La obsesión del jefe 73
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Luca

Sus dedos temblaron cuando sostuvo las puntas, como si aquel simple objeto pesara más que cualquier arma que hubiera tenido entre las manos en toda su vida.

No aparté la mirada de ella, ni un solo segundo, porque sabía que ese momento no iba solo de lo que le estaba devolviendo, sino de todo lo que le habían quitado.

Alzó los ojos hacia mí, vidriosos, cargados de algo que me estrujó el pecho de una forma que no supe procesar.

—¿Cómo… cómo has sabido lo de las puntas? —preguntó, con la voz estrangulada.

—Marlene —respondí sin rodeos—. Ella me lo contó todo.

Vi cómo tragaba saliva, cómo intentaba recomponerse sin conseguirlo del todo, así que continué, sin suavizarlo, porque Eve no necesitaba más mentiras bonitas, sino la más cruda realidad.

—También encontramos archivos en casa de La Mort —añadí—. Fotos tuyas de cuando eras pequeña.

El golpe fue visible, su respiración se quebró y su mirada volvió a las puntas, aferrándose a ellas como si fueran lo único que la mantenían en pie.

—Cuando te compré… —continué, esta vez en voz baja—. Le entregaron a Dante una caja con algunas de tus pertenencias.

No dijo nada, permaneció en silencio, con los ojos empañados en lágrimas.

Y entonces se rompió.

Se abalanzó sobre mí sin avisar, escondiendo el rostro contra mi pecho, y la sentí temblar no como alguien que llora sin más, sino como quien lleva demasiado tiempo aguantando.

La rodeé con los brazos de manera instintiva, sin pensar, apretándola contra mí con una firmeza que no tenía nada de delicado.

—Eh... —murmuré, apoyando la barbilla contra su cabeza—. Ya está.

Pero no lo estaba, y lo sabía.

Sus lágrimas comenzaron a empapar la tela de mi camiseta, calientes, reales, y algo dentro de mí se tensó de una forma peligrosa, porque cada una de ellas me empujaba más cerca de ese límite en el que dejaba de pensar y empezaba a destruirlo todo.

—Luca… —susurró contra mi piel.

Se apartó lo justo para mirarme, y sin pensarlo, lo hizo.

Me besó.

No fue un gesto contenido, ni tímido, ni siquiera medido. Fue directo, cargado de todo lo que llevaba dentro, de ese dolor que aún no había terminado de soltar y que la desgarraba por dentro mientras ella permanecía en silencio.

Respondí al instante.

Mis manos subieron por su espalda, atrayéndola más a mí, sintiendo su cuerpo encajando contra el mío como si no hubiera espacio suficiente entre nosotros. Al mismo tiempo que mis labios no dejaban de moverse sobre los suyos.

—Tú no lo ves… —murmuró apenas sin separarse de mí—. Eres el hombre que merezco.

Apreté la mandíbula con fuerza, al mismo tiempo que negaba despacio.

—No digas eso —gruñí en voz baja.

No se apartó, al contrario. Se movió sobre mí, acomodándose a horcajadas, obligándome a inclinar ligeramente la cabeza hacia atrás mientras su boca volvía a buscar la mía, esta vez con más lentitud y profundidad.

El mundo desapareció.

Mis manos descendieron sin permiso, recorriendo su cintura, su espalda, sintiendo cada reacción de su cuerpo contra el mío, como su respiración se volvía entrecortada a la vez que se mezclaba con la mía.

No había prisa.

Pero tampoco existía el control.

—No necesito ver nada más —susurró—. Solo te necesito a ti.

La miré.

Y joder…

No había forma de salir del embrujo en el que me había metido.

Deslicé la mano hasta su nuca, atrayéndola de nuevo hacia mí, besándola con una ansiedad que ya no podía contener, perdiendo cualquier intento de mantener la distancia.

Todo en ella me arrastraba al más profundo abismo, y lo cierto era que deseaba tirarme al vacío con tal de satisfacer cada una de sus necesidades.

—Te he echado tanto de menos… —gruñí contra su cuello.

Mi miembro se endureció cuando un gemido se escapó de entre sus labios.

—Y yo a ti —aseguró—. Más de lo que te imaginas.

Colé mis dedos entre la cinturilla de sus pantalones y su cintura, permitiendo que el calor me atrapase.

Fui bajándolos con cuidado, hasta que acabé sacándolos con cuidado por sus pies.

Besé sus tobillos, subiendo lentamente hacia sus rodillas, posando mi boca en cada centímetro de ella, venerándola como merecía.

Durante demasiado tiempo la habían tratado como a una cualquiera, cuando en realidad era una jodida diosa.

