La obsesión del jefe 67
71%

67

Eve

Dante no habló de inmediato, sino que se tomó su tiempo, como si cada palabra que iba a decir tuviera un peso que no podía permitirse soltar a la ligera.

Y cuando por fin lo hizo, su tono cambió lo suficiente como para que pudiera entender que estaba entrando en un terreno que no solían compartir con nadie.

—Los Costa no son cualquier familia —empezó, al mismo tiempo que quitaba la ceniza de su cigarrillo y se lo llevaba a la boca—. Son una de las familias más poderosas de toda Sicilia.

No dije nada.

—Durante años estuvieron a la altura de los Moretti —continuó—. Existía una rivalidad abierta y constante. Sangre, traiciones, negocios que acababan por los aires —añadió, como si aquello fuera lo más normal del mundo—. Nadie daba un duro por una tregua entre ambas familias.

—Pero la hubo —murmuré, anticipándome.

Asintió despacio.

—Cuando el abuelo de Luca murió, y Giovanni tomó el poder, cambió las reglas del juego —explicó—. No porque quisiera la paz, sino porque entendió que una guerra abierta con los Costa solo iba a debilitarlo.

Sus palabras se asentaron en mí, dándome una claridad incómoda.

No era nobleza, o bondad, era estrategia.

—Les ofreció un pacto —prosiguió—. Un equilibrio. Ellos mantenían su territorio, nosotros el nuestro, y todos ganaban lo suficiente como para no matarse entre ellos.

—¿Y lo han respetado? —pregunté sorprendida.

—Más de veinte años —respondió sin dudar—. Lo cual, en nuestro mundo es una eternidad.

Bajé la mirada un segundo, procesándolo todo, intentando encajar esa información con todo lo que ya sabía.

—Matteo Costa —dije entonces.

Dante asintió.

—El capu actual —confirmó—. Su padre, Vincezo, murió hace unos años de cáncer.

Algo en su forma de decirlo me hizo fruncir el ceño, porque no hubo un ápice de emoción, sino solo hechos.

—Y desde entonces, Matteo ha mantenido el pacto —continuó—. No solo eso… lo reforzó.

—¿Cómo?

Dante se incorporó ligeramente, acercándose lo justo como para que no perdiera ningún detalle de lo que estaba diciendo.

—Ofreció a algunos de sus hombres para trabajar con Luca —explicó—. Como muestra de lealtad, y como apuesta de futuro.

Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.

—¿Apuesta?

—Matteo no es idiota —añadió—. Sabe perfectamente que Giovanni no es eterno, y que cuando caiga, alguien tendrá que ocupar su lugar.

Una pausa.

—Y ese alguien es Luca.

El aire se me quedó atascado en el pecho, porque no, no era solo una guerra, era un tablero entero moviéndose bajo nuestros pies.

—¿Y qué gana Matteo con todo esto? —cuestioné, sin apartarle la mirada.

Dante esbozó una sonrisa ladina.

—Asegurarse de estar en el bando correcto de la historia cuando todo esto estalle por los aires.

Silencio.

Denso.

Pesado.

—Pero hay algo más —añadió entonces, y su tono cambió—. Pero hay algo que no encaja del todo.

—¿El qué?

—Tiene problemas dentro de su propia familia, o eso nos ha contado nuestro informante —respondió—. Una hermana.

Mi cabeza iba a mil por hora, en todas las familias había problemas, pero algo me decía que los que tenía Matteo iban a hacer estallar una maldita guerra.

Fruncí el ceño.

—¿Qué clase de problemas?

Dante negó despacio.

—No lo sé con exactitud —aseguró al mismo tiempo que le daba otra calada al cigarrillo—. Pero lo suficiente como para que Matteo no pueda controlarlo todo desde dentro, y eso —añadió, clavando sus ojos en los míos— en nuestro mundo es peligroso.

Asentí, sintiendo cómo toda esa información iba tomando su lugar, mostrándome un mapa que no acababa de gustarme.

—Así que tenemos una familia poderosa, un pacto que lleva años en pie, y grietas internas —murmuré.

—Exacto.

—Perfecto —añadí con sorna—. Justo lo que necesitábamos.

—¿Qué hay de La Mort? —cuestionó.

Una sonrisa pilla se esbozó en mis labios.

—En realidad no tenemos demasiado, solo conjeturas, y aún tenemos que hilar cabos —le respondí al mismo tiempo que me ponía en pie—. Gracias por la info.

Le guiñé un ojo y salí de allí, escuchando cómo maldecía para sus adentros.

Me encaminé hacia la cocina, y entré sin siquiera encender las luces, dejándome envolver por esa penumbra suave que apenas era capaz de romper la oscuridad de la tarde.

Me apoyé en la encimera mientras ponía la cafetera en marcha, escuchando el sonido del agua calentándose, intentando centrarme en algo tan simple como aquello.

Pero no lo conseguí, mi mente seguía girando.

Luca.

Dante.

Il Corvo.

La Mort.

Los Costa.

Eran demasiados.

Apoyé las manos sobre el mármol, inclinándome ligeramente hacia adelante, cerrando los ojos un segundo, intentando respirar con normalidad.

Fue entonces cuando lo sentí.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, fue como si notase una presencia tras de mí.

Abrí los ojos despacio, sin moverme, notando cómo el corazón comenzaba a latirme con más fuerza, cómo la sangre se aceleraba bajo mi piel sin que pudiera hacer nada por frenarlo.

Giré apenas la cabeza, lo suficiente como para verlo. Una silueta, de pie, a mi espalda, y el pulso se me desbocó.

Me volteé del todo, dando un paso atrás sin darme cuenta, con el cuerpo en tensión, y preparado para reaccionar, aunque no supiera cómo.

—¿Quién cojones eres?