La obsesión del jefe 62
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Eve

—No solo ellos forman parte de ese círculo —continuó Valentino—. Los que tenían acceso a este tipo de recursos no eran simples hombres de confianza de mi padre… eran piezas clave dentro de la estructura.

Alessia giró ligeramente la cabeza hacia él, observándolo con más atención de la que había mostrado hasta el momento.

—¿Y tú? —preguntó sin rodeos.

Valentino esbozó una sonrisa tenue, amarga, de esas que no nacen de algo bonito, sino de una verdad que ya no duele porque se ha asumido tiempo atrás.

—Yo no —respondió con calma—. Nunca tuve esos coches, ni siquiera beneficios.

No añadió nada más, pero no hizo falta.

Lo entendí en el instante en el que sus palabras se asentaron en el aire, en ese silencio breve que siguió porque no hablaba solo del vehículo de beneficios, como él lo había llamado, hablaba de la importancia que su padre le había dado en su vida.

Y por primera vez desde que le conocí, sentí pena por él.

No lo suficiente como para olvidar quién era, ni todo lo que había hecho a escondidas de Luca, pero sí lo bastante como para ver la grieta que se había hecho en esa coraza que siempre llevaba alzada.

Aparté la mirada antes de que se diera cuenta.

—Entonces Il Corvo… —murmuré, retomando el hilo, porque no podía permitirme quedarme ahí— también forma parte ese círculo.

Valentino alzó la cabeza, y esta vez no hubo duda en su respuesta.

—Il Corvo es mucho más —afirmó—. No está dentro del sistema… él lo alimenta, lo sostiene.

El peso de sus palabras cayó entre nosotros con una contundencia que hizo que Dante se detuviera en seco.

—¿Il Corvo? —repitió, girándose hacia nosotros con el ceño fruncido—. ¿De qué cojones estáis hablando?

Intercambié una breve mirada con Valentino antes de responder, consciente de que aquello cambiaba el tablero por completo.

—De alguien que no existe —expliqué—. Alguien a quien no hemos visto, pero que se mueve entre Giovanni y La Mort sin dejar rastro, es una pieza clave en la vida de patriarca de los Moretti.

Dante permaneció en silencio unos segundos, procesándolo, y su expresión fue endureciéndose poco a poco, como si cada pieza que encajaba le gustase menos que la anterior.

—¿Y no se os había ocurrido mencionarlo antes? —inquirió, con una calma que no sentía.

—No teníamos nada —intervino Valentino—. Solo teorías.

—Pues ahora lo tenemos —replicó Dante—. Y eso lo cambia todo.

Se pasó una mano por el rostro, respirando hondo, como si estuviera reorganizando cada movimiento a partir de ese nuevo dato, y cuando volvió a hablar, ya no quedaba rastro de esa calma que quería aparentar.

Sacó el teléfono, marcó rápido, puso el altavoz y nada más descolgar al otro lado ordenó:

—Quiero que busques cualquier mención a Il Corvo, me da igual de dónde salga, bases de datos, archivos, grabaciones… Lo que sea.

—Es muy complicado encontrar algo así—respondió Andrei al otro lado del teléfono—. Es como buscar una aguja en un pajar.

—Si hay alguien que pueda encontrarlo eres tú.

—Gracias por la confianza. —Rio el pequeño de los Romanov al otro lado del teléfono.

—Luego hablamos.

Colgó, y vi como su mirada se desviaba hasta posarse en la mujer de mi lado.

—Alessia, revisa cámaras, perímetro completo —continuó—. Quiero saber si ese coche llegó solo o alguien lo trajo aquí, haz una revisión de todas las cámaras de seguridad a las que Andrei pueda conectarte.

—Hecho.

—Valentino —añadió, clavando los ojos en él con desconfianza—. Tú vendrás después conmigo.

Vi como el Moretti apretaba la mandíbula, y le rogué al universo que no decidiera contestarle de mala manera. Podía sentir la tensión que nos rodeaba cuando Dante y él estaban cerca, y no era precisamente de la buena.

Valentino se limitó a asentir en silencio, obviando lo que yo ya había notado. Se lo agradecí con una caída de ojos, porque lo último que necesitábamos eran más enfrentamientos y más mierda que gestionar.

Dante se puso en pie y dio un par de palmas al aire, secas y firmes.

—Cada uno a lo suyo, no se os ha perdido nada aquí.

El grupo comenzó a dispersarse casi de inmediato, cada uno ocupando su lugar dentro de aquel engranaje que empezaba a girar con una velocidad inquietante, como si todo hubiese entrado en una fase distinta de la que ya no habría vuelta atrás.

Yo también me moví, aún con la sensación de que había algo que no encajaba de esa forma tan perfecta con la que esperaba que lo hiciera, de que Il Corvo no era solo una pieza más, sino el eje alrededor del cual giraba todo lo demás.

—Eve.

La voz de Dante me detuvo antes de que pudiera atravesar la puerta de salida del gran salón.

Me giré sobre mis talones, despacio, y cuando lo hice me encontré con una mirada distinta, llena de una intensidad contenida, pero más personal, algo que jamás creí que vería en sus ojos.

—¿Podemos hablar?