La obsesión del jefe 74
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Luca

Me coloqué unos pantalones cortos deportivos, una camiseta limpia y deposité un casto beso en los labios de Eve antes de salir.

Nada más hacerlo me encontré con Dante, con esa mirada suya que me hablaba antes siquiera de que hubiera abierto la boca. Porque le conocía demasiado bien, tanto que ya sabía que lo que iba a decir no tenía arreglo, y no porque no existiera solución, sino porque ya había tomado decisiones sin mí.

—Habla —le exigí con firmeza, sintiendo cómo comenzaba a mosquearme.

No respondió de inmediato. Inspiró despacio, como si el aire le pesara en los pulmones, y ese gesto, tan impropio de alguien como él, hizo que la tensión se instaurara en mi pecho, avisándome de que el asunto era más serio de lo que creía.

—Hay algo que no te he dicho —dijo al final.

Solté una risa seca, sin gracia, al mismo tiempo que ladeaba la cabeza mientras daba un paso hacia él, reduciendo la distancia hasta obligarlo a enfrentarse a mí sin darle más vueltas.

—Dime algo que no sepa.

Su mandíbula se tensó, y ese simple gesto fue suficiente como para que algo dentro de mí empezara a encajar.

—Quiero a ese hijo de puta —añadí, marcando cada una de las palabras—. Y lo quiero ya.

Dante negó con la cabeza, desviando la mirada apenas un segundo, lo justo para confirmarme que aquello iba peor de lo que esperaba.

—No es tan sencillo.

Podía oler el sentimiento de culpa que le corroía.

Cerré los ojos y cogí aire, para dejarlo ir a modo de suspiro, creyendo que así podría calmar los nervios que comenzaban a tomar el control de todo a mi alrededor.

—Explícamelo—dije, acercándome un poco más, lo suficiente para que notara que no estaba pidiéndoselo sino ordenándole que lo hiciera.

Dudó.

Y ese fue su error.

—Dante… —mascullé.

—Il Corvo… —empezó a decir.

Achiqué los ojos, porque en aquel momento dejé de reconocer a mi amigo, a mi hermano, a mi confidente, para encontrarme con un maldito cobarde.

—¿Quién cojones es Il Corvo?

Se pasó una mano por la cara, al mismo tiempo que me hizo un movimiento con la cabeza, instándome a que le acompañase.

—Aún no lo sabemos —aseguró—, pero según hemos podido averiguar gracias a Valentino, se trata de alguien de máxima confianza de tu padre.

—Continúa.

Tragó saliva, y esa imagen se clavó en mi retina.

—Dai, parla —sentencié, insistiéndole para que hablara.

—Il Corvo atacó a Eve.

El mundo dejó de girar. El impacto no fue inmediato, no hasta que mi mente hiló todo, y por un instante fue como si el mundo se abriese bajo mis pies.

—¿Qué… has dicho? —pregunté.

—Tú estabas inconsciente, yo intentaba ocuparme de todo y apagar todos los fuegos —se apresuró a justificar—. Estaba jodido y…

—¿Qué hizo?

No quería excusas, no en ese momento porque estaba a punto de saltarle a la yugular para arrancarle la nuez.

—La acorraló en la cocina —confesó sin rodeos—, quería asustarla, que supiéramos que podía entrar en cualquier momento.

Sentí cómo algo dentro de mí se contraía, porque una parte de mi ser sabía que si yo hubiese estado consciente eso no habría ocurrido. Di un paso atrás, más por control que por necesidad, a sabiendas de que estamparía mi puño en su mandíbula si su siguiente respuesta no me gustaba.

—¿Y tú dónde estabas? —pregunté, sin siquiera mirarlo.

El silencio que le siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.

—Pedí a Andrei y Marlene que vinieran, justo antes del ataque —aseguró—. Pero no había más opciones para….

Solté una carcajada breve, provocando que se callase.

—Siempre hay opciones —repliqué, girándome hacia él con lentitud.

Nuestros ojos se encontraron, y esta vez no hizo falta que hablara para entender lo que había pasado.

—He tenido que mover ficha —añadió, esta vez más tenso—. Alguien más aparte de los Romanov.

Esa frase no me gustó un pelo.

—¿Con quién?

No contestó.

Y ahí sí, algo dentro de mí hizo saltar todas las alarmas. Avancé sin pensar, agarrándolo del cuello de la camisa y empujándolo contra la pared con la fuerza suficiente para hacerle perder el aire.

—Tío… Suéltame.

—¿Con quién cojones has hablado, Dante?

—Era la única forma de evitar que se llevaran a Giovanni —soltó, rápido, como si eso pudiera justificado todo.

Me quedé quieto durante un segundo, lo justo para que esa información se asentara y lo empeorase todo.

—¿Qué has hecho? —inquirí, con un tono aún mucho más bajo que el anterior.

—Lo que tenía que hacer.

Apreté más el agarre, acercando mi rostro al suyo, sintiendo incluso su respiración. Joder…

—Tú no decides eso sin mí —murmuré.

—No había tiempo.

—Siempre lo hay —insistí, clavándole la mirada—. Lo que no hay es margen para cagarla.

Lo solté a desgana al mismo tiempo que me apartaba de él, sacando la cajetilla de cigarros para llevarme uno a la boca.

—Joder, Dante…

—Se supone que confías en mí —me lo echó en cara.

—No cuando todo el puto plan está en peligro.

Me llevé una mano al rostro, para acto seguido darle una larga calada al cigarrillo, llenándome los pulmones de ese maldito veneno.

—Luca. —Escuché como me llamaba Andrei.

Me giré despacio, y fijé mi vista en él, quien acababa de entrar en la sala, pálido, y con la respiración descompuesta.

No necesitaba que hablase para saber que algo no iba como debería.

—¿Qué pasa? —cuestioné, notando como la sangre me hervía bajo la piel.

El silencio se volvió más denso, casi irrespirable.

Me coloqué frente al pequeño de los Romanov, y con un ligero movimiento de cabeza le insté a que hablase.

—Lo teníamos controlado, te lo juro, no sé cómo cojones lo ha hecho, pero… —Su voz se desvaneció como si jamás hubiera estado allí—. Lo hemos perdido. Il Corvo ha desaparecido.