66
Eve
Necesitaba respuestas.
Algo a lo que aferrarme que no fuese el sonido constante de las máquinas o de la imagen de Luca detrás de ese cristal, inmóvil, distante, como si aún estuviera a medio camino entre quedarse o desaparecer.
Por eso fui a buscar a Dante.
Recorrí los pasillos con un propósito claro, dejando atrás el peso que me oprimía el pecho, obligándome a centrarme en otra cosa, en algo que me mantuviera en pie.
Cuando llegué a la puerta, no llamé.
Entré.
—Te vas a volver loco ahí d… —empecé a decir, pero las palabras se quedaron a medio camino cuando mis ojos se percataron de lo que de verdad estaba viendo.
Alessia salía del baño, tranquilamente mientras Dante continuaba sumergido en sus documentos con la camisa a medio cerrar y el pelo revuelto.
Frené en seco, había algo en su sonrisa, en la forma en la que se recolocaba el cabello, en cómo evitó mirarme directamente a los ojos, que me dejó clavada en el sitio durante un segundo demasiado largo. Mi amiga, sí, la misma que tenía una mueca socarrona en los labios se acercó y me dijo:
—Luego te cuento. —Pasó por mi lado, rozándome apenas, como si aquello fuese un secreto que no estaba dispuesta a compartir, al menos por el momento.
Parpadeé confusa, intentando procesarlo, mientras la puerta se cerraba tras mi espalda.
Entonces, miré a Dante.
—No pienso decir nada al respecto —se adelantó, apoyándose contra la mesa con esa tranquilidad que siempre intentaba aparentar.
Achiqué los ojos, analizándole, pero no insistí.
No era por eso por lo que había ido, en realidad era por todo lo que había leído en los papeles que Luca tenía sobre su escritorio.
Sí, tal vez no debería haber mirado ahí, pero lo cierto era que ya me estaba cansando un poco de tener que mantenerme al margen y limitarme a ser la princesa en apuros.
—¿Quiénes son los Costa? —pregunté sin rodeos.
Su expresión cambió. No fue algo evidente, pero sí lo suficiente como para que supiera que había tocado la tecla adecuada.
—Vaya… —murmuró, ladeando la cabeza—. Directa.
No respondí.
—¿Dónde está la Eve que conocí? —añadió, observándome con detenimiento, como si estuviera intentando encontrarla en algún rincón de mí.
—No está.
—Ah, ¿no? —cuestionó sorprendido por mi pregunta.
—No, está muerta —sentencié con calma, sin rastro de duda.
Y no fue una frase vacía, era la verdad.
Algo en su gesto se tensó, sonrió ladino, pero no dijo nada al respecto.
—¿De dónde has sacado tú ese nombre? —preguntó finalmente.
—De los documentos de Luca —respondí—. No deja nada al azar… y yo tampoco pienso hacerlo.
Se pasó una mano por la barba, pensativo, evaluando hasta qué punto debía hablar.
—Digamos que tenemos algunos tratos con ellos —dijo al fin.
No fue suficiente, no cuando quería ser una parte activa de todo lo que estaba sucediendo.
—¿Qué tipo de tratos? —cuestioné, avanzando un paso, sin darle espacio para esquivar la pregunta.
Dante dejó escapar un suspiro, volteando la mesa y volviéndose a sentar, como si hubiese aceptado que no iba a ser tan sencillo escaparse de mí.
—Antes de ir a por Giovanni… —empezó, midiendo cada palabra—. Nos encargábamos de otras cosas.
Esperé.
—Movíamos mercancía —continuó—. Cocaína, principalmente, y nos dedicábamos a la protección.
Fruncí el ceño.
—¿Protección?
—A familias, negocios, gente con dinero que prefería pagar por tranquilidad antes que enfrentarse a lo que hay ahí fuera —aclaró—. Nosotros nos encargábamos de que nadie tocara lo que no debía.
Y entonces la pieza encajó.
No solo habían sido parte del equipo de Giovanni, por cosas obvias, sino que además también eran parte de ese sistema podrido.
Claro que lo eran, ¿en qué momento pude haber pensado que no eran como Giovanni?
—¿Y los Costa?
—Son uno de esos contactos —respondió—. Importantes. Más de lo que parece a simple vista.
Asentí despacio, dejando que la información se asentara, pero no me desvié.
—Quiero que me lo cuentes todo —dije entonces, con firmeza—. Sin filtros. Sin protegerme.
Dante me observó en silencio.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Sí lo sé —repliqué—. Y, aun así, lo quiero.
Me acerqué un poco más.
—Háblame tú de Il Corvo —añadió, bajando la voz—. Quiero saberlo todo sobre él.
Apreté la mandíbula.
—Trato hecho —sentencié al mismo tiempo que le tendía la mano.
Mi respuesta le sorprendió.
—Eve…
—No —le corté—. No voy a quedarme al margen otra vez, no después de todo.
El silencio que se instauró entre ambos se volvió denso, cargado de todas esas dudas que no estaba expresando, y lo cierto es que poco me importó. Había tomado una decisión e iba a ser inamovible.
Dante me sostuvo la mirada durante unos segundos que se me antojaron eternos, como si estuviera tomando una decisión que iba más allá que aquella conversación.
—Está bien —murmuró.
Se incorporó un poco, acercándose lo justo.
—Te lo contaré todo.