72
Luca
—No pienso quedarme aquí ni un segundo más.
Mi voz salió más fuerte de lo que pretendía, cargada de una rabia que llevaba demasiados días acumulando, mientras ese maldito pitido no hacía más que grabarse en mi mente como un jodido mantra.
Apreté la mandíbula, me sentía inútil, atrapado, y como si me hubieran reducido a alguien que dependía de todos los demás hasta para respirar con normalidad.
El médico ni siquiera se inmutó.
—No es algo que puedas decidir —respondió con calma—. Recibiste demasiados golpes, además del disparo. Tu cuerpo necesita reposo y tranquilidad, Luca.
Solté una risa seca, amarga, al mismo tiempo que me pasaba una mano por el rostro.
—Por suerte o por desgracia, nunca ha habido de eso en mi vida —aseguré—. Mi cuerpo está de puta madre.
—No lo está —me cortó—. Y si sigues forzándolo todo, lo único que vas a conseguir es empeorar. —Hizo una breve pausa—. Tienes que permanecer en observación.
Observación.
Como si fuera un puto experimento.
Apreté la mandíbula, sintiendo cómo la frustración me subía por el pecho hasta crear un nudo en mi garganta. No era el dolor lo que me estaba matando, era la sensación de no tener el control, de estar tumbado mientras todo se movía a mi alrededor sin que pudiese hacer nada por interponerme.
—He dicho que ya es suficiente.
No esperé respuesta.
Arranqué una de las vías que llevaba sin cuidado, notando el tirón en la piel, y cómo la sangre comenzaba a deslizarse por mi brazo, caliente y pegajosa, pero ni siquiera así me detuve. La otra la quité después, junto con cualquier cosa que me mantuviera atado a esa cama.
—¡Luca! —protestó don Vinizzi, el médico que había cuidado a mi madre hasta que murió.
No le escuché, o no quise hacerlo.
Me incorporé con más brusquedad de la que debía, notando cómo el cuerpo se quejaba al instante, tensando cada músculo, pero, aun así, avancé. Paso a paso, ignorando el dolor.
Necesitaba salir de ahí.
Necesitaba volver a ser yo.
Salir al pasillo fue como tomar una bocanada de aire fresco después de días encerrado, aunque cada paso arrastraba el cansancio que mi cuerpo se empeñaba en recordarme. No me detuve hasta llegar a mi habitación, empujando la puerta sin cuidado.
Y entonces la vi.
Eve.
El mundo pareció dejar de girar durante un segundo, el suficiente como para que todo lo demás dejara de importar, incluso el dolor que me atravesaba.
Su mirada se fijó en mí, bajando desde mi rostro hasta los brazos, donde la sangre comenzaba a manchar ya la tela blanca de la camiseta.
—¿Qué demonios has hecho? —exigió, acercándose sin dudarlo.
No respondí.
No porque no pudiera, sino porque no quería romper ese instante en el que la tenía delante, en el que todo lo demás desaparecía.
Frunció el ceño, claramente molesta, y antes de que pudiera apartarme, me empujó con firmeza hasta la cama.
—Siéntate.
Obedecí.
No por debilidad, sino porque era ella.
—No te muevas —añadió, ya dándose la vuelta.
La observé marcharse, fijándome en cada detalle, en la forma en la que se movía, en la tensión de sus hombros, en ese gesto decidido que tenía incluso cuando estaba enfadada.
Algo se encogió en mi interior.
No era dolor.
Era algo mucho peor.
Cuando volvió, lo hizo con el ceño fruncido y las manos ocupadas. Antes de que pudiera decir nada, ya estaba frente a mí, arrodillada, limpiando la sangre con movimientos firmes, concentrada.
¿Qué demonios había hecho yo para merecer algo así?
Para tenerla.
Eve no solo era una mujer, era mi maldita debilidad.
Mi condena y mi salvación al mismo tiempo.
Sabía, con una certeza que me resultaba casi violenta, que sería capaz de prender el mundo en llamas si ella me lo pidiera, de reducirlo a cenizas sin mirar atrás, incluso de arrancarme el corazón del pecho con mis propias manos para entregárselo.
No había lógica, ni nunca lo habría.
No habló, ni hizo falta.
El silencio entre ambos no era incómodo, solo denso, cargado de todo lo que ambos callábamos.
—Eres un imbécil —murmuró al final, sin alzar la vista.
Una leve sonrisa se esbozó en mis labios.
—Lo sé.
Sus dedos rozaron mi piel con más cuidado del que pretendía mostrar, y ese simple gesto fue suficiente para tensarme por dentro, para recordarme que la tenía demasiado cerca y, al mismo tiempo, demasiado lejos.
Estaba completamente obsesionado con ella, y no tenía miedo a admitirlo.
Cuando terminó, dejó las vendas en su sitio y se apartó unos centímetros. Alzó la mirada, fijándola en la mía, y supe que aquel tesoro, a pesar de que no lo merecía, siempre sería mío.
Me puse en pie, acercándome al armario que había junto al gran ventanal que daba al acantilado, y saqué una caja negra que llevaba guardando demasiados meses.
Volví a donde se encontraba, la sostuve con cuidado para sentarme frente a ella de nuevo y tendérsela.
Su mirada cambió.
—¿Qué es eso?
—Ábrelo —le insté.
No añadí nada más.
Me limité a observarla mientras la tomaba, fijándome en cómo sus dedos dudaban un instante antes de levantar la tapa, la manera en la que los nervios se apoderaban de ella. Y cuando lo hizo, todo cambió.
Apartó con cuidado el papel de seda blanco, dejando a la vista algo que no esperaba: unas puntas de ballet rojas.
Intactas.
Demasiado vivas para todo lo que habían sobrevivido.
Supe, en el mismo instante en el que las vio, que había acertado, porque no era un simple objeto, era una parte de ella que habían intentado arrebatarle, y que yo había traído de vuelta para recordarle que era mucho más que la mujer a la que habían usado.
Era una jodida diosa a la que debía venerar hasta el fin de mis días.