Me deshice de sus braguitas, exponiéndola por completo a mí. Sonreí ladino al ver cómo sus mejillas volvían a enrojecerse, como siempre pasaba cuando estábamos juntos. Apreté la mandíbula, cuando colé uno de mis dedos entre sus pliegues, sintiendo la humedad que había en ella.

Ahogó un gemido cuando mi boca se posó sobre su abultado botón y comencé a lamerlo, como si se tratase del mejor de los helados. Pasé mis brazos por debajo de sus muslos, aferrándome a ella, dándole el placer que se le había negado durante años.

La devoré como si se tratase de un helado de nata derritiéndose en mis labios, al mismo tiempo que adentraba uno de mis dedos en ella, con cuidado. Sentí su sexo engulléndome poco a poco, y mi miembro palpitó ansioso, a sabiendas de que ese lugar le pertenecía.

—Ven aquí —me ordenó con la voz estrangulada.

Dios, estaba loco por ella.

La observé con delirio, deleitándome con ese gesto que ponía cuando tomaba el control, siendo quien lo controlaba todo.

En ese momento supe que sería capaz de entregarle el mundo entero con tal de que me permitiese venerarla un poco más.

Subí lentamente por sus caderas, besando cada centímetro de piel que recorría, primero en su vientre, su obligo, sus pechos, hasta que llegué a sus clavículas, donde tiró de mí para estampar su boca contra la mía.

—Hazme tuya —suplicó.

—Has sido mía desde el instante en el que te vi, piccola.

No tuve que decir nada más para que alzase las caderas, instándome a que volviese a perderme en ella una vez más. De una sola estocada me hundí en su interior, provocando que un quejido saliese arrancado de mi garganta.

—Eres el mejor regalo y la mejor condena que podría haberme dado la vida —le confesé al oído, mientras mis acometidas no frenaban.

Eve hundió sus dedos en mi cabello, manteniéndome pegado a él, mientras su boca quedaba a la altura de mi oído, regalándome cientos de gemidos que quise capturar.

Sentí como pequeñas gotas comenzaron a empapar mi rostro, igual que lo hacían con el suyo, por lo que me separé y me encontré esos ojos verdes llenos de algo que no supe identificar. ¿Dolor? ¿Dicha?

Poco me importó, porque si algo tenía claro era que no permitiría que nunca más volviese a sufrir, sería el hombre que necesitaba a su lado, haría justicia tanto por ella como por Elisa, y acabaría con quien hiciese falta.

No dejé de moverme sobre ella, embistiéndole con lentitud, permitiendo que sintiese cada centímetro de mí al llenarla, llegando hasta lo más profundo de su ser, arrancándole esos quejidos que tan loco me volvían.

—Córrete para mí, piccola —le ordené, aunque se me antojó más un ruego que cualquier otra cosa.

Colé una de mis manos entre ambos, masajeando con maldad su abultado clítoris mientras notaba como su respiración se volvía cada vez más agitada, y su cuerpo se tensaba bajo el mío.

—Luca…

—Vamos, mi amor —susurré contra su oído.

Un gemido profundo y rasgado se escapó aún con su boca pegada a la mía, arrastrándome consigo, llevándose la poca cordura que me quedaba para hacernos estallar en mil pedazos. Apreté la mandíbula, conteniendo cada gruñido que acudía a mi garganta.

Nos deshicimos el uno en el otro, perdiéndonos en cada quejido amortiguado, en cada suspiro capturado, y en esa forma de amarnos que solo teníamos nosotros.

—Te amo —musitó Eve.

—Y yo a ti —juré, completamente perdido en ella—. Podría entregarte hasta mi vida si me lo pidieras.

—Creo que no será necesario —respondió con una sonrisa tímida que besé para capturarla para siempre.

Un golpe seco en la puerta lo rompió todo.

—Joder… —mascullé—. Ni un minuto de tranquilidad hay en esta puta casa.

Gruñí, separándome de ella.

Me levanté a regañadientes, cabreado, dispuesto a golpear a quien estuviese al otro lado y abrí la puerta sin miramiento alguno.

Dante.

Su mirada bajó un segundo, y volvió a subir con una mueca entre sorprendido y divertido.

—Hostia… —murmuró—. ¿Te importa taparte o…?

—Habla —sentencié—. ¿O te apetece comerme la polla?

Se pasó una mano por la cara, riendo. Solo él podía tomarse así una situación como en la que nos encontrábamos.

—Hemos detectado movimiento cerca del perímetro —informó—. Algo no cuadra.

—¿Qué cojones?

—Sí, cojones, eso mismo —replicó al mismo tiempo que hacía una caída de ojos—. Pero en serio, tápate antes de salir a matar a nadie.