La obsesión del jefe 65
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Eve

Corrí antes siquiera de ser consciente de haber empezado a hacerlo.

El nombre seguía golpeándome por dentro, en mi cabeza, como un mantra imposible de ignorar mientras atravesaba los pasillos sin ver realmente lo que tenía delante, respirando a trompicones, con el corazón desbocado y una única idea clavada en mi mente.

Luca.

No llegué sola.

El sonido de los pasos a mi alrededor, las voces, el caos… todo se mezclaba en un murmullo confuso mientras nos acercábamos a la enfermería, donde el movimiento ya era más que evidente.

Gente entrando y saliendo.

Órdenes.

Tensión.

Y cuando intenté cruzar la puerta, una mano firme se interpuso en mi camino, obligándome a detenerme en seco.

—¿Quién demonios te crees que eres? —vociferé al principio, sintiendo como todo se revolvía en mi interior.

—No puedes pasar —me dijeron, sin dureza, pero sin margen de discusión.

—Déjame —exigí, intentando apartarlo, aunque apenas tenía fuerza—. Déjame verlo.

—Está consciente, pero no estable —añadió—. Necesitan espacio.

El mundo se detuvo un segundo.

Consciente.

La palabra se clavó en mi pecho con una intensidad que me dejó sin aire.

—Está despierto… —murmuré, más para mí que para ellos.

No insistí más.

Porque sabía que no iba a servir de nada.

Retrocedí un paso y luego otro, hasta que encontré el cristal que nos separaba.

Mis manos se apoyaron en este casi sin darme cuenta, buscando a través de esa barrera absurda lo único que me importaba en ese momento. Tenía el corazón latiéndome en la garganta, y los ojos repletos de lágrimas de algo que no supe descifrar, ¿alivio?

Contuve el aliento, cuando mi mirada lo encontró.

El mundo pareció detenerse bajo mis pies, y por un instante creí que me desmoronaría. Ahí estaba Luca, pálido, débil, conectado a varias máquinas que marcaban cada segundo de su vida.

Pero ahí estaba.

Tenía los ojos entreabiertos, su respiración era lenta, pesada, como si cada movimiento le costara más de lo que debería.

Tragué saliva, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a nacer sin permiso.

—Luca… —susurré.

No me importó.

Alcé una mano, apoyándola contra el cristal, como si pudiera alcanzarle de alguna forma, como si ese gesto pudiera romper la distancia que nos separaba.

Durante un segundo, su mirada se desvió, desorientada, y se acabó posando en mi dirección.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que incluso llegó a dolerme.

—Estoy aquí… —murmuré con la voz rota, intentando esbozar una sonrisa en mis labios a pesar de que todo en mí temblaba—. Estoy aquí…

Esperé un gesto, una reacción, algo que me dijera que realmente su mal no había llegado a algo peor, ya que después de una paliza como la que le habían dado y de recibir el disparo, podía tener muchas complicaciones.

Pero no.

No llegó.

El estómago se me encogió, al mismo tiempo que mis brazos se cruzaban sobre mi pecho, intentando calmarme.

Sentí como algo dentro de mí se hundía despacio, como si la esperanza que acababa de encenderse se apagara en el mismo instante en el que había nacido.

Bajé la mirada, incapaz de sostener ese vacío, notando cómo las lágrimas comenzaban a caer sin control.

No hice ruido, no me derrumbé… Solo me quedé ahí.

Lloré en silencio, como si apartar la vista fuera una forma de perderle de nuevo.

No supe cuánto tiempo pasó, solo que, en algún momento, una mano se posó sobre mi brazo con suavidad y firmeza. Cabeceé en su dirección, encontrándome a mi amiga: Marlene.

—Eve —susurró—. Ve conmigo.

Negué despacio, sin apartar la mirada de él.

—No quiero irme.

—No te estoy pidiendo que te vayas —respondió con calma—. Solo que descanses un poco mientras lo estabilizan, y cuando puedas entrar, lo hagas tranquila.

Sus palabras no fueron insistentes, no me empujaron a marcharme de allí, sino que me envolvieron, sosteniéndome con cuidado.

Respiré hondo, aunque el aire apenas entraba en mis pulmones, y al final asentí con un leve movimiento de cabeza.

Porque sabía que tenía razón, y porque, si me quedaba un segundo más, iba a romperme delante de todos.

