61
Eve
Durante unos segundos permanecí completamente inmóvil frente al coche, siendo incapaz de procesar lo que tenía delante.
Todo gritaba muerte, salvo el hecho de que allí no había nadie.
El silencio pesaba más que el propio accidente, porque a pesar de que había intentado evitarlo, mi mente no dejaba de trabajar sin descanso a una velocidad de vértigo.
No era capaz de comprender cómo alguien podía haberse colado en el recinto, estaba todo vallado, y además, ¿para qué?
Si nos querían distraer, ¿qué demonios querían conseguir?
Eran tantas las preguntas que ni siquiera era capaz de detenerme en una, mi mente iba a mil, tanto que apenas escuchaba lo que ocurría a mi alrededor.
—Hay algo que no me cuadra —musité.
Dante no dejaba de caminar de un lado a otro, como si intentase aclararse, igual que lo intentaba yo. Nada tenía sentido, y mucho menos cuando Giovanni estaba siendo custodiado por cuatro hombres, además del doctor y su ayudante. No podrían entrar de ninguna de las maneras.
—Joder… —escupió Dante, y esta vez no fue una palabra, fue un golpe.
Su puño impactó contra la carrocería con tanta fuerza que el sonido reverberó en el aire, violento, arrancándome un leve temblor que me recorrió de pies a cabeza.
Me tensé, y no por el ruido, sino por él, porque Dante no acostumbraba a perder el control, y mucho menos de aquella manera.
Se pasó una mano por la cabeza, respirando hondo, conteniéndose por pura fuerza de voluntad, mientras sus ojos recorrían el coche como si quisieran encontrar algo que no estaba allí.
—Quiero que saquéis huellas, restos, sangre, lo que cojones sea, como si es un puto pelo, pero quiero que reviséis cada maldito centímetro de este vehículo.
Los hombres se movieron al instante.
—Andrei —añadió, llevándose la mano al oído para hablar con este por el pinganillo—. En cuanto tengas algo, lo quiero en la pantalla, hackea cualquier dispositivo que haya dentro del coche.
Asentí para mí misma, observando el interior destrozado mientras mi mente continuaba girando sin control. Nada de lo que estaba ocurriendo tenía sentido, ¿cómo iba a ir un coche a esa velocidad sin tener un conductor? Y en el caso de que lo tuviera, ¿por qué no quedaba ni rastro?
—¿En serio creéis que alguien querría salvar a ese malnacido? —cuestionó Alessia, pasando al otro lado del coche.
Cogí aire y lo dejé ir a modo de suspiro, Alessia no conocía a Giovanni, y mucho menos a La Mort, no comprendía hasta dónde podía llegar su poder, y eso hacía que infravalorasen a lo que nos estábamos enfrentando.
—Obviamente —respondí.
—Si Giovanni no vuelve… —La voz de Valentino sonó a mi espalda, esta vez más baja—, esto va a convertirse en una carnicería.
Giré la cabeza hacia él.
—¿A qué te refieres?
Se acercó despacio, sin prisa, con esa calma que empezaba a inquietarme más que cualquier estallido de violencia.
—A que el equilibrio que mantiene todo esto en pie es más frágil de lo que crees —explicó—. Sin él, no hay jerarquía… Solo hambre.
Una pausa.
—Y cuando eso pasa, todos quieren el trono.
—Será mejor que hablemos dentro —apuntó Dante.
—Un momento.
Valentino se acercó al vehículo de nuevo, agachándose en el asiento del piloto, hurgó un poco la parte inferior del volante y de este sacó un almacenamiento USB. Lo alzó, mirándome con una sonrisa victoriosa en los labios, hasta que Dante se acercó para arrebatárselo.
—Pasad —ordenó.
Accedimos, mientras escuchaba como Dante coordinaba al resto del equipo.
Sentí cómo el estómago se me encogía, porque no hablaba solo de una guerra, sino de algo peor, de algo oscuro.
—Ese coche… —continuó, señalando el amasijo de hierro—. No es uno cualquiera.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Valentino pasó la mirada por el vehículo, como si estuviera viendo más allá de lo evidente.
—Solo existen cinco ejemplares de este modelo —informó—. Cuatro de ellos están blindados y fueron entregados a los hombres más fieles de Giovanni.
Se agachó ligeramente, observando la estructura con atención.
—Son rápidos, ligeros… y prácticamente indestructibles.
Alcé la vista hacia él.
El pequeño de los Moretti sacó una caja de cigarrillos y se llevó uno a la boca, dándole una larga calada nada más encenderlo.
Por un instante permanecí observándole, encontrándole más de un rasgo similar a los de Luca.
Obviamente no era tan guapo como él, pero debía admitir que ambos tenían ese porte especial que llamaba la atención tan solo con una mirada.
Además, los ojos de Valentino eran azules, como los de Giovanni, mientras que los de Luca eran los más especiales que hubiese visto jamás.
—¿Y quién los tiene?
Valentino no respondió de inmediato. Es más, se levantó cogiendo un fajo de fotografías entre las cuales fue buscando hasta encontrar las adecuadas.
—Vanko Moguilevich —dijo, dejando caer la primera.
La imagen golpeó en la mesa al mismo tiempo que caía boca arriba.
—Dara Smirnov.
La segunda cayó justo al lado, y el corazón me dio un vuelco. Ese nombre… Lo conocía, pero antes de que tuviera tiempo a decir nada, Valentino lanzó la tercera.
—Il Corvo —añadió, con un tono distinto.