64
Eve
Los pasos resonaron más rápido de lo que mi cabeza era capaz de procesar, como si algo dentro de mí hubiese reaccionado antes de entender realmente qué estaba ocurriendo.
Visita.
Esa palabra continuaba retumbando en mi cabeza como un mantra cuando crucé el pasillo casi corriendo, esquivando a todo aquel con el que me cruzaba, ignorando las voces que intentaban detenerme, porque algo en mi pecho había cambiado. Tenía un presentimiento, algo que me hacía sentir más viva.
No era miedo.
Llegué al final del ventanal sin frenar, apoyando las manos contra el cristal, buscando fuera aquello que había provocado todo aquel movimiento, y entonces los vi.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
—No puede ser… —susurré.
Allí estaban.
Andrei y Marlene.
El mundo se detuvo un segundo, el suficiente como para que todo lo demás dejase de importar, y en cuanto las puertas comenzaron a abrirse, no esperé a que nadie me dijera nada. Corrí. No lo pensé, no medí ni calculé.
Solo corrí hacia ellos como si mi cuerpo hubiera recordado algo que mi mente aún no terminaba de alcanzar, y cuando estuve lo suficientemente cerca, fue automático.
Me lancé.
Los brazos rodearon a Marlene antes de que pudiera decir una sola palabra, y en cuanto sentí su cuerpo contra el mío… me rompí.
Las lágrimas llegaron sin permiso, calientes, incontrolables, desbordando todo lo que había estado conteniendo hasta ese momento.
—Te he echado de menos —murmuré contra su hombro, con la voz completamente rota.
Ella me sostuvo con fuerza, sin dudarlo, como si nunca se hubiese ido, como si nada de lo que había pasado entre medias importara en ese instante.
—Eve… —susurró, apretándome más—. Mírame…
Negué con la cabeza un segundo antes de separarme, limpiándome las lágrimas con torpeza, aunque sabía que no serviría de nada.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, incapaz de apartar la mirada de ella—. ¿Cómo…?
Mi vista saltó a Andrei, como si necesitara confirmarlo, como si aún no terminase de creerme que estaban allí, en ese palazzo, en medio de todo aquello.
—No puede ser —repetí, más bajo esta vez.
Andrei esbozó una ligera sonrisa, contenida, pero cargada de algo más profundo que no supe identificar al instante.
—Nosotros también nos alegramos de verte —respondió con calma.
Negué despacio, todavía procesando lo que veían mis ojos.
—No… no lo entendéis —insistí—. Esto… —Miré a mi alrededor, como si el propio palazzo fuese a darme una explicación—. No tiene sentido que estéis aquí.
Marlene tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a centrarme en ella.
—Estamos aquí —dijo con firmeza—. Y eso es lo único que importa ahora.
Tragué saliva, sintiendo cómo mi respiración aún seguía agitada por todo lo que estaba viviendo, como si aún no terminara de asumir que aquello era real.
Había pasado tanto tiempo sola en la cabaña de la montaña, alejada de todo el mundo, y luego en aquel palazzo lleno de desconocidos, que tenerle conmigo era como un bálsamo para mi corazón.
—Han pasado tantas cosas… —murmuré con pesar.
Cogió mis manos con cariño, apretándolas lo suficiente como para hacerme sentir su presión en ellas.
—Lo sé —respondió ella con cariño, sin apartar los ojos de los míos—. Pero ahora estamos aquí, contigo.
Asentí, aunque una parte de mí sabía que nada era tan sencillo.
Nunca lo era.
El murmullo a nuestro alrededor seguía, contenido, tenso, como si todo el mundo aguardase por algo que aún no había ocurrido.
—Te he echado tanto de menos…
Marlene besó mi mejilla, y por primera vez después de mucho tiempo sentí que podía pertenecer a algún lugar, y ese estaba a su lado.
Antes de que pudiera decir nada más, la alarma volvió a sonar.
Aguda, brutal, atravesando el aire como un maldito disparo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, el latir de mi corazón se revolucionó y la respiración se me cortó al segundo.
Miré a mi alrededor, esperando que alguien actuase, notando cómo la adrenalina comenzaba a correr a una velocidad sobrenatural por mis venas.
Marlene me miró confundida, y entonces, algo en lo más profundo de mis entrañas me dijo que él estaba en peligro.
—Luca.