69
Eve
No pasó mucho tiempo antes de que volviera.
Lo noté en la forma en la que el ambiente cambió.
No podía dejar de rememorar lo ocurrido, buscando alguna pista que me dijese algo más sobre el individuo al que me había enfrentado en la cocina.
Teníamos el cuchillo, tal vez podríamos sacar algo de él, algún resto de sangre, biológico…
Algo que nos dijese quién se escondía tras ese casco.
—Eve.
Alcé la mirada.
Dante estaba apoyado en el marco de la puerta, con ese porte que solo él tenía.
Dos metros de italiano enfundado en un traje gris y camisa blanca que llevaba arremangada hasta los codos.
Tragué saliva. Sintiéndome observada de esa manera, con esa seriedad distinta, más contenida, como si ya supiera que lo que iba a escuchar no le iba a gustar.
Marlene apretó suavemente el brazo antes de soltarme.
—Luego hablamos —murmuró, dedicándome una última mirada cargada de preocupación antes de salir.
La puerta se cerró tras ella, dejándonos solos.
El silencio que quedó entre nosotros se tornó denso, incluso incómodo, cargado de todo lo que ninguno de los dos estaba diciendo todavía.
Dante avanzó un par de pasos, lo justo para reducir la distancia.
—Tenemos que hablar.
Asentí.
No porque quisiera, sino porque ya no había forma de evitarlo. Tomé aire, intentando ordenar todo lo que seguía latiendo dentro de mí, y cuando hablé, lo hice sin rodeos.
—Ha sido Il Corvo.
Sus ojos no vacilaron, pero su cuerpo sí reaccionó, fue un leve cambio, algo imperceptible que delató que aquello no se lo esperaba.
—Explícate.
—No sé, la verdad… —musité—. Hay algo que me dice que es él.
Me incorporé un poco más, ignorando el dolor que seguía latiendo en mi cabeza, y lo miré directamente.
—No tiene sentido que alguien se infiltre aquí dentro con un equipo como el vuestro activo —continué—. No si su objetivo fuera rescatar a alguien o atacar a alguien de forma directa.
Hice una breve pausa, dejando que esa idea se asentara.
—Esto ha sido otra cosa.
Dante frunció el ceño.
—¿Qué viste? —Quiso saber.
Tragué saliva, notando cómo el recuerdo volvía con una claridad incómoda, demasiado viva, como si aún continuase en ese instante.
Le describí toda la escena, cómo nada más salir de su habitación me había dirigido a la cocina dispuesta a hacerme un café, la manera en la que le vi por el rabillo del ojo sin ni siquiera tener que voltearme.
—Le clavé un cuchillo —respondí—. En el muslo.
Sus cejas se alzaron, mostrando asombro.
—¿Y, aun así, escapó?
Asentí.
—Lo escuché gritar, pero eso fue todo —añadí—. Reaccionó, sí, pero no perdió el control en ningún momento, era como si no tuviera nada.
Dante, pensativo, volvió a fijar la mirada en mí, como si aún hubiese algo rondando mi mente.
—No lo comprendo.
—Yo tampoco —le aseguré—. No vino a matarme —comenté, porque esa era la única teoría que empezaba a formarse en mi cabeza—. Pudo hacerlo.
Sacó un cigarrillo del bolsillo de su traje y se lo llevó a la boca para segundos después tendérmelo, ofreciéndome una calada. Lo rechacé.
—No lo hizo —apuntó pensativo.
Negué con la cabeza, yo tampoco comprendía hasta qué punto estaba dispuesto a llegar, ni qué era lo que quería.
—Era como si hubiese entrado para desafiarnos, para medirnos y descubrir a dónde podía entrar sin que nadie lo detuviera. —Suspiré, porque mi cabeza iba a mil por hora y no era capaz de detenerme en un solo pensamiento—. Él… Fue a por mí.
—¿Estás diciendo que te conocía? —preguntó al fin.
Le sostuve la mirada, esta vez sí, con fijeza.
—Estoy diciendo que no era la primera vez que me veía, si no, ¿cómo demonios dio conmigo? ¿Por qué aparecer frente a mí y no frente Alessia? ¿O Marlene?
Dante dejó escapar el aire poco a poco, como si aquello encajara demasiado bien con algo que ya sospechaba.
—¿Algo más?
Asentí.
—Cuando forcejeamos, le rasgué la ropa. —Todo mi cuerpo se tensó al recordarlo, y sentí como una arcada subí hasta mi garganta—. Tenía una marca horrible en la pierna.
Aquello pareció llamar su atención lo suficiente como para que se recostara sobre sus piernas, acercándose un poco más a mí.
—¿Qué tipo de marca?
Cerré los ojos un segundo, trayendo la imagen de vuelta, obligándome a recordarla con precisión.
—No era un tatuaje —murmuré—. Era algo peor, tenía la piel quemada… como si la hubieran sellado con fuego.
Volví a mirarle.
—Un rosetón —resumí—. Uno de seis corazones entrelazados —apunté al mismo tiempo que me pasaba una mano por el cabello—. Parecía un marcaje, como si no fuera un símbolo cualquiera.
Le dio una larga calada al cigarrillo y acabó chafándolo contra el fondo de la taza que había en la mesita de noche.
—Como si fuera un puto animal —masculló en voz baja.
Las palabras salieron de él sin necesidad de empujarlas, era más como un pensamiento que cualquier otra cosa.
Asentí.
Dante sabía algo que yo no conocía, algo que sería clave. Se pasó una mano por la mandíbula, pensativo, y durante unos segundos no dijo nada, como si estuviera encajando piezas que llevaban demasiado tiempo esperando para colocarse en su lugar.
—Solo hay una persona capaz de hacer algo así…