La obsesión del jefe 70
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Eve

Cuatro días habían pasado desde el ataque, pero la sensación del miedo no había desaparecido, seguía ahí, pegada a mi piel, como si fuese una segunda capa que no podía arrancarme por mucho que lo intentara.

Todo avanzaba, sí, Luca estaba mejor, el palazzo empezaba a volver poco a poco a su calma, pero yo no terminaba de creerme nada, porque en el fondo sabía que aquello no había acabado.

Caminaba por el pasillo con la mente centrada en demasiadas cosas, en una vorágine de pensamientos, en Il Corvo, en la marca, en la forma en la que había entrado y salido sin dejar rastro, cuando la voz de Alessia me obligó a frenar.

—Eve.

Giré sobre mis talones, encontrándola apoyada contra la pared, con los brazos cruzados, y con una expresión que no supe encajar del todo, porque no era despreocupación, pero tampoco alarma.

—¿Has visto a Dante?

Negué despacio, observándola con más atención.

—No desde hace cuatro días —respondí—. ¿Pasa algo?

Cogió aire y lo dejó ir en modo suspiro.

—Está insoportable —murmuró, apartándose de la pared—. Más de lo normal, quiero decir.

Fruncí el ceño, sintiendo como algo en mi interior se encendía. No le veía desde el ataque.

—¿Qué le ocurre?

Alessia se encogió de hombros, aunque su gesto no acompañó ese intento de restarle importancia.

—No lo sé, pero desde que entraron está raro. Más huraño, más obsesivo… Apenas duerme, no para quieto y como alguien le pregunte algo de más… —Negó con la cabeza—. Es como si no fuese él.

El pulso se me aceleró, pero me obligué a mantener la expresión neutra, sin dejar que nada de lo que realmente sabía se filtrara.

—¿Te ha dicho algo?

La pregunta quedó suspendida entre nosotras, cargada de una intención que Alessia no se molestó en esconder. Le sostuve la mirada un segundo, el suficiente para decidir qué parte de la verdad quería mostrarle.

—No —respondí al final—. Solo hablamos de lo que pasó, pero no me dijo nada más.

En cierto modo así era, lo que no le había confesado a mi compañera era que teníamos sospechas de que había sido Il Corvo el culpable del ataque.

Alessia me observó en silencio, como si intentara ver más allá de mis palabras, como si sospechara que había algo que no le estaba contando, pero no insistió, cosa que agradecí.

—Pues algo hay —añadió finalmente—, porque Dante no se pone así sin ningún motivo.

Hice una mueca, y entonces se me ocurrió algo:

—Oye… —comencé a decir, y esta enarcó las cejas—. ¿Qué hay entre vosotros?

—Digamos que… nos sacamos de quicio.

Antes de que dijera nada más, Alessia se acercó a mí, colocó una de sus manos sobre mi brazo y lo apretó con cariño.

—Será mejor que vayas a ver a Luca, creo que estaba deseando verte.

Asentí, al mismo tiempo que me despedía de ella.

Me encaminé hacia el ala en el que se encontraba Luca, y es que el palazzo era tan grande que podías tardar al menos cinco minutos de una punta a otra. En ocasiones no te encontrabas a nadie, porque existían ciertas zonas a las que se accedía de manera privada y por donde no transitaban el resto.

Entré en la habitación con una calma que no sentía del todo, cerrando la puerta a mi espalda. Mi mirada se clavó en él, como si todo lo demás dejara de importar en el mismo instante en el que lo tuve delante.

Estaba incorporado, más consciente, más presente que días atrás, aunque aún había algo en su expresión que no terminaba de encajar, una sombra que no se iba, como si una parte de él continuase en guerra consigo mismo.

Se giró hacia mí casi al instante, como si hubiera notado mi presencia antes de siquiera verme. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada, tampoco hacía falta.

Le observé, deleitándome con esa mirada verdosa que me volvía loca, fijándome en esa nariz perfectamente delineada, en su mandíbula marcada, sus labios o la forma en la que se le perfilaban los pómulos cuando apretaba los dientes.

Deseé perderme en él, en esa forma que tenía de amarme sin límites, en la devoción que me profesaba sin miedo, sin pensar en las consecuencias.

Di un par de pasos hacia él, deteniéndome a una distancia que no era suficiente, sintiendo como algo se removía con más fuerza de lo que esperaba.

Entonces su mirada descendió.

Despacio, hasta detenerse en mi cuello.

En la cadena, en ese anillo que él me había guardado.

—Lo encontraste… —murmuró.

No fue una pregunta, y eso fue lo que más me desarmó.

Tragué saliva, llevando la mano hasta el collar, tomando el anillo, dejando que la luz lo alcanzara y que brillara entre ambos.

—Sí —musité con la voz estrangulada—. Pero aún tienes que pedírmelo —añadí, al mismo tiempo que me acercaba a donde se encontraba.

Algo cambió en su expresión, suavizándose, pero al mismo tiempo mostrándome una oscuridad que conocía demasiado bien.

—Lo haré.

No hubo duda, ni siquiera un simple matiz. Mi corazón se descompasó, golpeándome con fuerza.

—Luca, yo… —murmuré, avanzando un poco más—. Tenía tanto miedo… creía que te perdía.

Las palabras salieron de mi interior sin adornos, con una claridad que me sorprendió.

—Una parte de mí llegó a pensar en qué ocurriría conmigo si morías… —admití con pesar.

—¿Y qué pensaste?

—En que moriría contigo si hacía falta.

Luca negó despacio, al mismo tiempo que estiraba una de sus manos para rozar las mías. Un cosquilleo me atravesó, bajé la vista a esta, y sentí cómo nuestros dedos se entrelazaban.

—Te quiero, Luca —confesé.

—Precisamente por eso tenemos que ir con cuidado —aseguró con frialdad.

¿Qué esperaba? ¿Que ese Luca que me había dejado una carta, desesperado, volviese a mí con tanta facilidad? Contuve el aliento. Una lágrima traicionera asomó por mi ojo derecho y descendió lentamente por mi mejilla, humedeciéndolo todo a su paso, para acabar muriendo en la tela de mi sudadera.

—¿Qué ocurre?

Le dije que no con la cabeza, a sabiendas de que las palabras no saldrían como quería, porque lo cierto era que mi fuerza había desaparecido.

—No es nada. —Me contuve, sintiendo cómo las incipientes ganas de llorar comenzaban a tomar forma, interponiéndose entre mi control y yo—. Será mejor que me vaya.

Antes de irme, y con todo el dolor de mi corazón, tomé la cadena entre mis manos y le di un tirón, dejándola sobre la cama.

—Lo siento.