras de mí.

Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en cada golpe que aún permanecía marcado en mi piel como una sombra oscura.

—Carusa —la saludé al mismo tiempo que me acercaba a ella.

Deposité un beso en su mejilla, y ella se lanzó a mis brazos como hacía años que no lo hacía. La recibí gustoso, sintiendo como su diminuto cuerpo se fundía en el mío. Elisa era ocho años menor que yo, por lo que siempre iba a considerarla mi pequeña.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó con preocupación.

Solté una risa seca.

—He estado mejor.

Negó despacio, afectada.

—¿Y tu maridín? —Quise saber.

—Se ha quedado con Andrei y Dante —me explicó con calma—, han pensado que sería mejor darnos espacio —añadió.

—Tenían razón.

Mi mente volaba de un lado a otro, porque a pesar de que sabía cuál era mi siguiente paso, había algo a lo que no deseaba enfrentarme, al menos no todavía, pero no existía otro momento, ni siquiera teníamos tiempo como para decidir apartarlo.

Volví al mueble en el que había dejado la botella de whisky y me serví otra copa, al mismo tiempo que me giraba hacia ella y la alzaba, ofreciéndole.

—No, gracias —respondió al mismo tiempo que se llevaba una mano a la tripa.

Durante unos segundos el mundo pareció dejar de girar. Me quedé paralizado. Pensé en que tal vez estaba enferma y no podía tomar nada que no fuese apropiado, hasta que una idea explotó en mi cabeza: estaba embarazada.

—Cara… —murmuré—. Mi stai dicendo che divento zio?

Los ojos de mi hermana se llenaron de lágrimas.

—Sí, caruso —respondió—. Vas a ser tío de un hermoso niño llamado Damiano.

Me lancé a por ella, tomándola en volandas, sintiendo como ahora eran mis ojos los que se humedecían de la emoción.

Por fin una puta buena noticia entre toda la mierda en la que estábamos envueltos, un rayo de luz en esa oscuridad que ya me oprimía incluso el alma.

—No me lo puedo creer… —susurré abrazándola.

—Pues créetelo —lloriqueó contra mi pecho.

Por alguna razón que no comprendí, tuve una enorme certeza que comenzó a brillar en mi pecho.

Algo me decía que todo el mal que nos arrollaba acabaría antes de lo que creíamos, y que ese pequeño Damiano sería el heredero de un reino que ya le pertenecía.

Lo mejor de los dos mundos: la bratva y la ‘Ndrangheta.

Cuando nos separamos la observé, estaba radiante, y ni siquiera había sido capaz de darme cuenta cuando la vi entrar. Posé mis manos en su vientre, acariciándolo, sintiéndolo ya hinchado, lleno de una vida que venía para bendecirnos como el regalo que era.

Entonces, pensé en nuestra madre, en lo mucho que habría amado convertirse en abuela, en lo que habría disfrutado de ver corretear al pequeño Diamano por el palazzo, entre los olivos, o acompañándola a recoger las rosas de su pequeño rincón.

La tristeza lo asoló todo, no porque desease que mi madre estuviera con nosotros, sino porque había sido el puto desgraciado que estaba en el sótano el que continuaba vivo, y no ella.

Tomé aire y lo dejé ir a modo de suspiro.

—Yo también tengo algo que contarte… —le dije, tras aclararme la garganta—. Pero creo que es mejor que te sientes.

Elisa me miró con una mezcla de sorpresa y de confusión que me resultó incluso graciosa. Cogí el vaso de whisky que me había servido y lo bebí de un solo trago para acto seguido, decir su nombre:

—Valentino.