La obsesión del jefe 63
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Eve

—¿Hay algún problema? —pregunté, sosteniendo la mirada a Dante. aunque por dentro todo en mí se tensaba, como si mi propio cuerpo ya supiera que la respuesta no iba a gustarme.

No contestó de inmediato, permitió que todo el mundo saliera, tomándose su tiempo. Me observó con esa calma suya que no era para nada real, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla. Cuando por fin habló, lo hizo, me dejó claro que no era una simple duda.

—Sí —anunció—. No me fío de Valentino.

El golpe fue seco y directo.

Parpadeé despacio, procesándolo, porque no era algo que no hubiera pensado antes, pero escucharlo en voz alta, en la boca de Dante, le daba otro peso y significado.

—¿Ha hecho algo? —pregunté, intentando mantener el tono estable, aunque una parte de mí ya estaba en alerta.

Dante negó con la cabeza, pero su expresión no se suavizó.

—No necesito que haga algo —respondió—. Es cómo se mueve, cómo observa… como si siempre estuviera buscando la salida. No me gusta.

Bajé la mirada un segundo, dejando que esas palabras se asentaran en mi interior, porque no podía decirle que estaba equivocado, pero tampoco podía darle la razón sin más.

—No creo que nos tengamos que preocupar —murmuré al final, volviendo a alzar la mirada hacia él—. No puedo asegurarte nada, solo que una parte de mí quiere pensar que si se puso en peligro por su hermano, es por algo.

Dante no dijo nada.

El silencio duró más de lo que creí que lo haría, porque ambos sabíamos que estábamos pisando un terreno un poco complicado.

—Luca confió en él —añadí entonces, con más firmeza—. No lo haría a la ligera.

Su mandíbula se tensó apenas un segundo.

—Luca también comete errores —replicó.

—Todos los cometemos —contraataqué—. Pero si hay una mínima posibilidad de que Valentino esté de nuestro lado, tenemos que darle una oportunidad.

Dante me sostuvo la mirada durante unos segundos más, evaluando cada palabra, cada gesto, como si intentara leer más allá de lo que estaba diciendo, y al final, dejó escapar un suspiro.

—Una —sentenció—. Pero no voy a apartar los ojos de él.

Asentí.

No podía pedirle que confiase en él cuando ni siquiera yo misma sería capaz de poner la mano en el fuego por él, no cuando Valentino había formado parte de un pasado oscuro que solo deseaba olvidar.

No añadí nada más.

Me di la vuelta y salí de la sala con el pulso aún acelerado, dejando atrás esa tensión que parecía pegarse a la piel como una segunda capa, y me obligué a avanzar sin detenerme, porque si me quedaba quieta, iba a empezar a dudar de todo, y era algo que no podía permitirme.

No ahora.

Recorrí los pasillos sin rumbo alguno, dejándome guiar más por la intuición que por otra cosa, hasta que algo me empujó en una dirección concreta.

La enfermería.

No sabía si iba a encontrarle allí, pero cuando llegué y le vi, supe que no me había equivocado.

Valentino estaba de pie en la puerta, inmóvil, con la mirada fija donde Giovanni permanecía sedado, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo fuera.

Durante unos segundos no dije nada.

Me quedé observándole desde la distancia, fijándome en la rigidez de su postura, en la forma en la que sostenía el cigarrillo entre los dedos como si fuese lo único que le mantenía anclado a la realidad.

Había algo en él, algo que no encajaba con la imagen que siempre proyectaba, algo más roto.

Cerré la puerta del pasillo con suavidad y me acerqué despacio, hasta quedarme a su lado, lo suficientemente cerca como para sentir su presencia, pero sin invadir ese espacio que parecía necesitar.

—¿Cómo estás? —pregunté en voz baja.

No me miró.

—¿Sabes lo curioso? —murmuró tras unos segundos, expulsando el humo con lentitud—. Que no siento nada.

Fruncí el ceño, sin entender del todo a qué se refería, pero antes de que pudiera preguntar, continuó.

—Ni rabia, ni odio —añadió—. Nada.

Su voz no tembló.

Eso fue lo peor.

Giró ligeramente la cabeza hacia mí, lo justo para que pudiera ver la oscuridad en sus ojos, esa que no tenía fondo, como un vacío que llevaba demasiado tiempo creciendo sin que nadie lo detuviera.

—Cuando éramos pequeños… —empezó, y su tono cambió lo suficiente como para que supiera que estaba entrando en un terreno que no solía pisar—. Giovanni tenía problemas de ira.

El aire se me quedó atascado en el pecho.

—A Luca y a mí nos apalizaba —continuó, sin adornos, sin dramatismo—.

Cada vez que algo no salía como él esperaba…

Yo solo quería que él fuese mi padre de verdad.

—Su voz sonó diferente, incluso estrangulada—.

Todas las noches le preguntaba a mi madre si algún día podríamos vivir todos juntos, ella se limitaba a besar mi frente con ternura al mismo tiempo que esbozaba una mueca triste en sus labios.

—Se giró hacia mí, y me miró con pesar—-.

Pobrecita… Se había enamorado de un capullo.

Sentí pena por ella, porque algo me decía que esa mujer no se había enamorado de Giovanni, sino que había sido una más en su larga lista, por lo que decidí mantenerme en silencio.

—Elisa aún no había nacido.

Sentí cómo algo se me encogía por dentro, un nudo que se formó sin pedir permiso y que no supe cómo deshacer.

—Durante muchos años creí que ese era el precio real por ser el hijo que siempre había querido ser.

—Suspiró para segundos después llevarse el cigarro a la boca y darle una larga calada que lo consumió casi por completo—.

Porque a pesar de todo, lo único que deseaba era estar a su lado, que me tratase como lo que era: sangre de su sangre.

Bajé la mirada, siendo incapaz de sostener la suya, porque lo que estaba diciendo no era solo el pasado, era la raíz de todo lo que eran en la actualidad.

—Mi madre murió cuando no tenía más de diez años —me explicó, abriéndose por completo—.

Desde entonces estuve metido en un internado, al que venía a verme una vez al mes —continuó—.

Cuando tenía quince me sacó de allí para instruirme, comenzó a enseñarme lo que era el mundo de la mafia…

—Una lágrima se le escapó—. Me alejó de todo, de lo único que conocía.

Luca. Hasta de él lo había escondido.

—Y ahora… —murmuró—. Ni siquiera sé qué se supone que debería sentir al verle así.

El silencio volvió a instaurarse entre ambos, más pesado que antes, cargado de todo lo que no me atrevía a decirle.

Abrí la boca para responder, para decirle algo que no sonara vacío, pero no me dio tiempo, ya que unos golpes secos en la puerta nos sacaron de ese momento. Ambos nos giramos a la vez.

Uno de los hombres de Luca apareció en el umbral, con el gesto tenso.

Un nudo de nervios se creó en mi estómago y subió hasta mi garganta.

—Tenemos visita.