Me separé del cristal con lentitud, como si hacerlo doliera más en el plano físico que mental, y antes de darme la vuelta, lo miré una vez más.

—No te vayas —susurré, sin que apenas me pudieran escuchar.

Luego me fui.

El camino hasta la habitación fue difuso, como si caminara dentro de algo espeso, sin pensar realmente en cada paso que daba, dejándome guiar por Marlene hasta que la puerta se cerró a mi espalda y el silencio volvió a caer sobre mí como un bálsamo.

—Luego vengo a por ti —me informó para segundos después depositar un dulce beso sobre mi mejilla derecha.

Asentí con un ligero movimiento de cabeza.

Caminé hacia el interior, hasta que entonces algo me llamó la atención bajo la cama, un destello que no comprendía qué hacía ahí.

Me agaché con cuidado. Contuve la respiración mientras me inclinaba un poco más, alargando el brazo con un esfuerzo que me tensó hasta el último músculo, como si aquel gesto fuera mucho más que eso.

Cuando mis dedos lo rozaron, supe que ya era tarde para echarme atrás.

Lo saqué despacio, y el corazón se me detuvo.

—Un anillo… —susurré, sin reconocer del todo mi propia voz.

Me quedé allí, en el suelo, sentada sobre la alfombra, con la joya entre mis dedos, siendo incapaz de moverme, de pensar, o de hacer cualquier cosa que no fuera mirarlo.

Era de oro blanco.

Sencillo, elegante… perfecto.

El diamante en el centro capturaba la luz y la devolvía con una intensidad casi hiriente, como si brillara con vida propia, como si guardara algo dentro que no podía ignorar.

Mis manos comenzaron a temblar.

No fue un temblor suave, sino uno profundo, incontrolable, que me recorrió entera mientras la realidad empezaba a asentarse poco a poco, abriéndose paso con una lentitud cruel.

Tragué saliva, sintiendo cómo la garganta se me cerraba. Abrí el primer cajón de la mesita de noche, dispuesta a guardarlo, y entonces encontré una carta.

La desdoblé con cuidado, demasiado, como si temiera romper algo que iba más allá del papel.

Querida Eve:

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

Ahora mismo, aunque te sorprenda, me aterra todo. No quiero imaginar una mañana sin ti, ni contemplar la posibilidad de que algo salga mal cuando me enfrente a lo que nos espera.

Pero si salgo de esta, si consigo matar a mi padre… Pienso casarme contigo.

Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado, sin importar el precio, sin importar el mundo que tengamos que destruir para conseguirlo.

Un sollozo se me escapó sin permiso. Apreté los labios, intentando contenerlo, pero fue inútil.

Las palabras comenzaron a desdibujarse ante mis ojos, no porque no pudiera leerlas, sino porque el dolor las volvía demasiado reales.

Cada vez que pienso en lo que hicieron, siento como algo arde dentro de mí con una fuerza que no sé controlar.

Quiero matarlos, a todos.

Pero antes tengo que acabar con mi padre, no solo por ti, sino por mi hermana. No lo hago porque tú lo necesites o lo haga ella, sino porque no puedo vivir en un mundo en el que ellos siguen respirando el mismo aire que vosotras.

Cerré los ojos un instante, notando cómo las lágrimas comenzaban a caer sobre el papel, manchando la tinta, llevándose parte consigo.

Puede que no haya gestionado esto de la mejor manera, ni siquiera sé si lo haré en algún momento, pero lo que tengo claro es que no pienso permitir que sigan viviendo. No cuando ha condenado tantas vidas, no cuando lo han hecho contigo.

Cuando supe lo que estaba haciendo, me separé de todo, incluso de mi propia hermana. No porque ella hubiera hecho algo malo, sino porque no había sido suficiente buen hermano como para percatarme de todo lo que ella había estado sufriendo hasta que fue demasiado tarde.

Tal vez me hayas hecho perder la poca cordura que me queda, o puede que seas lo único que me mantiene en pie.

No lo sé.

Lo único que tengo claro es que quiero una vida a tu lado, en cualquier lado, lejos de todo esto…

Aunque ahora mismo parezca imposible.

Mi respiración se rompió por completo.

Te dije que ojalá te hubiese encontrado en otra vida… Y ahora sé que sería capaz de encontrarte en cualquiera, porque mi corazón y mi alma siempre serán tuyos.