71
Eve
Salí de la habitación con el corazón en un puño, sin mirar atrás, sintiendo que cada paso que daba me pesaba más de lo que debería, como si dejarlo allí hubiera arrancado algo en mí que no sabía si podría recuperar.
El pasillo se me hizo largo, demasiado silencioso, era como si no se estuviera librando una guerra entre todas esas paredes, como si no tuviéramos encerrado en el sótano al mayor traidor.
Una fuerte presión se había instaurado en mi pecho hacía demasiado tiempo, porque no solo era Luca lo que me preocupaba, sino todo.
Il Corvo. La marca. La forma en la que con total impunidad había entrado y salido de la casa. El hecho de que nos estuviera observando, moviendo piezas mientras nosotros solo hacíamos que intentar entender a qué nos enfrentábamos.
Y entonces lo tuve claro.
Giré en seco, cambiando de dirección sin pensarlo demasiado.
Giovanni.
Si había alguien que sabía algo era él. Si alguien era capaz de poner nombre a lo que se nos estaba escapando entre los dedos era ese malnacido al que todos temían incluso estando postrado en una cama.
Mis pasos aceleraron.
No pensaba quedarme quieta.
Estaba a punto de girar en el último pasillo cuando una mano firme se interpuso en mi camino, obligándome a detenerme en seco.
—Ni se te ocurra —sentenció.
Alcé la mirada.
Valentino.
Su expresión no dejó lugar a dudas, no era una advertencia, era una maldita orden que esperaba que cumpliese.
—Apártate —le rebatí sin rodeos, intentando esquivarlo.
No se movió.
—No vas a bajar ahí —repitió, con una calma que me encendió por dentro.
Apreté la mandíbula, sintiendo cómo la rabia empezaba a hervirme en las venas.
—No eres tú quien decide eso —repliqué, avanzando un paso más.
Valentino me sostuvo la mirada sin vacilar, bloqueándome el paso con el cuerpo, obligándome a quedarme donde estaba.
—Sí lo soy si lo que estás a punto de hacer es meterte en la boca del lobo sin pensar.
Dejé ir una risa seca, porque a pesar de que sabía que tenía razón, no iba a dársela.
—¿De verdad? —murmuré sin ganas—. ¿Crees que ese hombre que está atado puede hacerme algo?
—No sabes de lo que es capaz.
—Parece que te olvidas de quién soy —le contradije con pesar, porque si alguien había sufrido en sus manos era yo.
—Me importa lo más mínimo quién seas o dejes de ser, Eve —sentenció.
El silencio entre nosotros se volvió tenso al instante, como si ambos estuviéramos esperando a que el otro cediera.
No lo hice.
—Aparta —repetí, esta vez con menos paciencia.
Antes de que pudiera reaccionar, otra voz irrumpió en el pasillo.
—¿Qué está pasando aquí?
Marlene.
Maldije para mis adentros, y giré sobre mis talones, encontrándome a mi amiga de brazos cruzados. Su mirada pasó de mí a Valentino en cuestión de segundos, evaluando la situación con rapidez, con ese gesto suyo que no dejaba espacio para tonterías.
—Díselo tú —le insté, apartando la mirada con fastidio, a sabiendas de lo que me esperaba.
Valentino suspiró, pasándose una mano por la nuca.
—Iba a bajar a ver a Giovanni —explicó sin rodeos—. Sola.
El silencio que le siguió fue breve, pero lo suficientemente largo como para que se me antojara una eternidad, anticipando lo que venía.
—Estás de broma, ¿no? —cuestionó.
—No —respondí sin ganas, quitándole importancia—. Necesito respuestas —añadí—. Necesitamos —acabé corrigiéndome.
—¿Y crees que la mejor forma de conseguirlas es meterte ahí abajo con ese psicópata? —replicó, alzando la voz.
—No puede hacerme nada —insistí—. Está débil, vigilando, no representa un peligro.
Marlene negó despacio, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba escuchando.
—Eve… —murmuró, y esta vez su tono cambió, volviéndose más serio—. Ese hombre ha destruido vidas enteras sin moverse de una silla. —Hizo una pausa—. ¿De verdad crees que necesitas que esté en pie para ser peligroso?
Tragué saliva, pero no retrocedí.
—No voy a quedarme de brazos cruzados mientras todo se nos escapa —repliqué—. Il Corvo ha entrado, ha salido cuando ha querido y nosotros seguimos sin saber quién es.
—Y bajar ahí no va a cambiar eso —intervino Valentino—. Solo va a ponerte en riesgo.
—No me estoy poniendo en riesgo —espeté.
—Sí lo estás —cortó Marlene, con más firmeza—. Y lo sabes.
Contuve las palabras que se agolpaban en mi garganta, porque había demasiado que no quería decir.
Apreté los labios, creando una fina línea, notando cómo la frustración se acumulaba, cómo todo dentro de mí pedía avanzar, hacer algo, cualquier cosa que no fuera quedarme siendo la mujer florero que había sido demasiado tiempo.
Tomé una bocanada de aire y suspiré, a sabiendas de que mi oportunidad de conseguir algo de claridad había desaparecido, desvaneciéndose en el aire como si jamás hubiese estado ahí.
Valentino no se movió, ni siquiera Marlene a mi espalda.
—No vas a bajar —sentenció el italiano, esta vez con la voz más baja, pero igual de firme—. Fin de la película.