La obsesión del jefe 68
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Eve

—Responde.

No fue un grito, pero fue algo mucho peor.

Mi voz salió baja, con una fuerza que ni siquiera sabía que tenía, porque al final, sí era verdad que esa Eve desprotegida ya no estaba, aunque sentía que una parte de mí aún se resistía a soltar el control.

No contestó.

Ni hizo un simple gesto o un chasqueo.

Nada. Solo ese silencio lento y provocador que ya nos envolvía.

Se llevó un dedo a los labios, pidiéndome silencio, como si tuviera derecho a decidir, como si aquello no fuera una invasión, como si no hubiese irrumpido en nuestra casa sin pedir permiso.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí cómo me latía el corazón en las sienes.

—¿Te crees muy gracioso?

El cuchillo tembló en mi mano, no por debilidad, sino por toda la rabia que estaba conteniendo.

Dio un paso hacia mí, solo uno, y fue suficiente como para que mi espalda chocara contra la encimera.

El aire se me quedó atrapado en los pulmones, y entonces, como si de un flash de luz se tratara, una imagen vino a mí: el coche estrellado.

—Eres tú… —murmuré, con un hilo de voz que se rompió al salir—. El del bosque.

Ladeó la cabeza, despacio, y aunque el casco ocultaba su rostro, sentí la sonrisa. Esa maldita sonrisa de satisfacción.

Se acercó un poco más, invadiendo mi espacio sin prisa, como si supiera exactamente hasta dónde podía tensar la cuerda antes de romperla.

Mi pulso se desbocó.

—¡Contesta, joder!

Nada.

Ni una palabra.

Solo ese silencio que me empujaba al límite.

Entonces lo hizo, alargó el brazo y dejó algo sobre la encimera.

Una bala.

El metal brilló bajo la tenue luz de la cocina, captando mi atención de inmediato, y sentí cómo un escalofrío me recorría de arriba abajo.

Aquello no era un ataque improvisado, era un mensaje y antes de que pudiera procesarlo, el aire cambió.

La cocina comenzó a llenarse de un humo denso y espeso con una rapidez que apenas me permitió actuar, invadiéndolo todo en cuestión de segundos. Los ojos comenzaron a escocerme, obligándome a cerrarlos, a intentar apartarlo con las manos, pero solo conseguí empeorar la situación.

—Mierda…

Tosí, notando cómo los pulmones me ardían, y cómo el oxígeno desaparecía poco a poco. Intenté mantenerme en pie, bajar el cuerpo, buscar el aire donde apenas quedaba, pero en ese instante lo perdí.

Lo perdí a él, y ese fue mi error.

Cuando volví a reaccionar, ya lo tenía encima, demasiado cerca, tanto que gruñí, dejando de pensar.

Alcé el cuchillo antes de que cualquier idea pudiese cruzar mi mente, por puro instinto, clavándoselo en el muslo. El alarido amortiguado que soltó a través del casco me erizó la piel, confirmándome que, al menos, podía hacerle daño.

Me agarró del pelo.

Fuerte.

Demasiado.

El tirón me arrancó un quejido, y durante un segundo todo se desdibujó, arrastrándome a otro lugar, a otro momento, a otras manos que no quería recordar.

Negué con la cabeza como pude, intentando deshacerme de esos malditos recuerdos que me atormentaban.

Tiré de su ropa con las uñas, desgarrándola con una necesidad casi desesperada, y la tela cedió lo suficiente como para dejar a la luz su piel. Y entonces lo vi. Una marca, pero no como un tatuaje, sino como un sello de fuego, profundo, oscuro, y que lo volvía imposible de ignorar.

El mundo se detuvo un instante, el suficiente como para entender que aquello no era casualidad.

No era un simple infiltrado.

Era Il Corvo.

Antes de que pudiera decir nada más, vi como, con un rápido movimiento, sacaba su arma. Durante un segundo que se me antojó eterno, creí que iba a dispararme, pero no lo hizo, sino que giró la pistola y me golpeó en la sien, apagándolo todo.

Todo me daba vueltas, era como si alguien me hubiese arrastrado a un lugar oscuro del que no podía salir.

El dolor fue lo primero que sentí.

Un latigazo en la cabeza me hizo apretar los dientes incluso antes de abrir los ojos. Una fuerte arcada subió hasta mi garganta, avisándome de que algo no iba del todo bien. Me llevé una mano a la boca, intentando deshacerme de ese nudo que se había creado.

—Eve…

Esa voz.

Parpadeé varias veces hasta que su rostro tomó forma frente a mí.

Marlene.

—¿Estoy... soñando?

Mi voz salió estrangulada, débil y tan desorientada como lo estaba yo, como si no acabara de pertenecerme.

Negó al instante.

—No.

Tragué saliva, y el recuerdo llegó después, golpeándome con la misma fuerza que lo hizo Il Corvo.

Me incorporé de golpe, ignorando el mareo que atravesó mi cuerpo.

—La cocina…

—Tranquila —intentó calmarme—. No había nadie cuando llegamos.

Negué de inmediato, llevándome la mano a la cabeza.

—No… estaba ahí.

La miré con fijeza, sintiendo cómo el pulso volvía a acelerarse.

—La alarma…

El silencio que siguió fue denso, cargado de una comprensión que no necesitó palabras. De alguna manera, la alarma había comenzado a sonar, y eso significaba que Il Corvo había salido disparado de allí para que no le pillaran.

—Ha entrado… —murmuré, sintiendo cómo el frío me recorría de pies a cabeza—. Y ha salido sin que nadie lo vea —añadí, sintiendo como las piezas comenzaban a colocarse cada una en su lugar—. Tenemos que descubrir cómo.