La obsesión del jefe 75
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Luca

La mandíbula me dolía de tanto apretarla.

Llevábamos horas revisándolo todo, absolutamente todo, y, aun así, seguíamos sin una puta respuesta clara. Las cámaras no mostraban nada útil, las entradas parecían limpias, pese a eso, Il Corvo había vuelto a entrar en el palazzo como si fuese su casa.

Y eso era lo que más me jodía, no el hecho de que hubiera aparecido de nuevo, sino que nos hubiese vacilado de esa manera.

Apreté los dedos alrededor del vaso de whisky a punto de estallarlo entre mis dedos mientras observaba las pantallas frente a mí.

Dante permanecía apoyado contra la pared, fumando en silencio, a la vez que Andrei tecleaba sin descanso desde el otro extremo de la mesa, dispuesto a encontrar una cámara que diera con Il Corvo.

—No lo entiendo… —mascullé al final, incapaz de contenerme más—. ¿Cómo cojones hemos podido perderlo?

Nadie respondió, porque no había una respuesta correcta.

Solté una risa seca, cargada de pura frustración, mientras me pasaba una mano por el rostro. Saqué un cigarro y me lo llevé a la boca. Rebusqué en los bolsillos, intentando encontrar un encendedor hasta que vi como Dante me acercaba el suyo ya encendido.

—Estamos hablando de un solo hombre —continué—. Uno. Y, aun así, entra aquí, se pasea delante de nuestras putas narices, arrincona a Eve y desaparece sin dejar rastro.

La simple idea hizo que algo oscuro me atravesase de pies a cabeza.

Eve.

Mi cuerpo volvió a tensarse al recordar lo que Dante me había contado, porque a pesar de que fue algo inevitable, jamás me perdonaría no haber estado ahí para ella. Imaginarla siendo arrinconada por ese hijo de puta me rasgaba le alma.

—No actúa como un mercenario cualquiera —murmuró Andrei, sin apartar la vista del ordenador.

Lo miré.

—Porque no lo es —respondió Dante, al mismo tiempo que expulsaba el humo poco a poco.

—Está obsesionado con algo —añadió—. O con alguien.

Sentí la sangre hervirme bajo la piel, porque aquella historia ya la conocía demasiado bien, porque mi padre estaba obsesionado con Eve, y parecía que ese Corvo lo estaba como ese demonio.

—Mi padre —gruñí—. Todo gira alrededor de él.

Y cuanto más pensaba en ello, menos sentido encontraba. ¿Qué clase de vínculo enfermizo tenía alguien así con Giovanni como para arriesgarse de esa manera? Porque aquello no era una lealtad normal, no era por dinero, ni siquiera por poder.

Era algo mucho peor.

Devoción.

Como si Giovanni hubiera creado un monstruo incapaz de distinguir dónde terminaba una orden y empezaba su propia voluntad.

¿Cómo no había podido darme cuenta durante todos estos años? Había tenido una vida paralela, lejos de su familia, de nosotros, y ni siquiera había sido capaz de enterarme.

Me levanté de golpe, incapaz de permanecer quieto un segundo más.

—Quiero saber quién cojones es —sentencié—. Y quiero encontrarlo antes de que vuelva a acercarse a esta puta casa.

Andrei dejó de escribir y alzó la mirada hacia mí.

—Solo hay una persona capaz de darnos respuestas.

Dante soltó el humo por la nariz, fumando como un desquiciado.

—Valentino no sabe nada.

—No me refería a Valentino —replicó con clama.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire apenas unos segundos, pero fue suficiente para que entendiese a quién se refería.

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

La única persona que podía conocer la identidad real de Il Corvo era él.

Mi padre.

El mismo hijo de puta que llevaba días sedado mientras nosotros intentábamos recomponer el caos que había dejado atrás.

Me giré hacia Dante poco a poco.

—Tiene razón.

Dante frunció el ceño.

—Luca…

—Ya hemos perdido demasiado tiempo —le interrumpí.

Saqué el teléfono del bolsillo y marqué el número de Elisa sin apartar la mirada de ninguno de ellos.

Diez segundos más tarde, respondió.

—¿Luca?

Escuchar su voz hizo que algo en mi interior se contrajese. Mi hermana ya no era esa niña débil a la que siempre había visto, era una mujer fuerte que había decidido su camino, una a la que habían traicionado, a la que su propio padre le había vendido con tal de salvarse.

Llevaba tiempo alejada de los Moretti, permaneciendo junto a su recién estrenado marido Alexei Romanov, le hermano mediano de Andrei.

—Necesito que vengas la palazzo de la mamma —dije sin rodeos.

El silencio al otro lado duró un instante más de lo necesario.

—¿Ha pasado algo?

Contuve el aliento, no había querido tenerla al tanto de todo, no porque no quisiera contárselo, sino porque no quería arrastrarla de nuevo junto al desgraciado al que manteníamos dormido.

Miré las pantallas una última vez, sintiendo cómo la rabia volvía a subir poco a poco por mi garganta.

—Sí —respondí con frialdad—. Y quiero que estés aquí cuando hablemos con él.

—Allí estaré.

—Perfecto —sentencié—. Nos vemos en un rato.

Colgué antes de que pudiera seguir preguntando. Después, volví a girarme hacia Dante y Andrei.

—Id preparándolo todo —les pedí.

Dante entrecerró los ojos.

—¿Estás seguro de todo esto?

No, no lo estaba, pero necesitaba comenzar a cortar hilos, y el primero de todos iba a ser ese pajarraco que no dejaba de rondar mis terrenos.

Saqué el walkie talkie, y me lo llevé a la boca.

—Despertadlo.