60
Eve
—Eve.
La voz de Dante me sacó del bucle en el que estaba metida desde que mi mente recordó su nombre: Il Corvo.
Giré la cabeza hacia él, todavía con el eco del miedo retumbándome en el pecho, como si no fuera solo un nombre, sino una advertencia.
—¿Va todo bien? —preguntó con seriedad, mirando a Valentino.
—Sí, todo bien —aseguré, a sabiendas de que no acababa de confiar en el hombre que tenía a mi lado—. ¿Qué ocurre?
—El equipo está listo —respondió, señalando con un movimiento de su cabeza el pasillo que daba al parking—. Vamos a salir a comprobar el vehículo.
Asentí despacio, notando cómo algo dentro de mí se tensaba.
—Después del impacto no debería de haber sobrevivido nadie —añadió, aunque su tono no transmitía esa seguridad que acostumbraba a portar, sino más bien la necesidad de convencerse a sí mismo.
Eso fue lo que me hizo dudar, porque si algo tenía claro era que Il Corvo no era un hombre torpe que pudiese cometer esa clase de errores. No se estrellaría como un imbécil en unas protecciones como aquellas.
Apreté los labios, conteniendo el impulso de decirlo en voz alta. Aún no era el momento.
—Voy con vosotros —dije al final.
Dante me observó un segundo más de lo necesario, como si estuviese valorando hasta qué punto iba a ser un problema.
—Está bien —aceptó—. Pero te mantienes detrás de mí en todo momento.
No respondí, porque tenía bien claro que no iba a hacerlo.
Nos pusimos en marcha, y el sonido de nuestras pisadas se mezcló con el leve murmullo de los walkies, creando esa atmósfera tensa que precede a algo que aún no ha llegado a pasar, pero que sabes que va a hacerlo.
Al girar el último tramo de pasillo los vi, Alessia ya estaba allí, apoyada sobre el jeep de Luca, con dos chalecos antibalas colgando de una mano y el gesto tenso, aunque su mirada se suavizó apenas un instante cuando vio a Dante.
—¿Has tardado o te estabas peinando? —soltó, sin apartar los ojos de su compañero.
Dante sonrió ladino, con ese gesto arrogante que parecía automático en él.
—No me mires mucho, que aún te enamoras —le respondió, guiñándole un ojo.
Ella bufó, apartándose para darle el chaleco con un golpe seco en el pecho.
—Céntrate, idiota.
—Estoy muy centrado —respondió él, inclinándose apenas lo suficiente hacia ella—. Sobre todo cuando estás cerca.
Alessia negó con la cabeza, pero no retrocedió.
—Como te maten ahí fuera, no pienso llorarte.
—Lo harás —replicó Dante con calma—. Mucho.
Durante un segundo, el ambiente cambió, no fue tensión lo que se respiraba, sino que cientos de chispas saltaban entre los dos.
—¿Podemos dejar la telenovela para otro momento? —intervine, ajustándome el chaleco—. Porque fuera hay alguien que ha decidido estrellarse contra nosotros, y no creo que haya sido por accidente.
Ambos mantuvieron sus miradas fijas, hasta que di dos palmas, sacándolos de ese desafío.
Alessia me tendió el casco sin decir nada más, y cuando me lo coloqué, el mundo se redujo a mi respiración, latidos y ese zumbido constante que nunca terminaba de desaparecer y que llevaba sintiendo desde la explosión en la casona de Giovanni.
Las puertas comenzaron a abrirse lentas y pesadas, y cuando el aire exterior volvió a golpearnos, supe que algo no encajaba.
Los chicos salieron antes, avanzando en formación, con las armas listas, y movimientos coordinados dignos de un ejército.
Nosotros fuimos detrás, paso a paso, sin prisa y sin margen de error.
El coche estaba ahí, destrozado, hundido sobre sí mismo como si lo hubiesen aplastado desde fuera, con el metal retorcido y la carrocería convertida en un amasijo de hierros imposible de desliar.
Nadie podría haber sobrevivido a eso.
—Limpio —anunció uno de los hombres al acercarse.
Fruncí el ceño.
—¿Limpio?
Algo no cuadraba.
Aceleré el paso, ignorando la orden implícita de mantener la posición y cuando llegué al vehículo, lo vi.
O mejor dicho, no lo vi.
—No hay nadie… —murmuré, sintiendo cómo un frío distinto me recorría la espalda.
Las puertas estaban deformadas, el interior era un caos de cristales y hierro, pero no había sangre suficiente, ni cuerpo, no había rastro.
—Eso es imposible —dijo Alessia a mi lado, bajando ligeramente el arma sin dejar de escanear el entorno.
Me agaché un poco, observando el suelo, buscando alguna señal, pisadas, un arrastre… cualquier cosa que indicase que ahí había alguien, pero no había nada, todo estaba demasiado limpio.
Levanté la cabeza despacio, sintiendo como todo el aire se volvía más denso y pesado.
El corazón comenzó a latirme en las orejas con tanta fuerza que ni siquiera podía escuchar. Comencé a respirar a trompicones, el aire no entraba en mis pulmones. Con las manos torpes comencé a buscar el cierre del casco, necesitaba quitármelo, me estaba ahogando.
Caminé alejándome del coche, oyendo de fondo como Alessia me llamaba.
Conseguí quitármelo, y lo lancé lejos, al mismo tiempo que apoyaba las manos en las rodillas, buscando algo de estabilidad.
—Todo ha sido un error —comencé a decir, angustiada.
Dante vino a donde me encontraba.
—¿Qué dices?
—Esto… —Señalé el coche—. No era para entrar.
Hice una pausa, sintiendo cómo la idea terminaba de formarse en mi mente.
—Era para distraernos.