59
Eve
—¿Quién es Il Corvo? —pregunté, clavando la mirada en Valentino, sin permitirle apartarse ni un segundo, porque ese nombre no solo era una pieza más, era algo que llevaba demasiado tiempo oculto, y que era momento de contar.
Valentino expulsó el humo con lentitud, observándolo disiparse como si necesitara ganar unos segundos antes de responder, y cuando lo hizo, su voz sonó baja, contenida, pero al mismo tiempo firme.
—Nadie lo sabe.
Fruncí el ceño, sintiendo cómo la tensión volvía a instalarse en mi pecho, porque aquella respuesta no era suficiente, no después de todo lo que estaba ocurriendo.
—Eso no me sirve —repliqué, dando un paso hacia él, acortando la distancia—. Tiene que haber algo más, siempre lo hay.
Su mandíbula se tensó apenas un segundo, lo suficiente como para que me percatase, como si estuviera calibrando hasta qué punto podía seguir ocultando lo que sabía, pero al final, negó con la cabeza, sin apartar los ojos de los míos.
—No tiene rostro, no tiene nombre, y nadie lo ha visto entrar o salir —explicó—. Se reúne con Giovanni en privado, siempre en su despacho, sin testigos, es como si no existiera para nadie más.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, lento, incómodo, porque aquello no sonaba a alguien mundano, sino a algo más espiritual, a un fantasma, a una sombra que llevaba demasiado tiempo moviéndose entre nosotros sin que nadie hubiera sido capaz de identificarle.
—Eso es imposible —murmuré, más para mí que para él, aunque en el fondo sabía que no lo era.
—En el círculo de La Mort y mi padre nada lo es —respondió con calma, sin que hubiese un ápice de nervios—. Y menos cuando se trata de alguien que se ha asegurado de no dejar rastro.
Apreté los labios, formando una línea, sintiendo cómo mi mente empezaba a girar con más rapidez, encajando piezas que hasta ese momento no había sido capaz de ver.
—¿Y Vanko? —insistí—. ¿Podría ser él?
Valentino negó de nuevo, esta vez con más convicción, casi con desprecio.
—Vanko es demasiado evidente, demasiado ruidoso… Necesita demostrar constantemente quién es, y Giovanni no confiaría algo así a alguien que no sabe moverse en la sombra.
La frustración empezó a crecer dentro de mí, mezclándose con esa ansiedad que llevaba horas acumulando, porque cada respuesta abría más preguntas, y ninguna me acercaba realmente a la verdad.
—Entonces piensa —exigí, elevando ligeramente la voz—. Has estado dentro, has visto cosas que otros no… no puede ser que no recuerdes nada útil.
Valentino me sostuvo la mirada sin vacilar, pero esta vez su expresión se endureció, como si también él estuviera empezando a sentir el peso de la situación.
—Lo estoy haciendo —respondió—. Tú también has estado dentro.
—Pues tiene que haberlo —insistí, haciendo caso omiso a lo que me había dicho—. Siempre hay alguien que observa sin ser visto, alguien que está lo suficientemente cerca como para saberlo todo.
Mi voz se fue apagando poco a poco, no porque quisiera callar, sino porque algo dentro de mí comenzó a moverse, una sensación que se aferraba en lo más profundo de mis entrañas.
Cerré los ojos durante un instante, intentando ordenar el caos que se abría paso en mi mente.
—Eve…
***
Tiempo atrás, fiestas de Giovanni en colaboración con «La Mort».
La música se filtraba por cada rincón del caserío en el que nos encontrábamos, mezclándose con el murmullo constante de conversaciones que nunca terminaban de escucharse con claridad, como si todo estuviera diseñado para confundir.
Caminaba entre cuerpos que no miraba, con la cabeza ligeramente inclinada, sintiendo cómo cada paso me arrastraba más hacia ese infierno que ya conocía demasiado bien, donde nadie era quien decía ser y, al mismo tiempo, todos sabían exactamente cuál era su papel.
Las máscaras lo cubrían todo.
Rostros inexistentes, identidades diluidas, hombres que se movían con una seguridad que solo podía nacer de esa falsa impunidad que creían tener.
Noté como alguien me agarraba del brazo, y entonces, me encontré de bruces con Vanko, quien se acercaba su rostro de tal manera que podía notar su aliento asqueroso chocando con el mío. Olía a una mezcla de cava rancio y tabaco.
—Giovanni te precisa en media hora —me informó, aún sujetándome con firmeza por el brazo.
Tragué saliva, sintiendo cómo el dolor comenzaba a subirme hacia el hombro.
—Suéltame —le insté.
—De eso nada —aseguró—, porque en cuanto te suelte Giovanni, pienso rellenarte como un bollo de crema —susurró contra mi oído, para segundos después lamerme el lóbulo—, ni siquiera quiero que te limpies los restos del jefe.
—Eres asqueroso —bisbiseé.
Sonrió con maldad, provocando que la cicatriz de su labio se estirase. Por suerte, otro de sus hombres se acercó antes de que pudiese decir nada.
—Il Corvo ha llegado.
La frase no fue pronunciada en alto, no con intención de que alguien más la oyera, pero estaba tan cerca, que atravesó el ruido, colándose entre los sonidos.
***
Abrí los ojos de repente, como si hubiese regresado de golpe a la realidad.
El pasillo volvió a tomar forma a mi alrededor, la luz cálida, el silencio tenso, y Valentino frente a mí, observándome con una atención que no había estado ahí antes.
—Lo he oído —murmuré, aún atrapada en ese recuerdo que se resistía a desaparecer—. Ese nombre… ya lo había oído antes.
Su expresión cambió, lo justo para hacerme saber que aquello era importante.
—¿Dónde?
Tragué saliva, sintiendo cómo cada pieza empezaba a encajar de una forma que no me gustaba en absoluto.
—En una de las fiestas —respondí—. Estaba hablando con Vanko cuando uno de sus hombres vino a informarle de que había llegado.
Bajé la mirada un instante, intentando ordenar lo que acababa de recordar, pero cuanto más claro lo hacía, más claro se volvía.